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Síndrome de desgaste por empatía: apropiarse del dolor ajeno
El desgaste emocional del personal médico ante la pandemia es casi equiparable con el dolor corporal: desde formar parte de un sistema de salud precario hasta el temor de contagiarse -o contagiar- y morir.
Por Carlos Armando Herrera Huerta
22 de mayo, 2020
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En mi última guardia en Centro Médico Nacional Siglo XXI tuve la tarea de notificar el fallecimiento de cinco pacientes con COVID-19: dos hombres y tres mujeres, con familia, entre los 50 y 60 años de edad, tal y como mis padres. Lo hice por teléfono. En unos cuantos minutos y con oraciones breves provoqué un dolor inmenso. Ser el emisario de noticias tan funestas es una labor desgraciada. No hay materia en la facultad de medicina que te prepare para ello.

La primera vez que, como médico, atestigüe la agonía y la muerte fue durante mi año de internado. Paciente de diecinueve años, con discapacidad intelectual moderada, tumoración cerebral de un año de evolución, inoperable, pérdida de la visión del ojo derecho y recurrentes crisis epilépticas. Cumpliendo dos meses de hospitalización, postrado y con úlceras por presión en espalda y glúteos.

Me llamaron a las tres de la mañana. El paciente comenzaba con respiraciones profundas y sacudidas corporales. El médico encargado de piso y el equipo de residentes e internos acudimos rápidamente para realizar la reanimación cardiopulmonar. Fueron treinta minutos y no hubo respuesta. Exhaustos por las compresiones torácicas se retiraron a notificar la muerte a los familiares.

Frente al cadáver, tomé su registro electrocardiográfico para confirmar clínicamente su deceso. Coloqué los electrodos en la piel que comenzaba a enfriarse y palidecer. Se graficó una línea recta e interminable. Evitaba ver su rostro. El primer llanto que escuché fue el de la madre: desgarrador, agudo, resonó hasta el final del pasillo y despertó a una docena de pacientes. Luego vino el del padre, breve, pero iracundo, golpeó con sus puños el escritorio de enfermería.

Durante todo un año presencié escenas similares con ligeras variantes: muertes súbitas e inesperadas, otras prolongadas; pacientes jóvenes y otros ancianos, en menor número, niños; familiares abatidos por la noticia fatal, y el resto, con una expresión más mínima y modulada del dolor. El sufrimiento como constante y la perplejidad propia ante la fragilidad de la vida. A mitad de mi año formativo perdí la cuenta de estas experiencias trágicas. En un hospital pueden registrarse hasta 2,400 muertes anuales, un promedio de 215 por mes.

Asimilar con estoicismo y sensibilidad el sufrimiento y la muerte es de las primeras facultades que el médico desarrolla como clínico: empatía pura con el paciente. Pero tal y como la inflamación del túnel del carpo de una secretaria, que mecanografía sin descanso durante su jornada laboral, la habituación del personal hospitalario (enfermeras, médicos, psicólogos, cuidadores y trabajadores sociales) a estos fenómenos vitales tiene patentes estragos en su salud mental.

La empatía, en términos generales, se entiende como “la sensibilidad al daño o sufrimiento que otra persona experimenta”. De las propuestas teóricas más vigentes e integrales que tratan de definir a la empatía, se encuentra la de Preston y de Waal (2002). Imaginemos un modelo de muñecas rusas: primero sucede el contagio emocional (nuestro sistema nervioso a manera de “espejo”, como lo que ocurre con los bostezos, refleja la expresión emocional del otro en nuestro cuerpo, un proceso íntimo y vinculativo); luego viene la simpatía (una motivación prosocial por buscar un alivio a ese dolor ajeno), y por último, en una integración compleja de mecanismo cerebrales, llegamos a comprender “por qué sufre” el otro, sus orígenes y dimensiones. Sin empatía la convivencia social sería imposible: una regresión primitiva a un estado puramente instintivo e incompatible con la civilización.

Experimentar reiteradamente estos sentimientos de intensa empatía y pena hacia a la persona que sufre, y el consecuente deseo de calmar su dolor o erradicar la fuente del mismo, genera un complejo sintomático denominado “síndrome de desgaste por empatía”: reexperimentación de los eventos traumáticos, agotamiento emocional (síntomas depresivos o apagamiento del afecto) y un estado de ansiedad constante.

En el personal sanitario el “desgaste o fatiga por la empatía” suele acompañarse con un “desgaste por el trabajo”. Este último hace referencia a las consecuencias anímicas y corporales al exponerse a jornadas laborales extenuantes (privación del sueño, carga de trabajo excesiva) y al creciente sentimiento de fracaso al no poder hacer más por el paciente.

La crisis sanitaria que atravesamos actualmente magnifica estas entidades patológicas. Los turnos de los médicos y enfermeras dedicados a la atención de pacientes con COVID-19 pueden exceder las doce horas diarias, hasta cuatro veces por semana. El cansancio físico incrementa: los equipos de protección personal provocan una sensación de sofoco, irritación de la piel y deshidratación por la pérdida excesiva de sudor. El desgaste emocional es casi equiparable con el dolor corporal: formar parte de un sistema de salud precario e “hiperburocratizado”; un flujo abundante de pacientes complicados y una letalidad altísima por un virus que aún no logra entenderse; agresiones físicas y verbales de algunos ciudadanos en la vía pública; el temor de contagiarse -o contagiar – y morir.

Lo he mencionado antes, los médicos lejos estamos de ser héroes o mártires, aunque lo olvidemos en nuestros muy recurrentes destellos narcisistas. Humanos somos como los pacientes que enferman y mueren. La tragedia colectiva a la que irremediablemente todos hemos sido convocados como personajes exige la habilidad más valiosa que la evolución nos ha dado: la empatía. Destaquemos en la historia de la humanidad como la colectividad más empática. La invitación es clara y la oportunidad única.

* Carlos Armando Herrera Huerta (@IAcetico) es residente de tercer año de psiquiatría en el Centro Médico Nacional Siglo XXI. Miembro activo de la Asamblea Nacional de Médicos Residentes, Comité Interinstitucional. Contacto: [email protected] FB: armandopowers.

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