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Sonideras por la paz
Los sonideros no son algo nuevo; lo novedoso es ver cómo un grupo de mujeres está apostando por este movimiento como una acción de pacificación.
Por Ana Laura Velázquez Moreno
8 de agosto, 2019
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Por: Ana Laura Velázquez Moreno (@ana_velamor)

El mismo día que el gobierno de la Ciudad de México anunciaba su iniciativa de reforma al Código Penal en la cual propuso incrementar las penas además de negar todo beneficio penal, preliberacional y penitenciario a personas reincidentes en la comisión de delitos, un grupo de mujeres se reunía a tocar y bailar sonidero en un pequeño parque de Iztapalapa. Aunque no lo parezca, ambos proyectos tienen un objetivo en común: desincentivar la violencia y recuperar la seguridad en la ciudad.

“De entre los cerros de asfalto nació un río que sonaba a trompetas, gaitas y tambores. Dicen que cada vez que comienza la fiesta, se abre la rueda de una danza ritual y comienza a temblar el centro de la Tierra”. Así inicia el promocional de “Yo no soy guapo”, el documental que narra las historias de resistencia, música y reapropiación del espacio a través de la identidad cultural urbana del sonidero.

Una de las protagonistas del documental y precursora de las mujeres sonideras es Lupita la Cigarrita, quien comparte su perspectiva del nacimiento y evolución del sonidero en barrios como Tepito e Iztapalapa, y también da cuenta del papel que las mujeres han tenido en este movimiento. En una escena se muestra cómo una de las fiestas más esperadas del año por los amantes del sonidero se frustra debido a la oposición de las autoridades. Mientras los policías circulan vigilando que el equipo de sonido no se instale, Lupita la Cigarrita se acerca a reclamar por la criminalización que esto representa al sonidero. “Lo están haciendo en Iztapalapa, lo están haciendo en Iztacalco, en todos lados nos están parando y están dejando a mucha gente sin trabajo. No nada más existen los riquillos de Polanco y de La Lomas, ¡existimos en los barrios, en los barrios más bajos existimos gente!”. En el documental se observa cómo la Cigarrita continúa explicando a los elementos policiales que si los bailes y tocadas se hacen en la vía pública es precisamente porque las calles pertenecen a la gente del barrio y no tienen dinero para pagar un salón de eventos.

A tres cuadras de la avenida Texcoco, la cual divide la Ciudad de México de Ciudad Neza, se encuentra el Corredor de las Mujeres Libres, un espacio rodeado de torres de alta tensión, maleza y juegos rotos. Ahí se proyectó el documental “Yo no soy guapo” como parte del evento “Iztapalapa suena, conciencia sonidera, conciencia de género”. También se contó con la participación del colectivo Musas Sonideras, conformado por mujeres sonideras de diversos barrios de la Ciudad de México e inclusive de otros municipios, entre ellas Lupita la Cigarrita.

Bajo el lema “hasta que la sororidad se haga costumbre”, las Musas Sonideras buscan dar visibilidad a las mujeres del gremio, pero no solo eso: por medio de sus eventos quieren recuperar los espacios públicos en las zonas de la ciudad que cada vez se vuelven más conflictivas. Al ritmo de salsa, cumbia, guaracha y ballenato, acompañado de los tradicionales saludos por el micrófono, este colectivo trabaja por la recuperación del tejido social para que los jóvenes tengan un espacio a donde acudir a divertirse de forma sana, como una opción para prevenir las adicciones y la delincuencia. Estos espacios de convivencia donde gente de todas las edades acude a convivir, tienen entre sus características que ocurren en calles, vecindades o parques, por lo que el uso del espacio público es algo cotidiano. Esto, en los tiempos en que los parques se privatizan en pretenciosos cotos y roof gardens y los centros comerciales proliferan como la opción más accesible de lugares de esparcimiento, es un acto por lo menos disruptivo.

Los sonideros no son algo nuevo; sin embargo, lo que sí resulta novedoso es ver cómo un grupo de mujeres está apostando por este movimiento como una acción de pacificación. Para ellas no pasa por alto que el consumo de drogas y alcohol suele ser asociado con el sonidero; sin embargo, confían en que esto cambie y que los sonideros se retomen como los espacios de convivencia que son, en los que inclusive familias completas, niñas y niños, acuden a hacer gala de sus mejores pasos y divertirse. Además, el sonidero es una importante comunidad con identidad propia que nació del barrio, por lo que tratar de prevenir delitos, adicciones y generar un espacio de convivencia segura por medio de éste, no resultaría ser, como muchas otras, una política pública impuesta desde el exterior, con una visión ajena a la población y problemática que se pretende atender.

Pero, ¿qué tiene que ver esto con las reformas al Código Penal? Ante una administración que a nivel federal como local pareciera tener como principal apuesta para la prevención de delitos el aumento de penas y el endurecimiento del proceso penal, conocer proyectos como el de Musas Sonideras resulta alentador. Las propuestas para recuperar la paz deben visualizar algo más que el castigo y la aplicación de “todo el peso de la ley”, ya que no existen evidencias para afirmar que el aumento de penas por sí solo desincentivará las conductas delictivas. Proyectos de mujeres como las Musas Sonideras son una luz de esperanza en medio del populismo punitivo. Quisiéramos tener una ciudad segura lo antes posible; sin embargo, el camino es más largo de lo que nos gustaría y qué mejor que lo recorramos con proyectos incluyentes, sororos y al ritmo de una buena cumbia.

* Ana Laura Velázquez Moreno es abogada, especialista en derechos humanos y género, forma parte del Circulo Feminista de Análisis Jurídico y es integrante del área jurídica de Idheas Litigio Estratégico en Derechos Humanos A. C.

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