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¿Podemos arreglar a nuestros partidos políticos?
Si bien tomó años construir un sistema que permitiera la competencia entre diferentes fuerzas políticas, al lograr cierto equilibrio entre tres partidos tradicionales las fuerzas prefirieron enfrascarse en sus dinámicas internas.
Por Antonio Cárdenas Rodríguez
25 de septiembre, 2019
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Nuestros partidos políticos no sirven y eso ha quedado demostrado durante el último año. Desde el primero de julio del año pasado pocas instituciones han sufrido un desprestigio tan fuerte como los partidos que se supondría representan uno de los pilares más importantes en los que se asienta nuestra democracia. Esto no solamente es sintomático del estado en el que se encuentra nuestro sistema democrático, sino que además es sumamente preocupante porque impacta directamente en la percepción que tenemos de los procesos políticos en sí.

El malestar hacia los partidos es grande y ha sido bien ganado. Si bien tomó años el poder construir un sistema que permitiera la competencia entre diferentes fuerzas políticas, al lograr cierto equilibrio entre tres partidos tradicionales las fuerzas prefirieron enfrascarse en sus dinámicas internas que en atender los cambios de la sociedad que les mantenía en el poder. PAN, PRI y PRD llegaron a aglutinar más del 80% de la votación total, el resto de los partidos gravitaron alrededor de ellos durante casi 20 años y estuvo en sus manos la construcción del Estado mexicano que conocemos hoy en día, con todos sus aciertos y sus fallas.

No es extraño entonces que estos tres partidos se encuentren en crisis internas tan graves después de la elección que les arrojó de su zona de confort. Desde el poder los partidos pueden ofrecer espacios, dádivas y recursos a sus operadores y seguidores, sin él sus labores se hacen mucho más difíciles.

Pero el problema no se restringe a los tres mencionados, sino que de fondo todos los partidos que hay actualmente en México están teniendo dificultades muy grandes para poder decirse representantes de los intereses y confianza de (por lo menos) una parte de la ciudadanía. Los partidos políticos a grandes rasgos deben de cumplir con cinco funciones fundamentales:

  1. Ser organizaciones que conjunta a personas con la misma ideología.
  2. Aglutinar demandas y propuestas sobre ciertos temas.
  3. Representar a cierto segmento de la población.
  4. Generar una agenda de temas que se aborden en el debate público y cotidiano, y
  5. Lograr espacios de representación.

Ni siquiera Morena en su postura de partido mayoritario y casi hegemónico ha podido cumplir con estas funciones. Si quitamos la presencia del presidente Andrés Manuel López Obrador como el elemento catalizador que le da su fuerza y unión a Morena, el partido de reciente creación tendría los mismos problemas que tuvo en su primera elección en 2015, donde apenas obtuvo un poco más del 8 % de la votación.

Todos los partidos que actualmente tiene registro en México han tenido enormes problemas para conjuntar a personas con la misma ideología; pareciera que se conforman con juntar personas sin que éstas compartan principios en común ignorando los problemas que esto traerá después. Tampoco han logrado presentar un programa coherente de demandas y propuestas; hay unos pocos rastros de agenda uniforme en algunos partidos, pero de manera general pareciera que tenemos solamente ocurrencias, reacción a las declaraciones del presidente o propuestas muy aisladas en temas desvinculados de un proyecto de país integral.

Aunque pareciera algo contraintuitivo, tampoco han logrado representar a segmentos de la población bien definidos; han conseguido que voten por ellos, pero una cosa muy diferente es que existan grandes grupos de ciudadanos que acepten de manera directa que el partido “X” (y no solamente el candidato “X”) es quien los representa.

La generación de agenda por parte de otros actores que no sean el presidente de la república se encuentra prácticamente anulada también. Fuera de solamente reaccionar a lo que dice el titular del ejecutivo federal, los partidos, tanto de la oposición como de la coalición gobernante, no han sido capaces de llevar a la agenda pública un solo tema. Esto nos habla no solamente de lo centralista que se está convirtiendo el debate público en México, sino que los otros actores políticos han caído en el juego de pensar que hablar de política tiene que ser hablar necesariamente del Presidente de la República y eso, de entrada, comienza a erosionar su capacidad de contrapeso.

Finalmente, el único punto que se podría decir que cumplen de alguna manera los partidos es el de ganar espacios de representación. Morena como fuerza hegemónica es el partido que de mejor manera puede hacerlo, pero ¿y los demás? Cada vez se hace más difícil que los otros partidos se presenten como opciones viables y competitivas ante los electores que decidirán si votar por el partido en el poder u otra opción en las próximas elecciones.

Ante tal panorama ¿hay salida para que México vuelva a construir un sistema de partidos sano, competitivo y democrático? No debemos confundirnos, pensar que porque estos partidos políticos no estén funcionando no significa que los partidos políticos no funcionan. Una democracia no puede entenderse sin ellos ya que es a través de éstos que conjuntamos personas, causas y proyectos en una sola organización que pretende impulsar una visión de país. El decir que es posible hacer democracia sin partidos políticos es el equivalente a querer hacerla sin la gente y sin reconocer la pluralidad que nos compone.

México no es un país monolítico, se equivocan quienes dicen que basta con que en un solo partido existan todos los grupos que integran a la sociedad y que en unas solas siglas estén oposición y los leales al gobierno. Contamos con una sociedad plural y heterogénea que, a pesar de poder darle una mayoría a cierto actor político, también contiene a mucha gente que está en desacuerdo con él y que también merecen representación.

Para ello necesitamos comenzar a pensar en nuevos modelos de partidos que permitan a la sociedad volver a identificarse. De nada nos sirve cambiar nombres, colores o siglas (o mantenerlos) si no se acepta que la sociedad mexicana ha cambiado y que no puede ser atendida con los mismos esquemas de hace 2 o 3 décadas. El cómo idear un nuevo sistema de partidos fuerte y democrático es una discusión amplia y compleja que no pretendo terminar aquí, pero sí espero ayudar a comenzarla.

Una primera reflexión que se debería hacer es la de transitar a modelos de partidos más abiertos. Las estructuras burocráticas y cerradas que distinguen tajantemente entre dirigentes, militantes y simpatizantes ya no sirven. Los partidos políticos de la actualidad tendrían que ser organizaciones abiertas, que permitan a las personas acompañar las causas y discutir la agenda sin necesidad de contar con un membrete o credencial establecida. Cualquier persona debería de poder apoyar de manera directa y tener voz dentro del partido de su preferencia sin necesidad de someterse a una estructura rígida.

Si logramos idear un modelo de partido que permita eliminar estas diferenciaciones podríamos comenzar a ver cómo la gente se acerca a apoyar causas que les parecen justas y que justo ahora se alejan porque se les fuerza a entrar a un cajón determinado. Esto también obligaría a los partidos a regresar a la gente; con un modelo así de poco servirían las listas de millones de personas afiliadas si éstas no están realmente ahí para dar la cara por el proyecto que están apoyando.

El contar con mejores partidos políticos no es solamente una cuestión de beneficio para sus integrantes, sino que impacta directamente en la calidad de democracia que tenemos. Si los partidos se encuentran tan desprestigiados tratemos de entender cuáles son las razones y tengamos el valor para cambiarlos sin recurrir al recurso fácil de eliminarlos y debilitarlos.

* Antonio Cárdenas Rodríguez (@bocho12355) es licenciado en Ciencias Políticas y Administración Pública por la UNAM; asesor del gobernador de Michoacán, Silvano Aureoles Conejo, y Campeón Nacional de Debate Político y militante del PRD.

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