Milton Friedman y las desigualdades raciales en Estados Unidos
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Milton Friedman y las desigualdades raciales en Estados Unidos
El impulso para cerrar las brechas laborales entre los blancos y los afroamericanos en Estados Unidos requiere del uso de una amplia gama de instrumentos de políticas públicas, incluyendo la extensa participación del sector privado.
Por Jonathan Grabinsky
9 de septiembre, 2022
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Milton Friedman, el padre del libertarismo moderno que encabezó la famosa escuela de economía neoclásica de la Universidad de Chicago en la segunda mitad del siglo XX, ha desarrollado un aura mítica, cuasi-divina, a su alrededor. Ronald Reagan, uno de sus mayores admiradores, quien se desempeñó como presidente de Estados Unidos en la década de 1980, e implementó muchas de las políticas económicas de Friedman, elogió su libro “Libre Para Elegir” como un “kit de supervivencia básica para nuestra… nación y para la libertad”.

Incluso aquellos economistas que chocan ideológicamente con Friedman lo colocan sobre un pedestal. Larry Summers, miembro vitalicio del Partido Demócrata y director del Consejo Económico Nacional bajo el expresidente Barack Obama, recientemente expresó su admiración por Friedman en una entrevista. Y sin embargo, el apoyo inequívoco al libre mercado que nutre la ideología de Friedman engendra una visión reduccionista y errada respecto a cómo abordar las desigualdades raciales en Estados Unidos.

En su libro, Capitalismo y Libertad, publicado en 1962, Friedman impugna el uso de la destreza regulatoria del gobierno para restringir el racismo, ya que, afirma, tales niveles de intervención gubernamental representan una infracción en las preferencias individuales. ¡Así es! Para Friedman, el racismo es una preferencia personal, y, por ende, opera fuera del espacio regulatorio del gobierno. Dice Friedman:

“Creo firmemente que el color de la piel de un hombre o la religión de sus padres no es, por sí solo, razón para tratarlo de manera diferente… Pero en una sociedad basada en la libre discusión, el recurso apropiado para mí es tratar de persuadirlos de que sus gustos son malos y que deberían cambiar sus puntos de vista y su comportamiento, no usar el poder coercitivo para imponer mis gustos y mis actitudes sobre los demás”.

Además, en el mismo libro, Friedman rebate enérgicamente el uso de programas de acción afirmativa para enfrentar la discriminación racial, especialmente en el espacio laboral. Argumenta, en vez, que “la mano invisible1 es el mejor mecanismo para corregir las desigualdades raciales, ya que en condiciones de libre mercado no es rentable para un empleador discriminar:

“….hay un incentivo económico en un mercado libre para separar la eficiencia económica de otras características del individuo. Un empresario o emprendedor que expresa preferencias en sus actividades empresariales que no son relativas a la eficiencia productiva se encuentra en desventaja frente a otros individuos que no lo hacen. Tal individuo, en efecto, se impone a sí mismo costos más altos que otros individuos que no tienen tales preferencias. Por lo tanto, en un mercado libre, tenderán a expulsarlo”.

Las investigaciones sobre sesgos raciales en procesos de contratación en Estados Unidos ofrecen amplias pruebas de cuán simplista es esta visión; parece obvio, y hasta redundante mencionarlo, pero la evidencia apunta a que los prejuicios raciales están ampliamente urdidos en los procesos de contratación.

Una revisión de estudios sobre solicitaciones de trabajos en Estados Unidos en las últimas tres décadas –que incluyen solicitudes en persona o en línea– encuentra que los blancos reciben, en promedio, un 36 por ciento más de llamadas a sus solicitudes de trabajo que los afroamericanos. Además, un estudio de 2019 que analizó tendencias de empleo utilizando datos del censo de Estados Unidos descubrió que es más probable que los trabajadores blancos tengan un “buen trabajo”, 2 incluso cuando cuentan con los mismos niveles de educación que los afroamericanos.

Igualmente, un estudio cualitativo sugiere que las decisiones sobre contratación de decenas de empleadores en Nueva York se nutrieron de ideas quiméricas sobre los trabajadores afroamericanos; estereotipos que pintan a los afroamericanos como carentes de ética de trabajo o de tener mala conducta y/o de ejercer comportamiento amenazante o criminal, aunque estos mismos empleadores muchas veces no pudieron identificar estas características entre sus propios solicitantes o empleados.

El impulso para cerrar las brechas laborales entre los blancos y los afroamericanos en Estados Unidos requiere del uso de una amplia gama de instrumentos de políticas públicas, incluyendo la extensa participación del sector privado. Sin embargo, a contracorriente de los que opina Friedman –que deposita una confianza descabellada, irracional, en la capacidad del libre mercado para neutralizar las diferencias en acceso a oportunidades económicas entre poblaciones de diferentes razas – dado lo entrelazada que está la desigualdad racial en el tejido social de Estados Unidos, la acción afirmativa debe de permanecer como un instrumento angular de la política social del país.

* Jonathan Grabinsky (@Jgrabinsky) es consultor en temas de gobierno. Cuenta con una licenciatura y maestría en políticas públicas de la Universidad de Chicago.

 

 

1 El concepto de “la mano invisible” es atribuido al filósofo Adam Smith y se usa ampliamente para describir las fuerzas invisibles –los intereses individuales y la libertad de consumo y producción– que mueven a la economía de libre mercado.

2 Los autores definen “un buen trabajo” como uno que paga ingresos para mantener a la familia. Los buenos trabajos pagan un mínimo de $ 35,000 ($17 por hora para trabajos de tiempo completo) para trabajadores entre las edades de 25 y 44 y al menos $45,000 ($22 por hora) para trabajadores entre 45 y 64 años. En 2016, estos buenos trabajos pagaron ingresos medios de $56,000 para trabajadores sin licenciatura y $75,000 para trabajadores con licenciatura grado o superior.

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