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Mirar los mares y costas: un asunto de supervivencia
México ha asumido compromisos internacionales para mitigar el cambio climático y ha emitido legislación y decretos para establecer zonas de salvaguarda y áreas naturales protegidas. Sin embargo, tanto la política energética como la asignación presupuestal se encuentran actualmente desvinculadas de los objetivos adquiridos.
Por Lourdes Melgar Palacios
9 de junio, 2021
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En mayo 2021, un iceberg del tamaño de medio Puerto Rico se desprendió en Antártica. El A76, como ha sido bautizado este bloque de 4,320 km2, inició su travesía sobre el mar de Weddell. Los científicos consideran que, aún si se derrite, no contribuirá a incrementar el nivel del mar, pero muestran preocupación por la disminución del casquete polar, que acelera el deshielo. En Alaska, las comunidades debaten sin consenso la necesidad de mudarse a zonas más altas, para resguardarse del incremento del nivel del mar. Estos hechos, propios de la observación y medición científica, al vestirse de antropología social muestran la cara humana de la crisis climática.

Las problemáticas parecen ajenas a la cotidianidad mexicana. Sin embargo, nos son más cercanas de lo que pensamos. El riesgo silencioso crece, sin que tomemos plena consciencia de la inminente amenaza que se cierne sobre nuestros mares y costas, nuestros paraísos turísticos, nuestras comunidades pesqueras.

De acuerdo con estudios científicos, de no frenar el incremento promedio de la temperatura del planeta por debajo de 1.5oC, a finales de este siglo el nivel del mar habrá subido 54 centímetros en promedio. En algunas regiones, el aumento será superior, inundando comunidades costeras, salinizando suelo y mantos freáticos, suprimiendo formas de vida.

En 2050, en México podría haber 55 millones de migrantes climáticos, por el incremento en el nivel del mar, que devoraría gran parte de la Península de Yucatán, de Baja California, de la Rivera Maya y Nayarita. Zonas turísticas como Cancún, Mérida o Los Cabos desaparecerían en tan solo 29 años. A ello habría que sumar el blanqueamiento de los corales y el incremento de los eventos climáticos extremos. Ecosistemas y culturas milenarias estarían en riesgo de desaparecer.

En Yucatán, el futuro nos está alcanzando. De visita a Celestún en 2019, un grupo de investigadores tuvimos oportunidad de recorrer la zona y conversar con pescadores y cooperativistas. Para los lugareños los estragos del cambio climático ya son notorios: no solo llegan menos flamencos a la Ría, sino que el mar se ha comido parte de la costa, obligando a los pescadores a adentrarse a zonas más profundas para encontrar peces y pulpos. El deterioro no es únicamente resultado del cambio climático. Se suma el crecimiento exponencial y desordenado de las zonas turísticas, el manejo inadecuado de las aguas residuales, el desarrollo de infraestructura que fragiliza zonas vulnerables.

En México, el gobierno federal define la política de cambio climático y regula mares y costas. México ha asumido compromisos internacionales para mitigar el cambio climático y ha emitido legislación y decretos para establecer zonas de salvaguarda y áreas naturales protegidas. Sin embargo, tanto la política energética como la asignación presupuestal se encuentran actualmente desvinculadas de los objetivos adquiridos. Megaproyectos como el Tren Maya o la Refinería de Dos Bocas generan fuentes adicionales de deterioro del equilibrio socioambiental.

Ante el riesgo para la población local y dada la vulnerabilidad de la península de Yucatán, los gobiernos estatales deben impulsar estrategias de manejo integral de costas y mares. La magnitud del reto requiere conjuntar esfuerzos entre gobierno y sociedad para definir un plan integral, que tome en cuenta el corto y el mediano plazo, y que se enfoque a impulsar el desarrollo sostenible, la conservación de la naturaleza y la adaptación al cambio climático, con el objetivo de alcanzar resiliencia.

Yucatán podría ser una referencia para Quintana Roo, Campeche y Tabasco. Los objetivos de una política de resiliencia se centrarían inicialmente en el diseño de un modelo compartido de desarrollo y protección de la costa y el mar, basado en la mejor información disponible y tomando en cuenta experiencias y mejores prácticas internacionales.

Es esencial establecer metas específicas que permitan generar proyectos integrales y conjuntar esfuerzos con aliados naturales. Para ello, sería conveniente aprovechar el conocimiento y experiencia de los comités y consejos que ya operan para atender agendas integrales en temas como la resiliencia ante el cambio climático y el bienestar de las comunidades costeras, Dada la vocación económica de la región, habría que reglamentar el turismo y la pesca.

Una visión cortoplacista limitaría el éxito de cualquier estrategia. Por ello, es fundamental sentar las bases de un diálogo constructivo con el gobierno federal en materia de desarrollo sostenible de la región. Se debe definir una estrategia de ordenamiento territorial que permita adelantarse al impacto que la pérdida de territorio tendrá para los yucatecos; priorizar el manejo integral de la pesca y del turismo sostenibles. Toda actividad debe tomar en cuenta la variable climática, desde la perspectiva de mitigación y de adaptación.

Por ello, es ineludible la conversación con el gobierno federal en torno al tema energético. Frenar la producción y quema de combustibles fósiles es prioritario pues contar con fuentes de energías limpias es esencial para mantener una actividad económica amigable con el medio ambiente. Yucatán puede ser un ejemplo para México de cómo lograr justicia climática y convivencia con la naturaleza.

* Lourdes Melgar Palacios (@LourdesMelgar) es académica y consultora en temas de energía y desarrollo sostenible, investigadora afiliada al Center for Collective Intelligence del MIT e investigadora no residente del Centro de Energía del Baker Institute de la Universidad de Rice. Subsecretaria de Hidrocarburos (2014-16) y Subsecretaria de Electricidad (2012-2014). Una de las 100 Mujeres más poderosas por Forbes, 2018.

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