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Por una jornada cívica de paz frente a la embajada de Cuba
Quienes participaremos en la jornada cívica de exigencia hacia el gobierno cubano de respeto a la voluntad popular y a los derechos humanos, frente a su sede diplomática, refrendamos nuestra vocación de paz y civilidad como único medio de protesta.
Por Oscar Grandío Moráguez
14 de noviembre, 2021
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El lunes 15 de noviembre iba a ser un día de fiesta para muchos cubanos en México. Ese día, frente a la embajada de Cuba, que supuestamente debe representar a todos los nacidos en la isla, nos encontraremos con muchos, y no sólo cubanos, que desde múltiples partes de la república mexicana vendrán a celebrar una jornada cívica, pacífica, casi de jolgorio, en apoyo a una similar en la isla, donde se exigirán una serie de demandas puntuales y lógicas -nada inusuales en cualquier país mínimamente democrático- a un gobierno que no escucha, dado a la violencia y que considera a su pueblo como enemigo. 

Ingenuamente, muchos de los que vamos a participar en este proceso cívico pensamos que el gobierno cubano iba a contener la respuesta represiva que suele dar a las movilizaciones de esta índole, en este caso fuera de Cuba: había habido rumores que señalaban que la embajada estaría cerrada el lunes 15, un día feriado en México, lo que daba tranquilidad a muchas familias que estarán en el evento. Sería una oportunidad irrepetible para muchos de traer a sus hijos e hijas, la mayoría menores de edad, a una convocatoria de paz relacionada con el país de sus orígenes. Para otros se ofrecía una ocasión ideal para reencontrarse con amigos o familiares, que esparcidos en una ciudad enorme como la de México, o a lo largo del país, se verían frente a la embajada en un ambiente festivo. Algunos le pondrían cara y voz a muchos que solo conocían por llamadas telefónicas, mensajes, o redes sociales. Para todos y todas sería una pertinencia obligada estar allí, frente a esa sede, en paz y armonía, apoyando un proceso inédito y necesario en la historia del archipiélago cubano. 

Pero la naturaleza del régimen cubano siempre se manifiesta, fuera y dentro de Cuba. El viernes 12 de noviembre en la noche -casi después de la conclusión del discurso del presidente cubano Díaz-Canel, donde se reiteraba la voluntad oficial de reprimir y no permitir ningún acto ciudadano de ejercicio de las libertades constitucionales de expresión y manifestación -, la embajada cubana anunciaba que una hora antes de la convocatoria hecha por los cubanos de la diáspora en México, realizarían en el mismo lugar un festival cultural de apoyo a la revolución cubana. 

El llamado de la embajada cubana significa mucho: el llamado a dos eventos simultáneos, frente a un lugar con espacio limitado, con dos grupos antagónicos no presagia un final feliz. Y lo significa porque tradicionalmente la embajada cubana en México ha usado en las movilizaciones de apoyo a su régimen a grupos de choque muy dados a la violencia verbal y física. Grupos que de una manera clara son dirigidos y atizados por personal diplomático de la embajada de Cuba, notoria además por ser un centro importante de la inteligencia cubana.  

Estos grupos, conformados por movimientos de una “izquierda” radical local muy penetrados por agentes de inteligencia cubanos, y con vínculos logísticos, financieros y operacionales con la dictadura cubana, han históricamente actuado en México como las “brigadas de respuesta rápida” cubanas, notorias en la isla por su carácter paramilitar, usadas para reprimir de manera muy violenta y no oficial a aquellos que en la isla han osado hacer cualquier demanda al Estado. 

El accionar violento de estos sectores -minoritarios, pero muy vociferantes e intolerantes entre una vasta y rica izquierda local- siempre se ha puesto de manifiesto cuando son utilizados como una suerte de esquiroles cada vez que se organizan manifestaciones críticas hacia el gobierno cubano frente a su sede diplomática. La última vez que se usaron estos grupos fue recientemente, el 17 de septiembre, cuando turbas mayoritariamente de mexicanos simpatizantes de la dictadura cubana, convocadas por la embajada, se enfrentaron de manera muy violenta a un exiguo grupo de apenas una decena de activistas cubanos y mexicanos que protestaban por la visita oficial de Díaz-Canel a México. Ese día los activistas fueron ofendidos, golpeados y robados, todo frente a un cordón de la policía local que pasivamente permitía las vejaciones y la violencia.

Todo parece presagiar que el 15 de noviembre frente a la embajada de Cuba no será una jornada de paz para aquellos que planean ejercer su derecho a la manifestación pacífica, que está garantizada por las leyes mexicanas y la legislación internacional en la materia que el gobierno mexicano ha suscrito. Aquella jornada planeada de fiesta ciudadana y familiar, de ejercicio de derechos, de encuentro y reencuentro entre cubanos, mexicanos y nacionalidades varias, puede empañarse con episodios de violencia ejercidos por aquellos grupos que históricamente ha actuado de esa manera con el apoyo diplomático cubano. 

Estos grupos que defienden a una “revolución” de 62 años tienen el derecho a manifestarse y expresar sus simpatías por lo que les parezca, pero no tienen el derecho de hacerlo de manera violenta. Por eso, aquellos que participaremos en la jornada cívica de exigencia hacia el gobierno cubano de respeto a la voluntad popular y a los derechos humanos, frente a su sede diplomática, refrendamos nuestra vocación de paz y civilidad como único medio de protesta. La policía y las autoridades de la Ciudad de México deben garantizar el cumplimiento de estos principios de paz y respeto a las diferencias. Nuestras familias, y aquellas que han sido convocadas por la embajada de Cuba, pueden coexistir en un marco de respeto y paz. Lo hechos lamentables de violencia del 17 de septiembre no deben repetirse. La violencia y la intolerancia no caben en un sistema democrático como el mexicano.

* Oscar Grandío Moráguez (@OscarGrandio) es historiador, con una Licenciatura en Relaciones Políticas Internacionales por el ISRI (Cuba), con estudios de Maestría en Estudios de Asia y África en El Colegio de México, y de Doctorado en Historia en York University (Canadá). Ha impartido la docencia en universidades de Canadá, Estados Unidos y México.

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