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Renovar el espacio público, un Congreso para el futuro
El Congreso debe sesionar para renovar la democracia y diseñar un proceso legislativo que potencie la transparencia, la deliberación y la rendición de cuentas.
Por Juan Jesús Garza Onofre y Javier Martín Reyes
18 de abril, 2020
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No hace falta iniciar mencionando la forma en que la pandemia COVID-19 ha modificado por completo la cotidianidad de millones de personas a lo largo y ancho del mundo. Como si de repente la normalidad fuera una lejana excepción, el escenario que se despliega se resiste impacientemente a trazar un nuevo rumbo. Sabemos que todo ha cambiado, que ya nada será igual, pero el futuro es más incierto que nunca.

La analogía del paréntesis para imaginar la vida en pausa —compartiendo un espacio en vilo mientras la emergencia termina, pero a sabiendas de que en breve se podrá continuar y retomar lo pendiente—, en definitiva, puede ser atractiva para sobrellevar la posibilidad que aguardan estos tiempos. Es, sin embargo, una fantasía, una falacia que no dimensiona que la magnitud de la crisis no afecta a todos por igual.

No por el hecho de que emerja un súbito imprevisto social, esto viene a significar la absoluta inacción colectiva. Reconocer que existen otras alternativas para canalizar distintas formas de coexistir es una manera de repensar y adecuarnos a un entorno inimaginado.

La importancia de los medios tecnológicos ha sido fundamental para intentar resistir a los peores efectos de esta catástrofe. Al momento en que gobiernos de todos los rincones del planeta han echado mano de tales herramientas no solo para informar a su ciudadanía sino, y sobre todo, para tratar de contener los peores desastres que se pueden desembocar, resulta esencial continuar impulsando su implementación y adaptación con una lógica renovada.

Lamentablemente, tal parece que en México ni en la antesala de la tempestad es posible fraguar un acuerdo común, ya no se diga idear horizontes realistas y, al mismo tiempo, más igualitarios y más democráticos.

Y es que, quienes supuestamente deberían ser los primeros en responder y articular una estrategia conjunta con el Ejecutivo Federal para enfrentar el azaroso porvenir, se han encargado de enfrascarse en una fastidiosa discusión que aparenta ser técnica, pero que en realidad no pasa de ser una vil grilla partidista. Entre dimes y diretes, la falta de miras de nuestros legisladores ha provocado que el Congreso de la Unión se encuentre paralizado de facto.

Obviando que la democracia demanda dinamismo y capacidad de reacción, anclados en un formalismo recalcitrante, los representantes populares se debaten entre si sesionan para uno o dos temas, entre si se requiere reformar tal o cual artículo reglamentario, cuando es evidente que la tormenta ya llegó, y que no hay tiempo para nimiedades.

Tal vez habrá que recordar algo básico: nuestros diputados y senadores, al menos formalmente, no nos han dejado de representar ni un solo día desde que comenzó la pandemia. Y, por tanto, es necesario que continúen ejerciendo su mandato, ajustándose, por supuesto, a las exigencias de estos tiempos. No existe justificación alguna para la actual parálisis legislativa que está ocurriendo.

En ese mismo sentido, vale la pena recordar la faceta dinámica del Derecho. Si bien es cierto que muchas veces parecería que este fenómeno llega tarde y llega mal ante cualquier situación que surja, también lo es que, salvo que se abrace un recalcitrante originalismo, la interpretación de las disposiciones —especialmente las constitucionales—, ha de realizarse a partir de las exigencias de los tiempos.

Ahora bien, independientemente de las formas, más allá del trivial dilema sobre si el Congreso debe sesionar —la respuesta es evidente: sí, y nunca debió dejar pasar tanto tiempo sin hacerlo—, surge la pregunta genuinamente relevante: sesionar, ¿para qué? Aquí ofrecemos una sugerencia, y quizá una provocación.

Hay que sesionar no solamente para reactivar la normalidad legislativa, no sólo para que las Cámaras cumplan con sus responsabilidades constitucionales frente a la pandemia. Hay que sesionar, sobre todo, para el futuro, para renovar a la democracia y diseñar un proceso legislativo que potencie la transparencia, la deliberación y la rendición de cuentas. Para tener un Congreso más abierto, con más voces y con un mayor compromiso con las demandas ciudadanas. Para imaginar una nueva representación, menos opaca y más responsiva. Para contar con un nuevo espacio público; para redefinir lo público, intentando que sea más vivo, más interactivo, más exigente.

¿Por qué limitarnos a escuchar las mismas voces de siempre? ¿Por qué sustituir el tedioso Canal del Congreso por una estática pantalla de Zoom? ¿Por qué no incorporar nuevas ideas? ¿Por qué no abrir los cuestionamientos parlamentarios a los auténticos dueños de la soberanía popular? ¿Por qué no aprovechar las tecnologías para construir un parlamento no sólo abierto, sino genuinamente participativo?

Tienen toda la razón del mundo cuando las autoridades nos piden quedarnos en casa. Pero quedarnos en casa no debe ser pretexto para inhibir la democracia. Todo lo contrario: esta pandemia nos exige soluciones tan radicales como responsables. La democracia tendrá futuro sólo si tenemos la valentía de imaginar una nueva representación, un nuevo espacio público.

* Juan Jesús Garza Onofre (@garza_onofre) es investigador del Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM. Javier Martín Reyes (@jmartinreyes) es profesor asociado de la División de Estudios Jurídicos del CIDE.

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