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Puto: el público y lo público
Soy lo que gritas, pero en mis términos, no en los tuyos… y podemos platicarlo. Debemos platicarlo.
Por José Merino
30 de junio, 2014
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Por: José Merino (@PPmerino)

Ninguna palabra me ha acompañado más que “puto”.  Me la endilgaron desde que tuve edad para que otros distinguieran en mis maneras, movimientos de la mano, inflexiones de la voz, modos de andar, características que me identificaban en otros ojos, sin duda, como uno. Me la han dicho niños (siendo yo niño o adulto), policías, no pocas mujeres y, por supuesto, otros homosexuales. Tuve incluso el dudoso honor de que durante la campaña electoral del 2012 me construyeran un bot que cada vez que tuiteaba o me mencionaban mandaba un tuit diciendo sin más vueltas “@PPmerino es puto”. Sumaron más de 10 mil. Siempre molesto, incómodo e hiriente.

La molestia no habitaba en la palabra por sí misma. Habitaba en la punzante intención de herirme por ser yo. Era y es esa intencionalidad la que enerva. Un aguijón que llevé incrustado hasta parte de mi vida adulta. Algo mutó: junto con la intención de herir, está también una disposición a ser herido.

Uno puede optar por apropiarse de la ofensa o apropiarse de la palabra. Me fui por lo segundo. No hubo de otra. Coqueteé con la idea de tatuármela (entendí lo violento de la palabra y desistí). La repito intermitentemente ante los ojos aterrados de mis amigas y amigos heterosexuales. Es una palabra violenta, lo sé, pero encuentro en ella una tarima para asomarme resuelto y cómodo. Soy lo que gritas, pero en mis términos, no en los tuyos… y podemos platicarlo. Debemos platicarlo.

La in-ter-mi-na-ble discusión sobre el grito mexicano en los partidos de fútbol me ha regresado a esa discusión que yo, conmigo, tenía perfectamente resuelta. Cosa irrelevante cuando se trata de entender si como colectivo la tenemos también resuelta.

Descubro que la ofensa es apropiada centralmente por heterosexuales. Pienso lo mucho que hemos ganado en términos de aceptación y apropiación, cuando son ellas y ellos quienes salen apasionados a evidenciar los atributos ofensivos de la palabra. Me alegra, mucho, desde un lugar que no tuve de niño, en el que era yo y nadie más quien tenía que defenderse. Somos otro país y otro tiempo. Coincido con ellos y ellas en que la elección de esa palabra para amedrentar es, de suyo, reveladora.

Al mismo tiempo los resiento un poco. Siento que no tienen ¿autoridad? ¿historia? ¿contexto? alguno para decirme que debo sentirme ofendido, hoy, a mis tantos años, meses y días de haberme construido para no ofenderme; porque en el estadio usan justo esa palabra para… ¿para qué? ¿Para atemorizar al contrincante por la coreografía más que el significado? ¿Para cuestionar la virilidad del otro? ¿Para evidenciar que hay los que caben en “hombre” y los que no? Hubo quien se atrevió a considerar “privilegio” la no ofensa siendo gay. Es, en todo caso, una licencia ganada a punta de recibir gritos y hacer con ellos una reafirmación.

Entonces termino por pensar que qué terrible ser un hombre heterosexual que no cabe, que no actúa como, que no se asemeja a…  que, en suma, cabe en el uso que otros hacen de “puto”. Yo ese tema, al menos, lo tengo resuelto… no quiero ser el “no puto”, el que debe demostrar 24/7 lo hombre que es y en los términos más mamíferos posibles. ¿Cómo ofenderme por un grito que premia justo la idea de virilidad que no me interesa ser? Entonces termino por pensar en lo penoso de una sociedad que piensa en lo femenino como un grado menor, un lugar lejos de lo deseable; un lugar donde toda fuerza y debilidad es estrictamente física… o no es.

No es aleatorio que se la dediquen justamente al guardameta; como en la portería, todo lo reducen a genitales que penetran o son penetrados y llevan en eso una burdísima relación de poder.

Entiendo que esta discusión específica no pasa por el Estado (aún). Entiendo también que si pasara, defendería apasionadamente el derecho a gritar “puto” o cualquier otra palabra usada intencionalmente para ofender. La ofensa es subjetiva, siempre; y aún si todos acordáramos que una palabra es ofensiva (i.e. “pendejo”), sigue siendo subjetivo concluir que la ofensa constituye una impedimento o traba al ejercicio de un derecho (a eso nos referimos cuando decimos “discriminación”). Sobrevive el derecho a gritar sobre el mal ensamblado derecho a la dignidad.

Sí, pero hay dos discusiones vivas. Primero, si la FIFA puede y debe decidir qué resulta inaceptable gritar en sus eventos. Creo que puede y debe, y que en este caso debió y pudo. La decisión prematura de perdonarnos terminó en el peor de los mundos: no abrió una deliberación abierta ni fijó una postura reprobatoria (aún sin derivar en un castigo), en cambio, legitimó el grito en todas las circunstancias posibles. Tocará a la Femexfut corregir esta torpeza.

La segunda discusión es nuestra y la tendremos por mucho tiempo, y tiene dos partes. Primero, si queremos decidir colectivamente que “puto” es una palabra inaceptable en nuestros estadios y si eso merece una intervención del Estado. A mi, personalísimamente, me aterra que un acto de autoridad del poder Ejecutivo (vía Segob) me diga qué puedo o no gritar bajo una argumentación abstracta de ofensas y derechos, pero celebraré que al menos se discuta.

En segundo lugar, decidir si el “puto” en efecto refleja una sociedad agresiva y enfáticamente homofóbica. Yo tiendo a pensar que refleja más una sociedad simultáneamente misógina y misándrica. Que repudia simultáneamente a las mujeres por serlo y a los hombres “no serlo” en suficiencia.

Mundo triste el de esas heterosexualidades. El grito en el estadio es un grito de heterosexuales a heterosexuales. Ahí la ofensa que sí me apropio. Cuando gritan “puto” a mi no me toca por gay, me toca por ser un mexicano opuesto a la clasificación machista y discriminatoria de lo “masculino” y lo “femenino”.

Creo, no obstante, que hay dos discusiones paralelas. Por un lado, las posiciones personales respecto a la homosexualidad, y por otro, la posición que el Estado (la colectividad en la que nos reconocemos derechos y restricciones) debe tomar. Todos citan el dato aquel de la ENADIS en el que 4 de cada 10 personas en México no quieren a un homosexual viviendo en su casa. Pero esa misma encuesta nos dice que 8 de cada 10 creen que los derechos de homosexuales no se reconocen y 7 de cada 10 creen que es injustificable oponerse al matrimonio gay.

La discusión pública parece haber avanzado en el tema de lo público, en términos de lo que el Estado puede o no reconocer y promover. Hay una discusión pendiente en términos de lo que las personas pueden o no gritarse, pero no podemos inferir automáticamente cosas sobre lo público a partir de lo que se gritan los privados.

Yo me quedo con lo primero. Estoy casado con un hombre y así me lo reconoce el Estado vía el Distrito Federal, y aunque ciertamente crea que las palabras dicen (subjetivamente) cosas y vienen con frecuencia cargadas de resentimientos y atajos, no hago mía esa ofensa. Las dos cosas se relacionan, pero en orden opuesto: no imagino a otro policía gritarme “puto” donde el Estado reconoce mi existencia y la existencia de mis afectos. Eso explica mi posición neutra sobre el grito, pero también mi posición beligerante sobre la Comisión de la Familia en el Senado.

Discutamos hasta la nausea el penoso grito de “puto” en los estadios (genuinamente me parece penoso); pero si hemos de hablar de discriminación contra homosexuales y lesbianas, entonces hablemos de las 30 entidades que aún no reconocen civilmente el matrimonio entre dos personas del mismo sexo (dije matrimonio, no “uniones”).

Tengamos pues una discusión sobre las condiciones de la población LGBTTTI . Tengamos, sobre todo, una discusión sobre nuestra terrible concepción de géneros, y sus impactos cotidianos en el ejercicio de derechos. Pero tengámoslas desde el Estado y el acceso igualitario a lo público, no desde las gradas del maldecir o los púlpitos del bien decir.

 

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