Sin ETC: impactos en los derechos de niñas y mujeres
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Sin escuelas de tiempo completo: impactos en los derechos de las niñas y las mujeres
La decisión de la SEP de no asignar presupuesto a la jornada ampliada y al servicio de alimentación para las escuelas afecta desproporcionadamente a aquellas personas que se encuentran en mayor vulnerabilidad, particularmente a las niñas. Niñas que sólo por género y edad son más vulnerables a la pobreza, la violencia y la desigualdad.
Por Alejandra Núñez y Alejandra Castillo
4 de marzo, 2022
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Todas y todos sabemos que nuestro mundo es desigual, que en nuestro país la desigualdad es alta. Lo hemos vivido en carne propia de múltiples maneras. Hay muchas formas -categorías- desde las que podemos aproximarnos a esa desigualdad, y el género, que nunca viene solo sino entretejido, es una de ellas.

La decisión de la SEP de no asignar presupuesto a la jornada ampliada y al servicio de alimentación para las escuelas que antes sí recibían horas extras en las que los niños y las niñas se beneficiaron de procesos de aprendizaje, refuerzos de clases, acompañamiento psicoemocional y alimentos para su jornada escolar afecta desproporcionadamente a aquellas personas que se encuentran en mayor vulnerabilidad, particularmente a las niñas. Niñas que sólo por género y edad son más vulnerables a la pobreza, la violencia y la desigualdad.

La situación de los niños, niñas y adolescentes en el país no es buena. En su informe de 2019 UNICEF reportó que el 49.6% de los niños y las niñas viven en pobreza, o sea, más de 19 millones, también señaló que el 80% de los estudiantes de sexto de primaria no alcanzaron los aprendizajes esperados para su nivel educativo, y que el 63% ha sufrido violencia en sus hogares. CONEVAL y UNICEF estudiaron que la niñez vive de forma más acentuada la pobreza, que ésta afecta su desarrollo y bienestar, contribuye a perpetuar dinámicas de pobreza en el ciclo de vida, y que el ciclo intergeneracional de la desigualdad económico y social persiste; esto es, que muchos niños y niñas que nacen en hogares pobres crecerán en ellos.  Además, con la pandemia UNICEF ha señalado que su acceso a alimentos se redujo y aumentó su riesgo de pasar hambre. Asimismo, comunicó que al reducirse los ingresos de las familias muchos niños y niñas tuvieron que dejar sus estudios para trabajar. De hecho, en agosto de 2021, SEGOB comunicó que 5.2 millones de estudiantes no se inscribieron en la escuela, y que la violencia que sufren se incrementó por no estar en la escuela.

Si bien el panorama para la niñez no es alentador, es inevitable preguntarse qué implica para las niñas la decisión de la SEP. Las niñas que asisten a las escuelas que antes brindaron jornadas extendidas y alimentos viven, principalmente, en municipios de alta y muy alta marginación. Aunque no tenemos certeza de cuántas niñas fueron alimentadas porque no se cuenta con padrón ni con desglose, un estudio refiere que corresponden al 49.5% de los estudiantes que antes eran alimentados con una comida caliente en el día y que su edad promedio es de 9 años.

¿A qué violencias y desigualdades se enfrenta una niña de 9 años en pobreza y marginación si se le quitan recursos en su escuela?  Ya no tendrá clases de tiempo completo donde se procure su aprendizaje y se le brinden apoyos socioemocionales, ahora saldrá a medio día. Si bien le va irá a su casa, donde en lugar de recibir alimentos quizá tenga que prepararlos y servirlos a los varones de su casa. En nuestro país es una regla tácita que la mejor y mayor comida se la llevan los varones, los adultos; así que quizá, aún después de haberla preparado, sea ella la que coma menos. También puede ser que sus tardes, en lugar de estar en clases de arte o reforzando matemáticas, se conviertan en la sobrecarga de trabajo de cuidados no remunerado que conocemos descansa sobre las mujeres y las niñas. Quizá ahora le toquen trabajos domésticos, barrer y limpiar, incluso mientras sus hermanos juegan.  En el peor escenario también puede suceder que la violencia en el hogar aumente, mezclada con maltrato infantil y violencia sexual, en virtud de la ausencia de herramientas socioemocionales de los adultos para afrontar la creciente pobreza.

Puede que incluso que sea víctima de abandono y negligencia, que la hagan sentir que estorba en casa o se sienta explotada y salga a la calle, donde seguramente el acoso, la violencia sexual o la falta de una estructura de apoyo deteriore su desarrollo social, emocional y cognitivo, o aumenten. Incluso, como el video que ha circulado en medios, puede que sólo salga a la calle a comprar una paleta y esté en un riesgo enorme de convertirse en una estadística más de trata o desaparición.

De ninguna manera consideramos que los peligros y las violencias en las escuelas no existan, por el contrario, pero precisamente en la escuela a través del presupuesto y la implementación de política pública pueden construirse las condiciones para una mejor calidad de vida, al menos en sus primeras etapas de vida. Por ello ahora que se ha decidido que no lo tengan, a las niñas les afecta desproporcionadamente.

Además, sabemos que la feminización de la pobreza se vincula con el género y la edad. Las niñas, aunque terminen los mismos grados escolares, en virtud de la brecha de género, tenderán a una mayor pobreza, a sueldos más bajos, a no poseer propiedad, a un mayor abandono y desigualdad. Contrario a lo que ha sucedido, el objetivo debería ser brindarles esos apoyos a todas las niñas, en todas las escuelas, comenzando por no eliminar aquellos de las niñas que ya lo recibían.

En esto yo, Alejandra Donají, escribo desde la experiencia. En virtud de la crisis económica mi educación no fue prioridad, sólo terminé la secundaria, y no fue sino hasta los 22 años que logré terminar la preparatoria mediante el examen único, y años después la carrera, realizando trabajo de cuidados. En el intervalo viví múltiples violencias, despojos, inseguridad alimentaria, y demás situaciones de riesgo a las que probablemente no me hubiera enfrentado si hubiera existido algún tipo de apoyo o hubiera seguido en la escuela. Sé que soy una más en una estadística muy grande con historias desgarradoras. Desde mi historia, no imagino lo que debe ser para las niñas, a tan corta edad, perder los apoyos que recibieron en sus escuelas de la noche a la mañana, en contextos de enorme desigualdad, en medio de una pandemia, con la actual crisis económica y con la ausencia de apoyos sociales. Reitero, me indigna.

Regresamos al nosotras. Desde la perspectiva de género, las madres también se benefician de la jornada ampliada y de que sus hijos e hijas reciban alimentos, pero las beneficiarias directas de priorizar su escuela, de tener jornadas extras y apoyos socioemocionales, de recibir alimento son las niñas. Su presente y sus futuros son, por el único criterio de ser niñas, ya muy complicados. El despojo ampliado es insensato, las niñas requieren de apoyos, herramientas y políticas públicas específicas para reducir el abandono, asegurar su regreso y fomentar su desarrollo. Una propuesta para mitigar las brechas de desigualdad y el rezago educativo que ha dejado la pandemia sería aumentar el número de escuelas con jornada ampliada y alimentos, alcanzar a más niños y niñas. La decisión de no hacerlo es mala; eliminar lo existente es pésimo y refleja la ausencia de perspectiva de género.

De acuerdo con datos de la Encuesta Nacional sobre el Uso del Tiempo (2019), mientras las mujeres con un trabajo mayor o igual a 40 horas invierten en promedio 10 horas a la semana al cuidado no remunerado de personas en su hogar, los hombres en la misma condición destinan alrededor de 6 horas a dicha actividad. En ese sentido, no podemos obviar los impactos que puede tener la desaparición del programa en las vidas de las madres. Al respecto, la organización Mexicanos Primero ha señalado que las madres cuyas hijas o hijos asisten a escuelas de tiempo completo tienden a incrementar su probabilidad de participar en el mercado laboral.

Si mencionamos esto no es porque creamos que la escuela deba ser vista como guardería, sino porque es una realidad que todavía no hay una política de cuidados. Peor aún, hace poco tiempo también se modificó el programa conocido como el de estancias infantiles. La modificación consistió en otorgar apoyo económico pero sin garantizar oferta de servicios de cuidados. Fue así que muchas madres alrededor del país de la noche a la mañana tuvieron que, a falta de opciones, ellas quedarse en casa o encargar a sus hijos e hijas a alguien más, normalmente familiares.

De acuerdo con el INEGI, 9% de las mujeres no económicamente activas respondieron querer trabajar pero no poder. Entre las razones: porque tienen que cuidar a alguien en su hogar. Este porcentaje es el doble que en el caso de los hombres. Así, la decisión también afecta a las mujeres que trabajan como maestras, mujeres que verán reducidos sus ingresos, y a las que ahora se limita su participación laboral y aportación a la comunidad.

De acuerdo con el PROIGUALDAD 2020-2024, hay una promesa de un sistema nacional de cuidados. Una promesa todavía incumplida. En esa misma línea, pareciera que el Estado está dejando sin opciones a las maestras, madres y niñas que tienen que cumplir con sus roles de género. Por el contrario, se sigue sin priorizar el interés superior de la infancia. Se sigue olvidando la perspectiva de género, aunque nos encanta ponerlo en las introducciones de los programas de gobierno como un concepto bonito pero que no se ve reflejado en las acciones, presupuestos o indicadores.

La jornada ampliada y el servicio de alimentos eran un parche en medio de la ausencia de un sistema nacional de cuidados y una sociedad que sigue percibiendo a las mujeres como únicas responsables de las labores de cuidados no remunerados. En relación a este punto, y por último, queremos subrayar que el análisis de género implica más que incluir a las mujeres en los programas. Implica reconocer desigualdades y sus causas. En ese sentido, mientras no se tome en cuenta el punto de partida de niñas y mujeres y las estructuras que necesitan modificarse para garantizar su autonomía y desarrollo, será muy difícil que se generen políticas a la altura de las circunstancias.

* Alejandra Núñez es activista y Alejandra Castillo es creadora de GÉNEROyD+.

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