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México, España y las heridas abiertas de Estados Unidos
Los casos donde se ha solicitado a otros países que se hagan responsables de los abusos que cometieron en el pasado es un tema que a Estados Unidos toca de cerca y que genera una polémica considerable, dado que nuestro país debate cuál es su responsabilidad con el 12 % de los ciudadanos descendientes de esclavos africanos.
Por Blog Invitado
16 de abril, 2019
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Por: Calvin Schermerhorn

El presidente de México, Andrés Manuel López Obrador, pidió recientemente a España que se disculpara por la conquista de los territorios americanos que luego constituirían la nación mexicana, y por el consiguiente asesinato y destrucción de las civilizaciones amerindias. La pronta respuesta de España fue un inequívoco “no”. Pero esto puso el foco en otros casos donde se les ha solicitado a otros países que se hagan responsables de los abusos que cometieron en el pasado.

Es un tema que en Estados Unidos nos toca de cerca y que genera una polémica considerable, dado que nuestro país debate cuál es su responsabilidad con el 12 % de los ciudadanos descendientes de esclavos africanos. En los últimos años, los notorios asesinatos por parte de la policía de jóvenes afroamericanos que no iban armados, además de ser la chispa que dio origen al movimiento Black Lives Matter, fueron un recordatorio de que el racismo sigue siendo un tema no resuelto en el país. Periodistas e intelectuales (quizás uno de los exponentes más conocidos es el escritor Ta-Nehisi Coates, quien publicó una nota en The Atlantic que después se viralizó) también han renovado el pedido de reparación, es decir, una compensación oficial a los afroamericanos por la esclavitud y las políticas discriminatorias que contribuyeron a reforzar la inequidad racial. El debate sobre la reparación, que en un momento dejó de formar parte de la agenda política, ha ganado tanto impulso en los últimos años que ahora cuenta con el apoyo de algunos de los candidatos que están en la campaña presidencial para las elecciones del 2020.

Sin embargo, a pesar de que el tema ha vuelto a estar en boca de los políticos, sigue generando mucha controversia el hecho de que Estados Unidos le deba algo a sus ciudadanos afroamericanos por el daño que causó a sus ancestros. Solo el 26 % de los estadounidenses apoya que se efectúe algún tipo de reparación por la esclavitud. Y aunque hubiera más personas a favor de esta causa, sería complicado disponer este tipo de disculpa nacional. ¿Cómo sería? ¿Quién la pagaría? Por otro lado, ¿es significativo siquiera abordar el trauma de los esclavos y sus descendientes de esta forma? Son preguntas esenciales sobre lo que significa que un país se enfrente —o niegue— a su pasado violento.

Así como el pedido del presidente López Obrador de que España y el Vaticano se disculpen por la conquista es un argumento a favor de la responsabilidad histórica, los pedidos de reparación en Estados Unidos, en esencia, también lo son. En Estados Unidos es todavía más complicado porque se trata de reconocer internamente un legado traumático, que cuestiona los mitos sobre los que se basa la democracia más antigua del mundo. Lo que sucede es que el pasado no solo no está muerto, sino que las mentiras y las implicancias traumáticas que acarrea están por doquier.

Hace tiempo que los afroamericanos reclaman al gobierno de Estados Unidos que se responsabilice por su pasado racial, el cual puede rastrearse hasta 1619, cuando llegaron a la colonia de Virginia los primeros esclavos africanos. En el período que se extiende entre que Estados Unidos se declaró república en 1789, y la abolición de la esclavitud en 1865, hubo en el país más de siete millones de esclavos descendientes de africanos. Esas personas vivían poco, trabajaban sin recibir ninguna retribución y soportaban violencia y denigración racial, todo para producir algodón, el principal producto de exportación de Estados Unidos.

Incluso después de que se abolió la esclavitud, las nuevas leyes Jim Crow continuaron reforzando la supremacía blanca y negando derechos básicos a los afroamericanos, como votar, trabajar o acceder a la justicia. Cientos de miles de afroamericanos, acusados de manera falsa o por delitos menores, fueron condenados a hacer trabajo forzado. Miles fueron linchados en el marco de un régimen de terrorismo racial que duró hasta bien entrado el siglo XX. Muchas de esas fuerzas —como la discriminación laboral y de vivienda, las encarcelaciones masivas y el acceso desigual a la justicia— continúan vigentes en el siglo XXI.

Las consecuencias de ese legado son evidentes en cuestiones como la profunda brecha racial que existe en cuanto a riqueza e ingresos: los hogares blancos de ingresos medios son casi ocho veces más ricos que los hogares afroamericanos de ingresos medios. También es evidente en el hecho de que, a pesar de las leyes de integración social, es muy probable que los afroamericanos sean excluidos de zonas y escuelas de población predominantemente blanca y más acaudalada. Además, el índice de encarcelamiento de afroamericanos es cinco veces mayor que el de blancos, y tienen tasas de mortalidad más altas y una expectativa de vida menor que la población blanca. Y los expertos han documentado que estas desigualdades son un legado estructural e histórico de la esclavitud y las políticas que derivaron de ella.

A pesar de todo eso, no ha habido nada parecido a los procesos de reconocimiento histórico que llevaron a cabo países como Alemania después del Holocausto, Sudáfrica después del apartheid o Ruanda después del genocidio de 1994. Lo que sí hubo fue una resolución oficial que aprobó el Congreso de Estados Unidos en 2009 en la que se disculpaba por el régimen de esclavitud, pero a falta de contexto, no se puede considerar una disculpa. Es común encontrar este tipo de evasión en la historia, pero el rol que Estados Unidos ha asumido como defensor mundial de la libertad hace que la falta de voluntad para enfrentar el pasado sea problemática. Sin embargo, la forma en que el país ha intentado hacerlo y fracasado, revela lo difícil que resulta que muchos estadounidenses sean conscientes de este legado.

Cuando se firmó la Proclamación de Emancipación en 1865, algunos argumentaron que la libertad sin compensación por el trabajo no remunerado no era realmente libertad. Entre ellos estaba el General de la Unión William Tecumseh Sherman, quien se reunió con líderes afroamericanos que lo convencieron de aprobar una medida que otorgaba 16 hectáreas de tierra cultivable y animales a los jefes de familias de esclavos liberados. La Cámara de Representantes de Estados Unidos aprobó una medida similar dos años después. Pero el presidente de entonces, Andrew Johnson (sucesor de Lincoln), las vetó a ambas con el pretexto de que los afroamericanos no estaban calificados para convertirse en ciudadanos estadounidenses y de que esas medidas “eran a favor de las personas de color y en contra de la raza blanca”. Si bien la esclavitud había terminado, la jerarquía social que la justificaba todavía persistía. También persistió la frase “16 hectáreas y una mula”, para hacer referencia a la reparación que los activistas siguen invocando hoy en día.

Las ideas generales que servían de fundamento para la reparación también persistieron. En las décadas siguientes, se sucedieron varias olas de un movimiento político afroamericano de base popular: en 1890, 1920, 1950 y nuevamente en 1960, como parte de la lucha por los derechos civiles. Algunos grupos pedían al gobierno que otorgara el equivalente de entonces de 16 hectáreas de tierra para cada estadounidense descendiente de africanos. Otros pedían que les pagaran el monto estimado de salarios que les habría correspondido durante la esclavitud más daños (cifra que, según cálculos recientes, oscilaría entre USD 5,9 billones y USD 14,2 billones actuales, aproximadamente tres cuartos del PBI de Estados Unidos). Ninguna de las propuestas prosperó. En cada ocasión, se consideró que la reparación era una propuesta radical y de izquierda que no tenía apoyo político y fue rechazada por los ciudadanos blancos, que señalaban el supuesto avance que el país había hecho desde la Emancipación en el trato hacia los afroamericanos. Eso sucedió en 1865. Ahora, todos los estadounidenses tienen las mismas oportunidades.

Paradójicamente, el argumento de implementar algún tipo de reparación quizás sea más fuerte ahora que en las últimas décadas. Si bien muchos estadounidenses creyeron que con la elección de Barack Obama se había alcanzado una “sociedad pos-racial” —un recorrido hacia la justicia que avanzó desde el fin de la esclavitud, pasó por el movimiento en favor de los derechos civiles y la paridad de derechos, y terminó con la elección de un presidente afroamericano—, el hecho de que Estados Unidos no haya logrado superar el legado de la esclavitud es aún más difícil de negar a la luz de algunos sucesos actuales. Por ejemplo, la brecha racial de la riqueza ha aumentado en los últimos años, y se estima que lo seguirá haciendo para el año 2024. También se observa el trato distinto que reciben los jóvenes afroamericanos en las calles del país. Y se observa aún más dramáticamente en la elección de Donald Trump como presidente, un líder que defiende abiertamente la supremacía blanca, apoyada todavía por muchos ciudadanos.

Quizás esto es suficiente para que los estadounidenses reconsideren el pasado del país. A pesar de que pocos dicen que apoyan la reparación, cada vez hay más personas que reconocen que el legado de la esclavitud afecta la posición de la población afroamericana en Estados Unidos en la actualidad (ocho de cada diez adultos afroamericanos, ocho de cada diez demócratas blancos y cuatro de cada diez republicanos blancos). Una nueva resolución se presentará pronto en el Senado de Estados Unidos para constituir una comisión que simplemente estudie “la esclavitud y la discriminación que hubo en las colonias y en EE. UU. desde 1619 hasta el presente, y proponga soluciones apropiadas”.

Sin embargo, también es posible que muchos estadounidenses rechacen esos pedidos (cabe destacar que una versión similar de esa resolución ni siquiera llegó a instancias de votación). Así como España rechazó el pedido de disculpa hecho por López Obrador, a veces parece más fácil evadir la historia que enfrentarse a la fea verdad. Pero la historia siempre termina pasando factura.

 

* Calvin Schermerhorn es director asistente de Estudios de Grado y profesor de Historia en Arizona State University (ASU). Se especializa en la historia de la esclavitud, el capitalismo y la inequidad entre la población afroamericana.

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