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Tiempos de angustia, tiempos para actuar
Esta parálisis de las actividades humanas nunca ha alcanzado los niveles que vemos hoy. Irónicamente, la naturaleza está tomando un descanso, pero también hay efectos negativos.
Por Rubén D. Arvizu
16 de junio, 2020
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La pandemia de COVID-19 con todas sus implicaciones sanitarias, sociales, políticas y económicas ha sacudido por completo el planeta. Todavía estamos lejos de encontrar la vacuna que nos protegerá de este nuevo virus. Mientras tanto, las infecciones y las muertes continúan sin parar.

Mucho se ha especulado sobre el origen de COVID-19, una nueva variante de coronavirus. Al momento de escribir esto, Estados Unidos sigue siendo la nación con el mayor número de infecciones y muertes en todo el mundo, sobrepasa los 2 millones de infectados y más de 118 mil fallecidos, el segundo puesto lo ocupa Brasil con 900 mil infectados y 44 mil muertes y México ocupa el sitio catorce con 147 mil contaminados y el séptimo en mortandad con casi 18 mil. Las autoridades médicas más prestigiosas insisten en que se podrían haber salvado miles de vidas, pero desafortunadamente, los intereses políticos han prevalecido sobre el bienestar de los ciudadanos perdiéndose un tiempo precioso para prevenir y prepararse para combatir este mal.

Esta parálisis de las actividades humanas nunca ha alcanzado los niveles que vemos hoy. Irónicamente, la naturaleza está tomando un descanso. Ha revelado a millones de personas en todo el mundo que existen cielos despejados, mares azules, montañas nevadas y grandes manadas de delfines que saltan alegremente de las aguas. Numerosos animales deambulan en las calles desiertas por los humanos y los pájaros cantan sin tener que competir con el ruido de las ciudades.

Pero también están los efectos negativos de las medidas utilizadas para protegernos del COVID-19, básicamente debido a las viejas malas prácticas en la forma en que nos libramos de los desechos. En este caso, proviene de millones de máscaras, guantes de látex, así como de objetos de laboratorios y hospitales utilizados en la lucha contra este coronavirus. Muchos de estos artículos fluyen hacia los mares, aumentando la ya enorme contaminación de plásticos y desechos que abruman los cuerpos de agua del planeta.

Foto: oceansasia.org

En los años previos a la pandemia, los ambientalistas advirtieron sobre la amenaza que representa para los océanos y la vida marina esa contaminación. Cada año llegan a los océanos 13 millones de toneladas de plásticos, según una estimación de 2018 realizada por ONU Medio Ambiente. Tan sólo al mar Mediterráneo fluyen anualmente 570,000 toneladas de ellos, una cantidad equivalente a arrojar 33,800 botellas de plástico por minuto al mar. Estas cifras corren el riesgo de crecer sustancialmente a medida que los países de todo el mundo enfrentan al COVID-19.

Se necesitan urgentemente medidas de control y educación para que las personas puedan deshacerse racionalmente de ellos sin causar aún mas daños al medio ambiente. No podemos negarlo, vivimos el período más destructivo y lleno de codicia de la historia humana. Devastamos el medio ambiente a un ritmo sin precedentes, dando absoluta prioridad al crecimiento económico por encima de la protección ambiental.

A causa de los efectos de la pandemia, el mundo respira aire más limpio, al menos por ahora. Sin embargo, en Brasil la situación va en la dirección opuesta. Los pueblos indígenas de la Amazonía han sido víctimas constantes de la degradación y la depredación de su medio ambiente. Como si eso fuera poco, el año pasado sufrieron los incendios más devastadores de la región. Ahora, han estado expuestos al COVID-19 debido a los contactos con personas de Manaus, la capital del estado amazónico flanqueado por la jungla. Esta enorme área es, junto con Sao Paulo, el centro del virus mortal que ahora se adentra en el corazón de la selva tropical brasileña. Numerosas fosas comunes salpican las afueras de Manaus mientras que al mismo tiempo el virus golpea el Amazonas. Es bien conocida la falta crónica de servicios médicos para los pueblos indígenas que ahora enfrentan la dramática presencia de la pandemia en sus comunidades.

Para empeorar aún más la situación, el gobierno ha estado minimizando la amenaza del coronavirus y también aprovechando la pandemia como una oportunidad durante estos días de agitación social, para tratar de pasar apresuradamente medidas que pueden ser mortales para la selva. Durante una reunión del consejo de ministros se filtraron declaraciones del Ministro de Medio Ambiente de Brasil en la que dijo: “Tenemos la posibilidad, en este momento, en que la atención de la prensa se centra casi exclusivamente en el COVID para aprobar la desregulación de reformas para simplificar la invasión de tierras públicas “, en otras palabras, para continuar con la fatídica deforestación. Según los cálculos compilados por el satélite del Observatorio Climático de la NASA, la devastación del Amazonas aumentará este año las emisiones de gases de efecto invernadero hasta en un 20%. Amazonia tiene pocas razones para celebrar esta ruptura climática motivada por una pandemia.

El impacto negativo que tiene el homo sapiens en el medio ambiente es innegable, motivado sobre todo por la avaricia de una minoría que posee el poder económico y político. Para ellos, la Tierra es un banco del que extraen su riqueza sin depositar nada a cambio. Al mismo tiempo, las injusticias arcaicas del racismo y su sistemática opresión continúan en muchas partes del mundo ocasionando aún más divisiones y problemas. Esta situación no surgió de la noche a la mañana, y no la resolveremos en un abrir y cerrar de ojos. Para ello requeriremos una acción en conjunto y aceptar con honestidad la existencia de ese mal.

Estamos en el momento decisivo para corregir el rumbo, si queremos permanecer en esta minúscula burbuja azul, sumergida en la inmensidad sideral, pletórica de vida y de belleza.

* Rubén D. Arvizu es ambientalista, escritor, productor y director fílmico [email protected]. Colabora como Director General para América Latina de la organización de Jean-Michel Cousteau, Ocean Futures Society y como Director para América Latina de la Nuclear Age Peace Foundation.  Es Consultor de la Alianza de Medios y Radios Virtuales.

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