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Usuarias de drogas y acceso a tratamiento en México: entre la violencia y el estigma IV
Un elemento que sobresale en las historias de vida de las mujeres y las y los adolescentes es que su experiencia con las drogas no tiene que ver exclusiva con las sustancias o su consumo, sino con la violencia contra la niñez.
Por Corina Giacomello
25 de febrero, 2020
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—Me trajo mi familia.

¿Querías venir?

—No.

¿Te trajeron a fuerza?

—Me trajeron con mentiras… me dijeron que iban a anexar a otra persona… y me dejaron a mí—señaló Sol.

Sol es una niñai de quince años que, al momento de dar su entrevista,ii se encontraba en un Centro Residencial de Atención de Consumo de Sustancias Psicoactivasiii (de ahora en adelante “centros de tratamiento”); es decir, un espacio cerrado donde se alojan a hombres y mujeres, sean adultos o adolescentes, que usan –o se supone que usan– drogas de forma dependiente. El internamiento es voluntario o involuntario y dura, en la mayoría de los casos, por lo menos tres meses.iv Aunque en ocasiones puede prolongarse por más de un año y traducirse en un lapso indeterminado.

Su testimonio fue recopilado como parte de una investigación que formará parte de un policy brief que EQUIS Justicia para las Mujeres A.C. publicará en las próximas semanas, y cuyos avances han sido publicados progresivamente en este espacio.

En esta ocasión, y en las próximas entregas, reportamos algunos de los principales hallazgos, derivados de las diversas acciones de investigación, pero, sobre todo, de los conocimientos y experiencias de las personas que han dado su entrevista. Entre ellas, cabe destacar la participación de 40 mujeres (36 adultas y 4 adolescentes) que se encontraban en centros de reinserción social o centros de tratamiento de uso dependiente de sustancias psicoactivas en cuatro entidades federativas que, por razones de seguridad de las entrevistadas, no se mencionan. A las voces de las mujeres y adolescentes, cabe sumar las de cuatro hombres adolescentes internados en un centro de tratamiento público.

Los contenidos aquí expuestos se centran en el uso de drogas y su relación con la violencia contra la niñez y la violencia contra las mujeres. Cabe señalar que de ninguna manera nuestra investigación abarca todos los usos de drogas. Tampoco pretende generalizar las experiencias de todas las mujeres y las adolescentes ni las condiciones de los más de dos mil centros residenciales que existen en México. Aun así, contribuye a la visibilización de un tema velado y muestra aspectos relevantes para la generación de políticas públicas centradas en las mujeres, tanto por el lado de las políticas de drogas como por las acciones para la eliminación de la violencia contra las mujeres.

Un elemento que sobresale en las historias de vida de las mujeres y las y los adolescentes es que su experiencia con las drogas no tiene que ver exclusiva con las sustancias o su consumo, sino con la violencia contra la niñez. Golpes, violencia psicológica y física, abuso sexual, abandono: son estos los ejes narrativos que subyacen el deseo, la voluntad y, en ocasiones, la necesidad de hablar de quienes confiaron en nuestro trabajo. Las drogas aparecen como un pivote, un medio de resistencia, una forma de hacer frente a -lejos de sucumbir ante- las expresiones cíclicas de la violencia. El uso de drogas es descrito como una búsqueda de placer, de tapar el dolor, de ser aceptadas, tal como lo narran Paz y Sara, de quienes compartimos un fragmento de su historia de vida:

Cuando yo fumé mariguana fue así como que… (respira profundo) ¿dónde estaba esto que no lo había probado? O sea, para mí fue una salvación, me sentí más segura, fui más social, me integré al grupo y me sentí aceptada, algo que yo no sentía dentro de mi familia. Dejé de sentirme sola, me sentí aceptada, me sentí más grande, no sentí miedo, dejé de sentir muchas de las emociones que antes de tener contacto con drogas estaban conmigo y empiezo a tener contacto con drogas y me siento mejor de lo que me sentí” —Paz.

“La tacha fue lo primero que probé y la mariguana, entonces fue como que me hizo sentir muy muy feliz y después fueron los ácidos y me hicieron sentir como sin ningún problema. Por lo menos en esa etapa, yo siento que las drogas que yo probé me sirvieron para liberarme mucho, fueron muy terapéuticas, el problema fue cuando llegó el cristal en mi vida —Sara.

Cuando aparecen sustancias como el cristal o la heroína, o se desarrolla la dependencia del alcohol, disminuyen los efectos terapéuticos de las sustancias y las actividades cotidianas se vuelven dirigidas a perpetuar el consumo.

Las respuestas institucionales que reciben las mujeres y adolescentes que desarrollan dependencia suelen reproducir los estigmas en contra de las personas que usan drogas, recrudecidos por los estereotipos de género y la creencia que una mujer que usa drogas es un fracaso, una mala madre, una “puta”. Ana, interna en un “anexo” -es decir un centro de tratamiento privado donde prevalecen malos tratos y condiciones de ilegalidad- donde la seguridad está a cargo de un exmilitar que las golpea, relata cómo las trata: “El otro día me agarró del pescuezo, de aquí, porque volví a caer aquí, me dijo que era una basura y que me gustaba andar entre la mierda”.

Por lo anterior, algunos de los elementos que se destacan en las entrevistas y que deben verse traducidos en cambios en las políticas públicas son:

  • Al retratar a las personas que usan drogas como “víctimas de las drogas” se dejan a un lado los múltiples tipos de consumo, las razones para el mismo y, sobre todo, las experiencias primarias de quién consume. Dicho de otra manera, se “personifican las sustancias” y se reducen a un segundo lugar las experiencias de las personas y sus historias de vida.
  • También se potencializa un discurso de sucumbimiento, en lugar de uno de reconocimiento y fortalecimiento de las capacidades de las personas, que niega y reprime la agencia del sujeto para otorgársela a las sustancias.
  • Cuando una persona –hombre, mujer, niña, niño o adolescente– pasa buena parte de su vida escuchando que no vale nada, recibiendo golpes y sufriendo violaciones a sus derechos, la respuesta institucional no puede ser de ulterior sobajamiento; sin embargo, esta parece ser la regla, en la cárcel y en los centros de tratamiento.

El funcionamiento actual de algunos centros de tratamiento no son la única causa que permite, reproduce o recrudece la violencia contra las personas que usan drogas ni la violencia de género contra las niñas y las mujeres, sin embargo, están imbricadas en las estructuras patriarcales que hacen posibles, y a menudo justifican, dichas violaciones. La intersección entre violencia contra la niñez, violencia contra las mujeres y políticas de drogas exige un diálogo entre personas que usan drogas, instituciones gubernamentales y sociedad civil. Dicho diálogo debe tener la capacidad de transformar la manera en la que se entiende el uso de drogas, por un lado, y, por el otro, la determinación de terminar con los abusos.

* Corina Giacomello (@cgiacomello) es consultora de @EquisJusticia.

 

i A lo largo del texto, los términos niñas, niños y niñez se utilizan para hacer referencia a toda persona entre cero y 18 años. Para personas entre los 12 y 18 años se usa también el término adolescentes.

ii Noviembre de 2019.

iii Para más información sobre la oferta y las características de estos centros en México, véase CONADIC, Informe sobre la situación del consumo de drogas en México y su atención integral 2019, 2019. Fecha de consulta: 2 de enero de 2020.

iv Para más información sobre las características de los centros de tratamiento residencial reconocidos por la Comisión Nacional contra las Adicciones, véase los directorios disponibles en la página. Fecha de consulta: 2 de enero de 2020.

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