Simuladores - Animal Político
close
Recibe noticias a través de nuestro newsletter
¡Gracias! Desde ahora recibirás un correo diario con las noticias más relevantes.
sync
Simuladores
La 4T actual es exactamente la misma 4T que López Obrador blandió como espada de Damocles durante meses, durante años, la que ha blandido el último año y medio de gobierno, también. En ese sentido, firmo sus palabras: López Obrador no engañó a nadie; los arrepentidos se engañaron a sí mismos.
Por Juan Manuel Villalobos
29 de junio, 2020
Comparte

Tres mujeres, cabe suponer que tres mujeres de izquierda, uno de los grupos que menos respaldo ha recibido de las políticas públicas que llevaron al poder al encargado de la presidencia, Andrés Manuel López Obrador, renunciaron a su cargo la semana pasada: la presidenta del Consejo Nacional para Prevenir la Discriminación, Mónica Macisse, la titular de la Comisión Ejecutiva de Atención a Víctimas, Mara Gómez, y la subsecretaria de Salud, Assa Cristina Laurell.

La respuesta insidiosa, “te lo digo Pedro para que lo entiendas Juan”, de la persona a la que hasta entonces estas tres mujeres habían respaldado, fue la de llamarlas “simuladoras”. En la transformación que pretende López Obrador para México no hay cabida para los arrepentidos. En algo lleva razón el exlíder de Morena: o se está con él, o se está contra él; no hay medias tintas. Peor aún, si alguna vez se estuvo con él, y no se le apoya más, el estigma de “corrupto” quedará tatuado en la frente. Mejor: se trata de “simuladores”, probablemente gente comprada; o, más propiamente dicho, vendida. Gente que pretendió estar con él, pero lo hizo a conveniencia, se entiende, de un puesto político, de un interés, de una canonjía que no recibió, o que no supo entender. Luego entonces, en el diccionario personal de López Obrador, “simuló”.

Si bien no quedaba claro de manera explícita en su programa de campaña, sí quedaba claro de manera implícita el interés de López Obrador por los derechos humanos, por las mujeres, por la cultura, por las energías limpias, entre otros muchísimos temas: todos ellos, menos importantes de los que sí expresaba el entonces candidato por el cristianismo. Quienes lo votaron, quienes lo apoyaron hasta la apoteosis, difícilmente pueden decir que no sabían de qué madera estaba hecho su líder, rencoroso como pocos políticos, obstinado como pocos para ocupar algún día la silla presidencial.

Sabían, pues, que estaban votando por un candidato que se había aliado al Partido Encuentro Social, una formación de ultraderecha; un hombre que había acogido en su seno a unos de los personajes más oscuros de la política mexicana, Manuel Bartlett; un agitador, pues, al que la cultura, el cine, el teatro, los idiomas, le eran ajenos a su espíritu, algo con poca importancia, por no decir nula: ese era el candidato Obrador y ese es el presidente Obrador, nada oculta, nada esconde. Y, aun así, fue respaldado; aun así, sus votantes, conscientes de ello, mujeres, feministas muchas, artistas, progresistas, científicos, académicos, médicos, periodistas, gente de izquierda, lo llevó al poder con su voto.

Tiene razón López Obrador en llamar “simuladores” a todo el que ya no piensa como él, pero pensó alguna vez como él. La tolerancia nunca fue su fuerte y eso, uno y cada uno de los votantes de López Obrador, lo sabe: dio un curso de intolerancia durante 18 años. No cambió la 4T, cambiaron ellos, los arrepentidos, los hoy simuladores. La 4T actual es exactamente la misma 4T que López Obrador blandió como espada de Damocles durante meses, durante años, la que ha blandido el último año y medio de gobierno, también. En ese sentido, firmo sus palabras: López Obrador no engañó a nadie; los arrepentidos se engañaron a sí mismos.

Es verdad que cada día que pasa aparentemente hay más gente, por aquí y por allá, que se dice arrepentida, extrañada, desconcertada: Obrador diría, “simuladores”; alguno que escribe a medias tintas, que lo sigue apoyando, pero disiente de él —Jorge Zepeda Patterson, por ejemplo, a quien no tardará en caer la espada en su cabeza, como ya le cayó a Carmen Aristegui—, alguno otro que prefiere callar, alguno otro que dice que “no votó por eso”, pero votó por eso, algún escritor colega que no entiende qué le ha pasado al líder, que hasta la quijada se le ha desencajado.

Los hay, también, como el actor Damián Alcázar, que se metió en carne propia en el disfraz de dictador, y hoy le parece lo más normal que el presidente por el que votó se asemeje a su personaje de La dictadura perfecta, quizá en el fondo añorando él mismo las mieles que le dio el personaje de ficción, en una especie de síndrome de Zelig. Se trata de una transposición, un falso self, un trastorno de identidad muy complejo y también muy raro, como el que le ocurrió a Carlos Monsiváis en una entrevista que le hice en 1995, para el suplemento Enfoque, del diario Reforma, en la que le pedí que asumiera el papel de presidente a un año de gobierno, uno de los más duros, 1994-1995. En aquella entrevista cómico-trágica, Monsiváis no solo sacó su genio brillante, el de una mente que iba a mil por hora, quizá la más audaz del México moderno. Al finalizar, como Alcázar, como López Obrador, se creyó su papel. Me firmó un autógrafo como “Presidente Carlos Monsiváis”, simulando ser el que no era, fascinado con el engaño, con la transposición, como simula, eso sí, quien dice gobernar, pero no gobierna, el padre de todas las simulaciones que atestiguamos hoy en día, “presidente López Obrador”.

* Juan Manuel Villalobos es periodista, escritor y editor. Su última obra es el libro de relatos La peor parte (librosampleados, 2020).

Lo que hacemos en Animal Político requiere de periodistas profesionales, trabajo en equipo, mantener diálogo con los lectores y algo muy importante: independencia. Tú puedes ayudarnos a seguir. Sé parte del equipo. Suscríbete a Animal Político, recibe beneficios y apoya el periodismo libre.

#YoSoyAnimal
Comparte
close
¡Muchas gracias!

Estamos procesando tu membresía, por favor sé paciente, este proceso puede tomar hasta dos minutos.

No cierres esta ventana.