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Sin horas ni alimentos
No alimentar niñas y niños que en medio de una pandemia van a la escuela, que se encuentran en rezago educativo, inseguridad alimentaria, con malnutrición y desnutrición es una mala decisión. No alimentar a niñas y niños que antes sí recibían alimento y ahora ya no lo reciben, es una injusticia y un retroceso en la garantía de sus derechos.
Por Alejandra Donají Núñez
1 de marzo, 2022
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El día de ayer la SEP formalizó la orden de que 1.6 millones de niñas, niños y adolescentes no reciban alimento en sus jornadas escolares. Desde enero, 3.6 millones de niñas y niños no tienen su escuela tal y como se ha construido en su comunidad: con jornada ampliada y alimentos. La SEP decidió que no pasará recursos para la jornada extra y para servicios de alimentación a las escuelas antes beneficiadas.

Aunque en la práctica implementó tal medida desde enero, ayer la formalizó. En el transitorio vigésimo primero del PEF 2022 se estableció que para el último día hábil de febrero la SEP tenía que publicar las Reglas de Operación del programa La Escuela es Nuestra (LEEN) en el Diario Oficial de la Federación (DOF). Ayer lunes las publicó en el DOF y hoy entran en vigor, pero las Reglas omiten entregar recursos destinados a horas extras y alimentos, lo que implica dejar a 3.6 millones de niños y niñas sin jornada ampliada y a 1.6 millones sin alimentos en esas jornadas.

La SEP tiene el presupuesto, cuenta con casi 14 mil millones de pesos para el programa LEEN, pero prefirió destinar el presupuesto a infraestructura. La infraestructura, albañilería y la pintura no debería ser la única prioridad. Si adentro de la escuela hay niñas y niños con hambre, o con tan poca energía por falta de alimento que no pueden más que dormirse, no hay escuela por más que la pared esté pintada. Una escuela es una comunidad. Si adentro del muro recién arreglado están maestros que antes dedicaban tiempo a ampliar las oportunidades de aprendizaje de sus estudiantes, y ahora ya no les cubren las horas, no hay escuela. Si esas horas extra aseguran que se recibe alimento y éstas se acaban, no hay aprendizaje ni salud ni alimentación. Con una decisión presupuestal la SEP da pie al hambre, mayor rezago educativo, ausencia de apoyos socioemocionales; aumenta la desigualdad y empuja más al límite a aquellos que viven en mayor vulnerabilidad.

La Escuela de Tiempo Completo (ETC, ya no es programa, pero sí referencia, ya que sus componentes fueron absorbidos por LEEN) nació centrando su atención en escuelas de alta y muy alta marginación; actualmente la focalización se ha reducido. No obstante, del total de ETC 70% son escuelas indígenas y 55% se encuentran en comunidades rurales; la mayor proporción son escuelas primarias, seguidas por secundarias, preescolares y educación especial. El objetivo de las ETC era centrar los esfuerzos en la atención de los procesos de aprendizaje de niños, niñas y jóvenes, e implica, a grandes rasgos, tres componentes adicionales a una escuela regular, que son: infraestructura escolar, una jornada ampliada para reforzar conocimientos y, en algunos casos, servicios de alimentos. En este sentido, con la decisión de que la jornada ampliada no recibirá presupuesto se afecta desproporcionadamente el desarrollo y aprendizaje de los niños y las niñas que se encuentran en situaciones sumamente vulnerables.

El sistema educativo nacional tiende a reproducir las desigualdades de origen, y mientras mayor sea la desigualdad de origen, menor es la movilidad de las personas. O sea, es importante que la educación brinde la posibilidad de un mejor futuro a través de aumentar la capacidad para acceder a recursos y oportunidades, pero por el momento esa contribución es muy limitada. Los estudiantes de las Escuelas de Tiempo Completo viven la reproducción de la desigualdad; no sólo viven en municipios de alta y muy alta marginación, en ambientes de rezago y pobreza, sino que encarnan la asimetría del sistema educativo, con pocas posibilidades de movilidad social. No obstante, las escuelas que implementaron los componentes de horas extras y de alimentación frenaban el rezago educativo y la inseguridad alimentaria. Eran de los pocos elementos del sistema educativo nacional que aportaban a reducir la brecha y las diferencias de aprendizaje entre los estudiantes en condiciones más vulnerables y en marginación y los que no.

La asociación Mexicanos Primero ha identificado que, entre otros, las ETC aumentan las oportunidades de aprendizaje, reducen el rezago escolar con impactos positivos que se mantienen y aumentan con el tiempo, benefician a estudiantes con desventajas económicas y aportan a cerrar las brechas de desigualad entre escuelas no marginadas y marginadas.

Estudiar con hambre es imposible. Las escuelas que tenían jornadas de 8 horas incluían alimentos. Este servicio brindaba el desayuno, que era el primer alimento del día para el 66% de sus estudiantes, un refrigerio y la comida durante la jornada escolar, precisamente porque la jornada duraba más y tenía una visión de aprendizaje más completo que la escuela regular, entre otros, podían enseñar inglés y arte, y formaban comunidad porque el programa respondía a los intereses de la comunidad educativa. El alimento durante la jornada no sólo aporta a reducir el hambre, sino que beneficia el desempeño y brinda la oportunidad de mayores aprendizajes. Incluso aumentó la asistencia escolar y redujo el abandono. Es importante señalar que nadie puede asegurar que todos los estudiantes que recibían servicio de alimentación en las Escuelas de Tiempo Completo cuentan con comida adicional en su casa. Como contexto, aunque recibían alimento, el 11% de los niños y las niñas que recibían alimento en su jornada tienen desnutrición. Dejar de alimentarles, a sabiendas de su contexto de desigualdad, no sólo es indignante sino inhumano, y pone en riesgo su salud, la continuidad de su aprendizaje y su alimentación.

La Secretaría nunca ha alcanzado a apoyar a todas las escuelas de educación básica que se beneficiarían de este programa -que serían todas-, ni siquiera a todas las que más necesitan el apoyo en virtud del rezago educativo. El número de escuelas y de estudiantes que se beneficiaron varía en el tiempo, más en términos del capricho presupuestal que de la necesidad real o de la teoría causal. Las escuelas que amplían su horario a 6 horas no reciben alimentos (a pesar de que la jornada es larga y de que nadie puede asegurar que tienen en casa) y, por lo tanto, la proporción entre el número de escuelas que podían brindar 6 u 8 horas varió también en términos presupuestales. Sin embargo, alimentar a estudiantes siempre ha tenido un costo muy bajo, menos de dos mil pesos anuales por niño o niña; y los beneficios del aprendizaje en los estudiantes son duraderos y constantes. Las Escuelas de Tiempo Completo elevan el gasto total por alumno en menos del 18%,  y es una inversión redituable si los aprendizajes, el apoyo, la calidad de vida, nutrición, permanencia y disfrute de la infancia aumentan.

Haré énfasis en los servicios de alimentación porque me indigna. El número de alumnos que recibió el servicio de alimentación disminuyó paulatinamente desde 2018. Se conocía que atendía a 1.6 millones de estudiantes; en 2019, la SEP reportó que se había reducido a 1.3 millones; con la pandemia sólo conocimos que brindó alimentos a 933 mil estudiantes, y en enero y febrero no brindó recursos para alimentar a ningún niño o niña en su jornada escolar: cero estudiantes alimentados por la SEP en ese programa. No alimentar niñas y niños que en medio de una pandemia van a la escuela, que se encuentran en rezago educativo, inseguridad alimentaria, con malnutrición y desnutrición es una mala decisión. No alimentar niñas y niñas que antes sí recibían alimento y ahora ya no lo reciben, es una injusticia y un retroceso en la garantía de sus derechos.

Por eso es tan grave la decisión de la SEP de no considerar presupuestalmente la jornada ampliada y el servicio de alimentación. Más considerando que en México, el 44% de la población está en pobreza y hay cerca de 22 millones de personas están en pobreza extrema, sin ingreso suficiente para comer. Con las condiciones sociales, los niños y las niñas en situación más vulnerable están siendo vulnerados por las instituciones que tienen por objeto su desarrollo y educación al ya no recibir lo que antes sí había. En lugar de progresividad y de aumentar las medidas para frenar el rezago y la inseguridad alimentaria apoyando a más escuelas y estudiantes, la SEP ha decidido no destinar recursos para ello.

Dejar niños y niñas sin alimento en su jornada escolar en la que tenían oportunidades de aprendizajes y apoyos socioemocionales es una expresión de aniquilación en lo simbólico y en su materialidad. No considerarlo en el presupuesto abona a destruir la posibilidad de un mejor futuro común y niega la potencialidad de esos millones de niños y niñas a futuro, pero además es la destrucción de su presente. Una barda pintada puede durar algunos años y da la impresión de que se está haciendo algo, en cambio los diez pesos de comida se invierten ese día y sus beneficios no sólo son inmediatos en cuanto a la mitigación del hambre, sino que a futuro tiene múltiples ventajas. Tal vez carecemos de las herramientas para dimensionar el daño en el futuro que acarreará la decisión, pero sin duda es claro que pone en riesgo su presente, su existencia y la calidad de vida de sus días.

En la atención a la pandemia hemos visto múltiples decisiones gubernamentales que han puesto el interés de los adultos por encima de la salud y desarrollo de los niños y las niñas. Todas estas decisiones esconden que el presente de los niños y las niñas ha estado en asedio. Si se cierran sus espacios, se quitan sus apoyos y se les hace pasar hambre, se destruye su niñez. Tampoco se les puede exigir que sean los niños y las niñas quienes salgan en defensa de su presente y de su futuro. Eso sería exigirles que se unan al mundo de los adultos, en lenguaje y comportamiento, olvidando su niñez. La responsabilidad es de los adultos, quienes cuidan tanto del presente como del futuro de los niños y las niñas; es nuestra. Y sí, muy probablemente la voz de las madres, padres, maestras y maestros pueda brindarnos claridad en los efectos de los afectados directo, pero tampoco se puede dejar de lado el contexto en el que se encuentran de alta desigualdad, asimetría de poder e información. Será muy bueno escuchar sus voces, pero la respuesta social e institucional no puede estar supeditada a eso.

La SEP ha decidido que 3.6 millones de niños y niñas ya no tengan jornadas ampliadas y que 1.6 millones de niños y niñas no reciban alimento en las mismas. Seguramente hay manera de aún pasar recursos si se considera como prioridad.

* Alejandra Donají Núñez (@aledenuez) es activista.

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