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Navegando el colapso: ¿qué hacer ante el devastador fracaso de la COP26?
Aunque cada vez somos más quienes vemos al cambio climático como el resultado de una larga historia de colonialismo, capitalismo y una organización patriarcal y machista, el discurso en el suelo de las negociaciones refleja más de lo mismo.
Por Carlos Tornel y Pablo Montaño
13 de noviembre, 2021
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La cumbre de Glasgow vino y se fue. Después de dos semanas de negociaciones en lo que ha sido descrita como “la última gran oportunidad del régimen internacional de cambio climático de tomar acciones efectivas”, ¿con qué resultados nos quedamos? La plataforma Climate Action Tracker, una coalición de científicos de sociedad civil, publicó un día antes del cierre su estimación de reducción de emisiones en la cual indica que, aún si los países cumplieran con lo que prometieron en Glasgow, la temperatura para finales del presente siglo estaría apuntado a un incremento de 2.4°C.

Durante los últimos 31 años, es decir, desde la publicación del primer informe del Panel Intergubernamental de Cambio Climático (IPCC) las causas del cambio climático han sido muy claras: el problema está asociado a la inmensa cantidad de combustibles fósiles que continuamos quemado para sostener un modelo económico capitalista de producción. A pesar de ello, desde la primera vez que los países se sentaron a “negociar”, las emisiones de GEI se han incrementado en un 65%, aunque la evidencia pase del papel a la realidad, la dependencia en los combustibles fósiles se ha mantenido en aumento desde entonces.

Sabemos que esta disparidad en las emisiones y la responsabilidad del cambio climático está asociada con el incremento de la desigualdad económica: el 1% de la población más rica es responsable cerca del 15% de las emisiones. Sabemos también que la mitad de la población más pobre del planeta es responsable de aproximadamente el 7%, mientras que han sido apenas 100 compañías las principales responsables del 71% de las emisiones. Por tanto, el colapso climático que enfrentamos es el síntoma de una larga historia de dominación, violencia y extractivismo asociada a ese modelo capitalista de producción.

Unos días antes del cierre de la conferencia, la publicación del borrador de un posible acuerdo hace por primera vez un reconocimiento directo a la necesidad de reducir las emisiones que provienen de los combustibles fósiles. Dicho reconocimiento -que además se presenta de forma muy laxa: “Pide a las Partes que aceleren la eliminación del carbón y de las subvenciones a los combustibles fósiles”- no revela ningún compromiso nuevo, sino que vuelve a anclar las estrategias para reducir emisiones en el discurso y en la práctica a frases y compromisos vacíos que difieren la responsabilidad a las generaciones futuras o al descubrimiento de tecnologías milagrosas como la promesa de alcanzar emisiones netas-cero al 2050.

Sobra decir que las COP o las Conferencias de las Partes como la que acaba de suceder en Glasgow no son más que una faramalla o procesos coreografiados en donde se anuncian, con bombo y platillo, compromisos y promesas mientras que la realidad y en la práctica los subsidios a los proyectos de extracción, consumo y dependencia de los combustibles fósiles continúan. Unas semanas antes de que las y los “delegados” se encontraran en Glasgow, el Fondo Monetario Internacional (FMI) estimó que los subsidios a los combustibles fósiles representan aproximadamente $11 millones de dólares por minuto, es decir los subsidios alcanzaron $5.9 trillones de dólares en 2020, tan sólo el G20 (las naciones más industrializadas, incluyendo a México) han gastado cerca de  $3.3 trillones en subsidios desde 2015.

Comprar estos números con el compromiso de los 100 mil millones que supuestamente deben ser transferidos de países ricos a pobres según lo estipulado en el Acuerdo de París (AP) parece ridículo, pero la realidad es aún peor: del total de las transferencias monetarias la mayoría han sido de préstamos que no hacen más que endeudar y crear más dependencia de estos países en donaciones y tecnología que termina por beneficiar a los países ricos. Comparar estos compromisos con los enormes costos socioeconómicos del colapso climático y con la deuda histórica de la extracción y el saqueo colonial de los países del norte al sur global, refleja su condición inadecuada sino es que ofensiva.

Falsas soluciones: resistencia, acción y organización

Sabemos ya con mucha claridad quiénes y a través de qué procesos son los responsables: compañías petroleras, corporaciones internacionales, gobiernos y empresas, junto con algunas organizaciones de sociedad civil que continúan justificando la desenfrenada carrera por el crecimiento económico con combustibles fósiles, bajo un modelo de desarrollo que prioriza la riqueza material bajo un modelo en donde existen recursos finitos (escasez) y necesidades aparentemente infinitas. Sin embargo, aunque cada vez somos más quienes vemos al cambio climático como el resultado de una larga historia de colonialismo, capitalismo y una organización patriarcal y machista, el discurso en el suelo de las negociaciones refleja más de lo mismo.

Los “líderes” movilizan estrategias a las que nosotros, siguiendo a un grupo más amplio de movimientos y organizaciones internacionales denominamos las falsas soluciones al cambio climático. Estas “soluciones” se refieren a una combinación de tecnologías, políticas, programas, discursos, y estrategias utilizadas por los grupos, organizaciones y el conjunto de individuos en las cúpulas de poder del régimen dominante -el capitalismo fósil-  a través de las cuales pretenden solucionar el problema (el colapso climático) sin que nada en realidad tenga que cambiar.

Propuestas van desde modelos económicos como el crecimiento verde (la idea de que es posible seguir creciendo económicamente reduciendo las emisiones o los impactos materiales), soluciones tecnológicas como la geoingeniería (que incluye una serie de diversas tecnologías riesgosas y no probadas como la Bioenergía con Captura y Secuestro de Carbono) el despliegue masivo de tecnologías problemáticas, y altamente vulnerables al cambio climático como la energía nuclear; el uso de mecanismos de intercambio de emisiones o mercados de carbono para exportar contaminación de ricos a pobres, o la acelerada demanda de minerales críticos y construcción de megaproyectos de energías renovables, que despojan comunidades y grupos marginados de sus territorios, incrementado el número de zonas de sacrificio y creando nuevas formas de  colonialismo en donde la descarbonización de unos significa la devastación para otros.

Estas son sólo algunas de las propuestas, estrategias y discursos que suelen englobarse en términos como emisiones netas cero, o incluso dentro de los instrumentos que constituyen el Acuerdo de París (por ejemplo el artículo 6), los cuales aplazan las acciones transformadoras por alternativas que busquen reafirmar el status quo sin que nada en realidad tenga que cambiar. El problema es que, para muchas y muchos el abanico de acciones suele estar apuntalado por estas condiciones. Por ejemplo, propuestas como el Green New Deal en Europa, el plan de infraestructura de Joe Biden o las políticas progresistas de muchos países del norte global, suelen convertirse en propuestas tecnocráticas que suelen imponer un modelo de desarrollo unidireccional y que, en términos generales, no hacen un cuestionamiento al origen del problema: el crecimiento económico.

Una guía para navegar el colapso

¿Qué hacer ante este problema? El escritor y periodista Raúl Zibechi describe en su libro Tiempos de colapso. Los pueblos en movimiento, la forma en la que comunidades alrededor de todo el planeta encontraron las formas de solidarizarse y de reaccionar ante el colapso que suponen los modelos de la democracia formal, el estado de bienestar y el mercado. Zibechi describe cómo los pueblos en movimiento actuaron de forma autónoma al instituir sistemas de cuidado, solidaridad y ayuda mutua ante el total fracaso de las instituciones públicas y privadas frente a la pandemia del coronavirus. Similar esta repentina capacidad de reconocer nuestras capacidades cooperativas y de solidaridad, los movimientos demandando justicia climática han comenzado a cambiar el discurso.

Cada vez son más las denuncias que apuntan al capitalismo como el problema y no simplemente a deshacernos de las moléculas de CO2. La frase que se escuchó en 2018 cuando las protestas de jóvenes le dieron la vuelta al mundo y que se escuchó de nuevo en las voces de quienes marcharon en Glasgow, nos ofrece una pista de por dónde seguir adelante: “cambiemos el sistema, no el clima”. Es decir, cada vez son más los llamados por un cambio que identifican el cambio climático como el síntoma de una enfermedad civilizatoria y no como un problema aislado a ser atendido por el desarrollo tecnológico o la movilización de dinero.

Estas y algunas otras cuestiones son las que abordamos en Navegando el colapso: una guía crítica ante la crisis civilizatoria y falsas soluciones al cambio climático. Este proyecto es el resultado de un proceso colaborativo de varias organizaciones, movimientos y acadé[email protected], busca incentivar la acción colectiva para enfrentar los retos de la crisis civilizatoria y el colapso climático en sus diferentes escalas y geografías.

Este es el primero de una serie de textos que se publicarán periódicamente en es este espacio así como en el sitio Soluciones Falsas, con el objetivo de a) comprender el estado de la crisis civilizatoria y cómo se vincula con el colapso climático que enfrentamos, b) documentar y evidenciar las falsas soluciones que se proponen por el régimen hegemónico y c) conocer alternativas a este régimen que pueden surgir desde la recuperación de los ámbitos comunes, la defensa del territorio y las reformulación de una buena vida, más allá del desarrollo.

Consideramos que solamente atendiendo a estas tres cuestiones es que tendremos la capacidad de hacer frente a la complicada realidad en la que nos toca andar.

La Guía crítica ante la crisis civilizatoria y las falsas soluciones es un proyecto coordinado por Carlos Tornel y Pablo Montaño, con el apoyo de la Fundación Heinrich Böll y se publicará de forma periódica en este espacio. Para más información ver aquí.

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