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Un final de telenovela que todavía no llega: hacia una sociedad del cuidado
Revalorizar el trabajo de cuidados implica analizar que las telenovelas son un lugar de escape y de disfrute pero también de idealización de vidas con desenlaces lejanos y obstaculizados, en su mayoría, por las injusticias sociales del repartimiento de responsabilidades dentro y fuera de las familias.
Por Stephanie Orozco
22 de julio, 2021
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Ilustración por Mariana Acosta (@themarianaac en Twitter, @themarianadraws en Instagram).

De entre tantas cosas que rodean al ir y venir de las y los mexicanos, a cualquiera que se nos pregunte ¿quién es María la del Barrio? sabremos responder. Las telenovelas, novelas, series o comedias tienen un lugar especial en la cultura mexicana y en la cultura pop reconocida internacionalmente, porque si de algo nos hacemos notar es en la basta oferta que México ha dado a otros países en lo que respecta a las historias de la pantalla chica. Pero las telenovelas, así como representan algo en el imaginario colectivo, también lo representan en la historia familiar de muchos de nosotros y nosotras.

De 20:00 a 22:00 horas la sala y televisión familiar estaban destinadas a un fin: que la mamá, tía o abuela se sentara a ver la continuación de historias que de lunes a viernes narraban la vida de personajes rayando en lo real, pero con destinos casi siempre irreales. Con el tiempo han ido aumentando los canales donde se pueden sintonizar este tipo de contenidos, pero hasta hace unos años la competencia se centraba en únicamente dos ofertas. Eso sí, como rivales de lo televisivo, mostraban productos similares e incluso, en ocasiones, historias idénticas con personajes que solo cambiaban de nombre (así el caso entre Paloma y Gaviota o Paz Achaval Urien y Victoria Balvanera).

En la memoria de las y los mexicanos vive este horario y también en la industria de la producción audiovisual, pues se le dio el nombre de “horario estelar” y dejó de ser creado para todas las familias y lo dedicaron a quienes a esa hora podían tomar un relativo “descanso” o tiempo ocio entre sus decenas de actividades en el día a día.

A las 20 horas, con frecuencia y en la cotidianeidad de miles de familias mexicanas, los hijos y las hijas terminaron sus tareas y están cerca de la hora de ir a dormir. Los hombres y otras personas que salieron a trabajar ya están de vuelta y también terminan la hora de la cena después de la sobremesa. Es ahí cuando las personas encargadas de los trabajos del hogar, mujeres en su mayoría, van cerrando las actividades con los últimos deberes: lavar platos sucios, llevar a las y los hijos a la cama, dejar listo lo necesario para la mañana siguiente y ahí es cuando recuerdan que la telenovela está por comenzar.

Actualmente una de cada tres mujeres no cuenta con un ingreso autónomo y tampoco tiene oportunidad de acceder a un empleo remunerado por estar a cargo del cuidado de otras personas y de las actividades del hogar. Revalorizar el trabajo de cuidados implica analizar que las telenovelas son un lugar de escape y de disfrute pero también de idealización de vidas con desenlaces lejanos y obstaculizados, en su mayoría, por las injusticias sociales del repartimiento de responsabilidades dentro y fuera de las familias.

Según los últimos informes del Consejo Nacional para la Evaluación de la Pobreza (CONEVAL), las mujeres invierten de entre 2.5 a 3 veces más el tiempo en tareas de cuidado que los hombres. En promedio, hablamos de 44.2 horas por semana que es apenas menos que la jornada máxima laboral para trabajo remunerado reconocida en la ley, que es de 48 horas semanales. En estas cifras no se puede dimensionar cuántas de estas mujeres, además de cumplir con el trabajo al interior de sus hogares, también salen a trabajar o cumplen con otros tipos de labores.

La lucha por el reconocimiento de las tareas de cuidado es una premisa tan simple como referir a un trabajo que aporta a las actividades económicas de la sociedad sin generar un recurso económico tangible de primer alcance para las mujeres. Es decir, aportan significativamente a todas las personas que salen a estudiar o trabajar, pero no reciben dinero por esta actividad. La valoración de todo empleo, presupone hacer del trabajo del hogar no remunerado un trabajo digno en el que, además, las mujeres no dependan de sus parejas o hijos e hijas, para poder ser acreedoras a la seguridad social.

En las telenovelas, quienes cumplen con las responsabilidades del hogar en las “familias ricas” son las trabajadoras del hogar y en las “familias pobres” son las madres “jefas de familia”, las abuelas o las hermanas. Aunque las historias de vida de ambos espacios están conectados por algunos personajes que, en su mayoría, aspiran a salir de la pobreza, televisivamente les hacen ver lejanos y ajenos entre sí. Estas historias están plagadas de estereotipos y prejuicios que caen en violencias simbólicas hacia algunos grupos de la sociedad. Por ejemplo, hasta hace muy poco tiempo se comenzaron a incluir personajes de la comunidad LGBT+ con narraciones inclinadas más hacia la inclusión que hacia la ridiculización, como se venía haciendo hasta 2010. Sin embargo, los personajes femeninos siguen rodeados de características tan antiguas como las telenovelas mismas. Son personajes que llevan la esperanza en su actuar y con esta, se entregan a ciertas actividades (en su mayoría, la conquista de algún hombre que representa un mejor futuro para ellas). Marimar, Teresa, Mónica de Altamira, Lupita (de Rebelde) y Refugio (de Corona de Lágrimas) son el reflejo de la aspiración de miles de mujeres; y no forzosamente para terminar casada con algún galán, sino por una vida más plena y sin preocupaciones económicas. Pero la realidad versa muy distinto, pues ellas, en algún punto de su vida, dejarán de tener una carga de cuidado para dedicarse a otras cosas que tras el último capítulo de la telenovela desconoceremos, pero parece bastante prometedor para su felicidad.

Las mujeres que han quedado en casa para seguir cumpliendo con el trabajo del hogar y aquellas que tuvieron que dejar sus empleos para cumplir con tareas de cuidado, en muchos casos se ven también sumidas en violencia familiar y económica. Cuando son otros miembros de la familia quienes aportan al hogar, las mujeres pasan a un plano de dependencia económica. Según OXFAM, en algunos países se ha registrado un aumento de hasta el 33% en la violencia de pareja en el ultimo año. Esta violencia, acompañada de un sentido de incapacidad económica, resulta en entornos de violencia familiar de los que pocas mujeres pueden salir.

La Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) ha hecho un llamado para repensar los programas sociales y política públicas y encaminarlas no solo hacia una economía del cuidado, sino a una sociedad del cuidado en donde las desigualdades que han estado atentando contra la autonomía de las mujeres puedan ser atendidas desde el Estado en su corresponsabilidad en el bienestar de las familias.

Salvo en los cuidados para la salud, la oferta pública de cuidados es muy limitada. Si bien existe una intención de la administración federal y de legisladoras federales de ir por un Sistema Nacional de Cuidados, habrá que hacerlo desde la consideración de que es responsabilidad del Estado el implementar acciones que compensen la carencia de acceso a seguridad social para las mujeres y que se dé continuidad a programas de guarderías, asistencia social y prestaciones por maternidad. Los sistemas integrales de cuidados tienen el potencial de transformarse en un motor para la recuperación socioeconómica. En este sentido, urge que los cuidados no sean conceptualizados como un gasto social, sino que sean considerados como una inversión y una herramienta que lograría un cambio significativo para todos y todas.

El llamado es a crear nuevas historias fuera de las telenovelas, donde las mujeres sean protagonistas de sus decisiones y dueñas de su tiempo. Narrativas donde las mujeres, al ser las únicas que escriban su propia historia, decidan su lugar en el mundo laboral y que desde donde aporten, sean retribuidas y valoradas como agentes indispensables para la economía. Historias en las que las mujeres, independientemente del espacio que habiten y trabajen, puedan aspirar al tiempo propio y las familias se corresponsabilicen –de la mano del Estado– al cuidado y autocuidado, y que todas ellas lleguen a más mujeres de voz en voz, o ¿por qué no? en nuevas telenovelas más reales y humanas.

* Stephanie Orozco (@fanieorozco) es comunicóloga política feminista por la UNAM, asesora legislativa y activista por los derechos de las mujeres.

** Ilustración por Mariana Acosta (@themarianaac en Twitter, @themarianadraws en Instagram). Artista gráfica mexiquense residiendo en California, EU. Licenciada en Imagen Ejecutiva y Corporativa. Trabaja para representar y reinterpretar la cultura a través de la ilustración y medios digitales.

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