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Miedo a tener la razón
Los problemas que evidencia la contingencia sanitaria son propios del individualismo: la gente dejando a los médicos sin mascarillas N-95 no teme tener la razón, tiene miedo de perder un poco de sus privilegios. Por eso vigilan, por eso se dejan vigilar.
Por Mario Alberto Zaragoza Ramírez
17 de mayo, 2020
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En estos días de confinamiento provocado por la pandemia del COVID-19, nadie o casi nadie tiene miedo a tener la razón; de hecho, lo más usual es ver a una abrumadora mayoría que jura tener la razón, sobre las pruebas que se hacen o las que no, sobre la curva de contagios, sobre el uso de los cubrebocas e incluso sobre la duración de la contingencia.

La reproducción de una creencia generalizada en acciones concretas compartidas públicamente, como memes, información tergiversada, prenociones y juicios, son muestra de que las personas son, o mejor dicho somos, más propensas a desear tener la razón como parte de un mecanismo que genera certezas inmediatas. Desde la comodidad de su sillón y a través de los dispositivos electrónicos que tienen a la mano, los usuarios comparten, o debo decir, compartimos, eso que pensamos y concebimos como cierto. Aunque a veces no lo sea.

Quienes critican a los especialistas asegurando que las medidas son excesivas o muy laxas, sin tener mayor conocimiento que lo leído en internet y tomando como única referencia su vida cotidiana, representan uno de los más graves problemas que enfrenta un país como México en tiempos de pandemias. No sólo por la cantidad de información imprecisa que se puede compartir, sino porque son quienes propagan el contagio de la enfermedad, ya sea porque salen de casa sin tomar las precauciones debidas o porque consideran al virus un invento o algo lejano. La problemática se confirma porque no tienen miedo a equivocarse.

Sin detenerse a considerar que los epidemiólogos y especialistas responsables de la estrategia nacional (insisto, al menos en México aunque en otros países sucede lo mismo) son personas que han estudiado el campo y que son los científicos que conocen de ida y vuelta las afecciones que generan los virus, las consecuencias y las formas de contener los brotes de contagio, pero quienes desconfían de ellos parten de sus creencias y las oponen al saber. Prefieren la información no verificada, sobre todo si esta confirma lo que ellos piensan y toman como verdad.

Otro problema en el horizonte de quienes no temen tener la razón es que se confunde la necesaria crítica a los gobernantes y a los medios de información con la descalificación fácil. Se pierde o degrada el sentido que genera ser ciudadano, pero se ganan unos likes; unas por otras, diría el argot popular.

Ante la crisis sanitaria se ha extendido y replicado el confinamiento como la medida más efectiva (el aislamiento fue decretado primero en Wuhan, China, en diciembre de 2019). Y aunque parece más lejano, esto sucedió apenas hace cuatro meses. En diferentes formas y con distintas medidas de severidad para frenar el contagio, la gente ha sido obligada o reconvenida a quedarse en su casa. En algunas ocasiones por la fuerza, otras, las más de las veces, sólo con la advertencia gubernamental pero en todos los casos eso sí, acompañados de la incertidumbre y el miedo. Lo que pone de manifiesto la necesidad de certezas, aunque por ahora las más socorridas son las que se construyen con creencias y no con la ciencia. Pero se confirma así que el autoconfinamiento es también un acto de autoconvencimiento.

En una relación casi simbiótica, lo incierto genera miedo y el miedo propicia la incertidumbre como nada, motivo por el cual, en las semanas recientes, al menos en Latinoamérica, hemos sido testigos de que para algunos enfermarse es un acto individual y exacerba los ánimos autoritarios y profundamente egoístas, justificados en el deseo de no enfermarse y sugiriendo que ellos tienen la razón y no quienes deben salir a trabajar o a ganarse el sueldo en el día a día. Esto orilla, aunque no justifica, el terrible acto de atacar a trabajadores y trabajadoras de la salud que en México ha tenido distintas y oprobiosas muestras.

Quién asegura tener la razón, perpetúa estas o peores acciones sin remordimiento. No tiene miedo de tener la razón a diferencia del título de este texto.

Aunque el contagio es global y los escaparates de Italia y España son referentes cercanos pese a la distancia, las reacciones de los gobiernos europeos es distinta de las decisiones que se siguen por ejemplo en México. Lo mismo con el gobierno de Estados Unidos, que a propósito de decisiones tardías se convirtió apenas en marzo pasado en el foco de la pandemia. Pero el problema en México no es el tratamiento de la información oficial; es -entre otras cosas- una estrategia que algunos medios, comunicadores, intelectuales orgánicos del anterior régimen y figuras públicas han emprendido para difundir rumores y datos tergiversados, buscan propiciar la desconfianza, lo que abona a la confusión y al desasosiego aunque, debe decirse, con magros resultados.

Lo anterior contrasta con lo que la Organización Mundial de la Salud (OMS) advierte en sus comunicados recientes; el riesgo de que grupos políticos desean capitalizar la crisis pese a las lamentables muertes hace incontrolable la ola de contagios y aumenta considerablemente las posibilidades de fracaso de las decisiones para controlar lo más posible las consecuencias de la enfermedad. Esto, de muchas maneras implica jugar con las certezas de las personas para obtener un fin político, o más bien electoral.

Giorgio Agamben advirtió durante años la forma en cómo, en las sociedades contemporáneas, el Estado de excepción se convertía poco a poco en la norma y ahora lo vemos en acción en algunos gobiernos como en Brasil, por eso no extraña que haya quien dude de las cifras, no por una actitud crítica propia de la ciudadanía informada, no por las dudas que genera el modelo centinela, no por las omisiones que pudieran existir, sino porque para algunos grupos puede utilizarse como botín político. El problema es que esos ataques también pegan en las certezas de algunas personas.

Hoy, por un tema de certezas y por ende de seguridad, los mecanismos y decisiones que laceran y afectan las libertades individuales más básicas son planteadas como respuestas, incluso como soluciones a nuestros problemas, sin embargo, no serán el silencio y el individualismo exacerbado los que nos ofrezcan una salida. En las historias conocidas, aunque no necesariamente en una emergencia sanitaria, el aislamiento forzado, los toques de queda y la vigilancia de cualquier movimiento del vecino, así como la militarización del espacio público, habían sido las medidas sugeridas y tomadas. La narrativa ante esta pandemia, al menos de febrero (cuando apareció el primer caso de coronavirus) a la fecha, en países como México es distinta, no se habla de privar ni de atentar en contra de la libertad, se exalta la idea de cuidarse a uno mismo para salvar la vida del otro.

En un texto de Enrique Díaz publicado en El País apenas el pasado 7 de abril se habla del silencio y la forma en la que nos hemos adaptado al confinamiento y parece dar la razón a Agamben, algunos gobiernos ansían el autoritarismo, algunas personas confían en el autoritarismo, por comodidad, por certeza, porque no conocen algo distinto.

Una forma de sometimiento es aquella que se nutre del autoconvencimiento, en estos tiempos de aislamiento, donde la compañía se teje en las pantallas de nuestros teléfonos o computadoras, algunos usuarios estarían dispuestos a perder su privacidad si eso permite monitorear al vecino para que no salga y así aplanar la curva, también si eso es garantía de alguna ganancia individual o si esa vigilancia permitirá al algoritmo y sus recomendaciones ser más exacto y preciso con los deseos individuales.

Para cerrar es importante hacer notar que los problemas del sistema hospitalario y de salud en Latinoamérica y particularmente en México, son cortesía del capitalismo que se nutre de ese individualismo ya retratado, de las contradicciones y del miedo que genera la incertidumbre. Esta pandemia sólo nos muestra lo que ya era sabido, luego de más o menos treinta años de saquear y adelgazar los sistemas de salud por darle preferencia a las instituciones privadas. Por privilegiar lo privado de lo público. Por establecer las bases de una certeza endeble y perjudicial, que pagar por tu salud sería garantía de calidad. Y no tuvieron miedo de tener la razón, lo hicieron y se enriquecieron a costa de la salud pública.

Los problemas que evidencia la contingencia sanitaria son propios del individualismo, el desabasto, las compras de pánico; la gente dejando a los médicos sin mascarillas N-95 no temen tener la razón, tienen miedo de perder un poco de sus privilegios. Por eso vigilan, por eso se dejan vigilar.

Habrá que considerar en estos tiempos excepcionales la forma de devolverle la esperanza a los que tienen miedo, como decía apenas en diciembre del año pasado Boaventura de Sousa Santos en Lima, en el XXXII Congreso Internacional ALAS Perú. Poder hacer convivir a aquellos que tienen miedo para recobrar la esperanza, aunque esto nos robe las certezas existentes y nos ayude a construir nuevas.

Porque también da miedo tener la razón cuando uno esgrime con cierta facilidad que ya no hay futuro o que se acabó el mundo.

* Mario Alberto Zaragoza Ramírez (@ambulante_) es profesor-investigador de la FCPyS de la UNAM. Doctor en ciencias políticas y sociales con orientación en ciencia política.

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