close
Recibe noticias a través de nuestro newsletter
¡Gracias! Desde ahora recibirás un correo diario con las noticias más relevantes.
sync
Un país que silencia la verdad
¿Qué se puede esperar de un país que acalla a quienes pretenden develar la verdad o que es omiso en sancionar a quienes lo hacen? ¿Cómo le podemos exigir a los comunicadores que nos revelen los secretos de los intrincados laberintos del poder cuando está en juego su vida y su seguridad?
Por Paula Cuellar Cuellar
9 de julio, 2019
Comparte

El periodismo no es nada fácil. Aparte de las exigencias propias de formación y capacidad profesional y técnica, conlleva también riesgos para la seguridad personal de quienes lo ejercen. Más aún, cuando se practica en condiciones como las prevalecientes en países donde las reglas del juego democrático no siempre se respetan. Peor cuando la conflictividad social ha alcanzado situaciones límite, donde el pan de cada día es la violación flagrante de los derechos humanos y hasta la guerra interna, aunque no haya sido declarada. Si la persona dedicada a este oficio en esas condiciones intenta ser objetiva y veraz, en la medida de las posibilidades, el peligro es mucho más grande.

En México varios periodistas son sujetos de amenazas, agresiones, atentados e incluso la muerte en circunstancias violentas. Es por eso que el mismo está entre los lugares más peligrosos para ejercer esa labor en América Latina, encontrándose apenas algunos peldaños arriba de Cuba, Venezuela y Honduras (1). Los motivos por los cuales se perpetran tales crímenes y la identidad de los victimarios en muchos casos son desconocidos, ya que en el país casi nunca se juzga, ni se castiga a los responsables materiales de esos delitos, mucho menos a los intelectuales. “De mil 140 investigaciones abiertas en el ámbito federal entre 2010 y 2018 por crímenes contra comunicadores, sólo se han obtenido 10 sentencias condenatorias, lo que se traduce en 99.13 por ciento de impunidad” (2). La inexistencia de un proceso judicial y de una sanción ejemplarizante tanto para los autores materiales como para los intelectuales impide que se tenga un efecto disuasorio para el cometimiento de posteriores crímenes y para la dignificación de la labor periodística. Y es que en el acto del juicio y castigo se pone de manifiesto que no habrá ciudadanos de segunda clase en una sociedad presuntamente democrática.

Esta situación de vulnerabilidad se incrementa para los periodistas que laboran en localidades alejadas de las grandes urbes debido a la precariedad en la que éstos desempeñan sus funciones. En estos lugares, los salarios pueden ser inferiores a los que se pagan en las ciudades más importantes. Además, en algunas ocasiones, a quienes trabajan en estos sitios solo se les paga por nota publicada y no por contrato fijo, lo que les impide a los reporteros contar con un ingreso estable o con prestaciones sociales. Eso ocasiona que, en muchos casos, ellos tengan otro trabajo remunerado que les permita vivir, siendo la labor periodística una actividad complementaria, la cual a veces incluso tienen que costear con sus propios recursos.

Estas condiciones de pauperización de la labor periodística en el interior del país, particularmente el pago de sueldo por nota publicada o la cancelación de una remuneración extra a su sueldo, hace que, en algunos casos, los reporteros decidan exponerse a riesgos adicionales para que sus notas sean portadas o primeras planas. Es así como, en algunas ocasiones, los periodistas terminan naturalizando la violencia y asumiéndola como parte de su labor diaria, sin que se tengan en cuenta que los peligros a los que se ven expuestos puedan ocasionarles graves perjuicios o, en algunos casos, llevarles incluso a perder la vida.

De igual manera, para elaborar sus relatos periodísticos, los reporteros que trabajan en estas zonas recurren a fuentes que generalmente son las personas con las cuales se relacionan día con día y eso los coloca en una situación de mayor riesgo, ya que entre ellas también se encuentran los perpetradores. Y es que en lugares relativamente pequeños todo mundo se conoce, y eso a veces es positivo y a veces es negativo. El pueblo te puede proteger mucho de un ataque por parte de las autoridades o por parte de una fuerza criminal o, al revés, tu vecino puede ser tu enemigo.

En el país, de los nueve periodistas que han sido asesinados desde el inicio del año hasta la fecha, ninguno de ellos radicaba en la Ciudad de México. Más bien, en su mayoría, residían en localidades en las que la visibilidad de su labor no les brindaba la suficiente cobertura para repeler los ataques de los que podían ser sujetos, y solo uno estaba bajo el amparo del Mecanismo Nacional de Protección a Periodistas y Defensores de los Derechos Humanos. Además, algunos de ellos desempeñaba más de algún otro trabajo para sostenerse a sí mismo y a su núcleo familiar, ya que el solo ejercicio de la labor periodística no bastaba para sufragar sus necesidades económicas. Finalmente, en solo tres de esos casos se han detenido a los autores materiales de los delitos cometidos contra los periodistas, más no a los intelectuales, y únicamente en uno de ellos ha existido una condena. Los demás aun esperan que el largo brazo de la ley los alcance algún día (3).

Tomemos de ejemplo el caso de Norma Sarabia, la reportera recientemente ultimada en el estado de Tabasco. Ella vivía en el municipio de Huimanguillo, perteneciente al estado de Tabasco. Pese a ser ésta la ciudad más grande de la región Chontalpa, no es la capital del estado. Norma, además de su trabajo como reportera, se desempeñaba como secretaria en una escuela para costear sus gastos personales y los de su familia. Previo a su asesinato, ella manifestó haber recibido amenazas por su labor periodística y como consecuencia ya no figuraba su nombre en sus notas. Sin embargo, Arturo Gonzáles, secretario del ayuntamiento en Huimanguillo, dijo a la prensa que antes de deslindar responsabilidades en ese caso era necesario investigar “si el asesinato tuvo que ver con su actividad profesional o un acto de venganza relacionado con su vida personal, o las actividades escolares que desempeñaba como profesora en un centro escolar de esa municipalidad” (4).  Tales expresiones constituyen un peligro para la investigación, ya que desvían el foco de atención de la misma de cualquier motivación política, redireccionándola más bien a un plano personal. Además, transcurrido el tiempo, no se tiene aun conocimiento sobre los perpetradores materiales e intelectuales del crimen, ni del móvil del mismo, encontrándose el caso en la absoluta impunidad.

¿Qué se puede esperar entonces de un país que acalla a quiénes pretenden develar la verdad o que es omiso en sancionar a quienes lo hacen? ¿Cómo le podemos exigir a los comunicadores que nos revelen los secretos de los intrincados laberintos del poder a cambio de su vida y su seguridad? ¿Cuánto más nos tomará para indignarnos frente a estos crímenes que socavan profundamente el Estado de derecho? Mientras en México no se resuelvan estos problemas estructurales, desafortunadamente el desarrollo de la labor periodística seguirá constituyendo una profesión de alto riesgo. En tanto el país no rompa con la impunidad que rodea a estos delitos, no se podrá hablar de la existencia de una verdadera democracia. Y es que cuando se silencia a quienes promueven la rendición de cuentas, el ejercicio del poder nunca será totalmente transparente.

* Paula Cuellar Cuellar (@pauscuellar) es investigadora del Instituto Mexicano de Derechos Humanos y Democracia.

 

(1) Cfr. La Redacción. México, el país más peligroso de América para ejercer el periodismo: RSF. Proceso. Disponible aquí (consultado el 21/06/2019).

(2) Emir Olivares Alonso. La impunidad es de 99.13% en delitos contra periodistas. La Jornada. Disponible aquí (consultado el 21/06/2019).

(3)  Cfr. Redacción. Estos son los periodistas asesinados en lo que va de 2019. El Universal. Disponible aquí (consultado el 19/06/2019).

(4) Norma Sarabia había recibido amenazas y ya no firmaba sus notas. Excelsior. Disponible aquí (consultado el 19/06/2019).

Lo que hacemos en Animal Político requiere de periodistas profesionales, trabajo en equipo, mantener diálogo con los lectores y algo muy importante: independencia. Tú puedes ayudarnos a seguir. Sé parte del equipo. Suscríbete a Animal Político, recibe beneficios y apoya el periodismo libre.

#YoSoyAnimal
Comparte
¡Muchas gracias!

Estamos procesando tu membresía, por favor sé paciente, este proceso puede tomar hasta dos minutos.

No cierres esta ventana.