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Radiografía de las alternancias presidenciales
La alternancia es evidencia de un sistema electoral democrático, porque posibilita la transmisión del poder por vías legales, institucionales y pacíficas, además de que demuestra condiciones de equidad y certeza.
Por César Hernández González
6 de septiembre, 2019
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La alternancia no es un punto de llegada ni de partida del régimen democrático. Mas bien, es un elemento característico de las elecciones que otorga la oportunidad de cambiar las visiones a la hora de gobernar. Cada vez que ocurre, se evidencia que un sistema electoral es democrático, puesto que posibilita la transmisión del poder por vías legales, institucionales y pacíficas, además, demuestra las condiciones de equidad y certeza.

La alternancia en México es un logro histórico proveniente de una construcción gradual, ascendente y permanente, emanada desde los municipios durante los ochenta, para incidir en los noventa en las gubernaturas y culminar en la presidencia de república en los 2000. Es importante recordar que durante 70 años un mismo partido mantuvo el monopolio en el poder ejecutivo. Ahora, en un periodo de 18 años, se ha experimentado 3 cambios de fuerzas políticas en el ejecutivo federal -2000 (PAN), 2012 (PRI) y 2018 (MORENA)- convirtiéndola en una situación excepcional a nivel internacional.

Al examinar las causas por las cuales se generaron las alternancias presidenciales, es posible reconocer un patrón de coincidencia, particularmente en las condiciones estructurales y el comportamiento de los partidos. En cambio, al identificar sus discrepancias, se puede apreciar que éstas se concentran en los resultados, los cuales son productos de las campañas electorales, los partidos políticos y los candidatos.

Coincidencias

En primer lugar, pese a los cambios en los partidos, persistieron condiciones sociales adversas, producto de no haberse resuelto diversos problemas como la pobreza, desempleo, corrupción, impunidad y opacidad. Ello jugó en contra de los gobiernos salientes. También tuvo una repercusión importante en la forma de ver la democracia, pues se generalizó el descontento con el régimen y los gobiernos del cambio: en 2001 el apoyo ciudadano era de 46%, en 2013 de 37% y en 2018 de 38%.

Otras coincidencias, que tienen que ver con el comportamiento de los partidos, fue la falta de cohesión interna en el partido en el gobierno federal que minimizó el apoyo al candidato partidista por parte de grupos, estructuras, corrientes y personalidades. Esto evidenció una ruptura que incidió directamente en los resultados. En cambio, el fortalecimiento de la oposición en los ámbitos municipal, estatal y federal favoreció su triunfo en diversos comicios. La ciudadanía conoció nuevas visiones de gobernar, por lo que ahora cuenta con más elementos a la hora de decidir el sentido de su voto.

Por último, todos los candidatos ganadores fueron postulados por coaliciones: Vicente Fox -PAN y PVEM-, Enrique Peña -PRI y PVEM- y Andrés Manuel López -PT, MORENA y ES-. Y, por último, en las tres alternancias se registró una alta participación ciudadana -en 2000 fue de 63.97%, en 2012 de 63.08% y en 2018 de 63.42%-.

Discrepancias

En las elecciones de 2000 y 2018, los candidatos tenían atributos carismáticos y los aprovecharon incluso años antes del inicio oficial de las campañas. En cambio, en el 2012, el candidato ganador fue apoyado por un maquinaria partidista y mediática.

Además, mientras que los comicios de 2000 y 2012 podríamos catalogarlos como elecciones competidas, al tener un margen de victoria de 6.41% y 6.60%; en cambio, en 2018 se alcanzó el 30.93%, enmarcándola como una elección definida. Otra diferencia fue que en elecciones de 2000 y 2018 existió un clamor popular por el triunfo de los candidatos ganadores pues la ciudadanía festejó la alternancia en la presidencia; por su parte, en 2012 solo los simpatizantes y militantes celebraron el retorno del PRI al gobierno federal.

En los comicios de 2000 y 2018 los candidatos y los partidos políticos aceptaron la derrota en las elecciones el mismo día de la jornada electoral, y se abstuvieron de judicializar los resultados. En contraste, en 2012 el candidato y las fuerzas políticas perdedoras se negaron a aceptar el mandato ciudadano en las urnas e impugnaron los resultados de los comicios.

Finalmente, los cambios en las fuerzas políticas, mientras que en las elecciones de 2000 y 2012 tuvieron una similar distribución electoral de la opción ganadora (en 2000 obtuvo el triunfo en 20 estados y 178 distritos y en 2012 alcanzó la victoria en 20 estados y 171 distritos), en 2018 se logró una victoria significativa en 31 estados y 277 distritos.

* César Hernández González (@ZezarHG) es asesor de la Presidencia del Instituto Nacional Electoral.

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