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Patriarcado y pobreza: las mujeres, las más pobres
en América Latina hay 124 mujeres que viven en extrema pobreza por cada 100 hombres y en 89 países existen 4,4 millones más de mujeres que viven en la extrema pobreza en comparación con los hombres.
Por Waquel Drullard
23 de julio, 2019
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Está demostrado que las mujeres experimentan la pobreza diferente a los hombres y de manera más aguda y profunda. Son más pobres y tienen más probabilidad de caer en alguna forma de pobreza, lo que quiere decir que tienen menos o nulo ingreso y carecen de más servicios y derechos sociales en comparación con los hombres. Según el último Informe de ONU Mujeres: El Progreso de las mujeres en el Mundo 2019-2020, en América Latina hay 124 mujeres que viven en extrema pobreza por cada 100 hombres y en 89 países existen 4,4 millones más de mujeres que viven en la extrema pobreza en comparación con los hombres.

Esta situación de pobreza hace que las mujeres vivan en una pobreza multidimensional que afecta todos los planos de su vida, especialmente en el acceso a la salud y a la educación. Un ejemplo de ello son las 300 mil mujeres que mueren anualmente por causas relacionadas al embarazo, y esto debido a la falta de acceso a servicios de salud de calidad y los 15 millones de niñas en el mundo que nunca aprenderán a leer ni a escribir porque no asisten a la escuela en países del sur global (ONU, 2019). México no está excepto de esta brutal fotografía, ya que las mujeres en comparación con los hombres se encuentran en un estado de mayor precarización, pobreza y vulnerabilidad, según​ el Sistema de Información sobre Pobreza y Género 2016, del Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (CONEVAL):

  • En México las mujeres son las que tienen más responsabilidad en el hogar, ya que una cuarta parte de los hogares son administrados y sostenidos económicamente por mujeres, de los cuales el 8.4 % están en situación de pobreza y presentan mayor grado de inseguridad alimentaria en comparación con los hogares llevados por hombres.
  • Debido a la carga sociocultural, las mujeres son las que lastran con el cuidado de les hijes y por ende tienen a cargo la responsabilidad económica.
  • A pesar de que la brecha educativa entre hombres y mujeres ha disminuido en los últimos años, hay una brecha de 6.5 %, y aún las mujeres tienen mayores dificultades para acceder a la educación en comparación con los hombres.
  • A pesar de los avances, el derecho a la salud para muchas mujeres en México es un derecho que está muy lejos de ser materializado. Debido a que muchas de ellas están en pobreza laboral y no cuentan con un empleo formal, lo que provoca que no puedan acceder de manera gratuita a muchos servicios, lo que genera una posición de dependencia hacia los hombres afectando en primer lugar su derecho a la salud y, en segundo lugar, su autonomía personal.
  • Debido a que las mujeres se encuentran más en la informalidad, no gozan de la misma forma la seguridad social, ya que la seguridad social en modelos económicos capitalistas se convierte en una prestación laboral. Según datos de 2016, en México solo había 62 mujeres que gozaban de seguridad social por cada 100 hombres, lo cual demuestra el impacto diferenciado que advierten las mujeres en este rubro.

Todo lo anterior nos permite presentar nuestra tesis: las mujeres son más pobres porque su condición de género afecta su acceso al ingreso, a servicios y a derechos sociales; generando desigualdades multifactoriales por el patriarcado machista ya muy naturalizado en los contextos mexicanos, donde se socializan a las mujeres desde el ámbito privado – cuidador- reproductor.

Sabiendo esto, valdría la pena preguntarnos ¿por qué ellas son más pobres que ellos? ¿Por qué ganan menos? ¿Por qué tienen menos acceso a servicios, por qué gozan de menos derechos? Para responder a estas preguntas entendemos que las mujeres se encuentran en una situación de desventaja en comparación con los hombres, porque han sido socializadas como cuerpos más precarios, como cuerpos menos importantes (Butler, 2002), destinadas al espacio privado, natural para el cuidado y el trabajo doméstico. Han sido configuradas socioculturalmente como menos racionales, menos abstractas, más particulares y no universales. Más básicas y menos complejas. Ellas son las encargadas de las tareas reproductivas, pero no de las productivas del actual modelo económico. Su trabajo es irrelevante y no es pagado. No son dueñas de propiedades ni de medios de producción, no son dueñas de sí mismas y no ejercen su autonomía personal e individual porque han sido patriarcalmente sometidas a un sistema de explotación profundamente antropocéntrico, donde las mujeres sirven y ellos mandan.

Esta lógica de subrepresentación y de “individuo de segunda” ha provocado que las mujeres tengan mayor rezago educativo, porque de manera histórica, y más en comunidades rurales, se le ha negado y han accedido menos a la educación. No son propietarias de la tierra y padecen un déficit de vivienda, son las que se encargan del trabajo doméstico y de cuidados, experimentan la doble carga, están sobrerepresentadas en la pobreza laboral y en el sector informal (Oxfam, 2016). Si hoy las mujeres son más pobres que los hombres es porque el sistema patriarcal machista y misógino, basado en una superestructura ideologizante de estereotipos, roles y patrones de género donde la mujer es construida como inferior y menos que el hombre, las ha construido desde ahí, y, en consecuencia, las ha hecho más pobres.

Desde el enfoque de capacidades de Amartya Sen, podemos entender la pobreza como la privación de libertades. Por lo tanto, si vemos esta problemática desde dicha perspectiva, la feminización de la pobreza respondería a una cuestión de libertades, que han sido socioculturalmente limitadas a las mujeres por ser sujetos inferiores en su condición identitaria, esta última entendida desde la construcción de “mujer” a través de sus relaciones sociales. El hecho de que las mujeres ganen 22,9 % menos que los hombres realizando el mismo trabajo (OIT, 2018), que solo sean dueñas del 1 % de la tierra a nivel mundial (Oxfam, 2016), que tengan limitado acceso a la salud, que exista una brecha educativa, que hayan 445 mil indígenas de entre 3 y 17 años que no asisten a la escuela, de las cuales la mayoría son niñas y jóvenes indígenas (El Economista, 2019), que sean las responsables históricas del cuidado y del trabajo doméstico (Drullard, 2019), que experimenten la discriminación a través de pisos pegajosos y techos de cristal (Camarena y Saavedra, 2018), que en ellas recaiga la reproducción de la vida, que no sean contratadas por “miedo” a que se embaracen, que sean estigmatizadas por la menstruación, etc., se lee como limitaciones a sus libertades, es decir, a sus derechos humanos, traduciéndose en obstáculos que imposibilitan que las mujeres construyan sus realidades partiendo en igualdad de condiciones, significa que los derechos humanos de las mujeres son menos humanos que los de ellos, significa que las mujeres al no contar con el goce pleno de sus libertades no cuentan con las capacidades para superar la pobreza, se materializa en que no pueden encontrarse con la autonomía económica, y por ende, tampoco con el empoderamiento, que activa sus voces y sus capacidades de agencia. Por lo cual no pueden generar cambios significativos en sus vidas, y no pueden transformar las condiciones estructurales patriarcales que gesta y reproduce la pobreza y la desigualdad, colocándolas como las “pobres” y en palabras de Simone De Beauvoir “como las otras”, las que están al servicio de los demás.

Desde esta lógica las mujeres han sido “incapacitadas” por el mandato patriarcal de género, incapacitadas al no tener las mismas oportunidades y no gozar de los mismos derechos. Las capacidades propician desarrollo, y este se logra cuando las personas disfrutan de sus derechos fundamentales, cuando tienen techo digno, cuando cuentan con medios de subsistencia idóneos y oportunos, cuando tienen acceso a la educación, a servicios de salud, a la alimentación, cuando se saben en entornos seguros en sus múltiples dimensiones, cuando se benefician de programas y políticas públicas focalizadas a potenciar sus voces y cambiar sus contextos de precariedad. El patriarcado ha sido un sistema de opresión y marginación que ha funcionado con astucia, utilizando la fórmula de negación de derechos, lo que provoca la inhabilitación de sujetos sociales, teniendo como resultado personas (mujeres) explotadas y marginadas incapaces de transformar positivamente sus imaginarios y complejos escenarios de violencia y pobreza.

Ante este panorama, hay voces activistas y feministas que se sublevan, que son necesarias, que dicen “NO”, que son críticas y propositivas ante la vida, contra lo cual el patriarcado está usando cada día dispositivos de control más letales, violentos y agresivos, siendo los feminicidios la mayor prueba de ello. Por esto, resulta vital que, como personas, ciudadanas, feministas, defensoras de derechos humanos cambiemos lo que no podemos aceptar, citando a Angela Davis. No podemos aceptar seguir viviendo una vida invivible, en una sociedad violenta basada en relaciones jerárquicas racistas, clasistas, misóginas y heteropatriarcales; es necesario repensar en colectivo y empujar los cambios que queremos, la revolución feminista que necesitamos, el México que nos merecemos.

* Waquel Drullard es activista, defensor de derechos humanos y trabaja en la Dirección de Incidencia en la CNDH.

 

Referencias:

2019. ONU Mujeres. Informe el Nuevo Progreso de las mujeres 2019 – 2020. Consultado aquí.

2019. CONEVAL. Pobreza y Género en México: hacia un sistema de indicadores, 2010 – 2016. Consultado aquí.

Oxfam. 2016. Mujeres y el 1%. Consultado aquí.

2019. El Economista. Estas son las brechas sociales dentro de la educación pública en México. Consultado aquí.

2019. OIT. Informe Mundial sobre Salarios 2018/2019: ¿Qué hay detrás de la brecha salarial de género? Consultado aquí.

Camarena, M. y Saavedra, M. 2018. El techo de cristal en México. La Ventana: Revista de Estudios de Género. Universidad de Guadalajara. Consultado aquí.

Drullard, W. 2019. El trabajo doméstico y de cuidados no remunerado no es amor, es explotación. Animal Político. Recuperado aquí.

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