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Vestir de verde la crisis climática no nos salvará
Vivimos en un mundo finito: hay un número limitado de recursos, de especies y de capacidad de la atmósfera de absorber gases de efecto invernadero (GEI), por lo que asumir que tendremos la capacidad de producir más utilizando menos o que podremos compensar los daños, tiene un límite y estamos muy cerca de alcanzarlo.
Por Claudia Campero y Carlos Tornel
29 de agosto, 2019
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Frecuentemente, la responsabilidad de lo que hoy constituye la crisis climática se atribuye a la falta de acción de varios gobiernos. Está claro que éstos tienen una responsabilidad importante, pero es problemático pensar que las empresas no contribuyen a este desarrollo. La emergencia climática en la que estamos el día de hoy no es sólo la consecuencia de la falta de acciones y compromisos de los gobiernos, es el papel que juegan las grandes empresas trasnacionales y el modelo económico capitalista. En 2017, se reveló que solamente 100 empresas son responsables del 52 % de las emisiones de dióxido de carbono equivalente desde la revolución industrial. Al mismo tiempo, el desarrollo del modelo económico continúa dependiendo de los combustibles fósiles y su extracción. De 2016 a 2018, es decir, después de que el mundo se comprometió a la reducción de emisiones para no rebasar los límites de 2°C y 1.5°C de temperatura a finales del presente siglo, los 33 bancos más grandes del mundo han invertido cerca de 2 billones (trillons en inglés) de dólares en la expansión, producción y desarrollo de la industria fósil.

El papel de las empresas es entonces significativo. Sin embargo, en México esto pasa relativamente desapercibido. Solemos apuntar a la falta de acción del gobierno, pero no a las empresas e industrias que son copartícipes y corresponsables de la crisis en la que nos encontramos. Esta aparente indiferencia se debe en gran parte a que las empresas utilizan una estrategia de marketing para proponer un cambio, que esencialmente reduce e individualiza la responsabilidad al consumidor. Supone que debe ser el consumidor quien elija qué producto -verde o no- consume. Aunque en cierta forma es importante demandar a las empresas el desarrollar productos más limpios, eficientes y menos contaminantes, como consumidores somos constantemente bombardeados de propaganda, incluso para los productos ‘verdes’, los cuales pierden el sentido si se producen en masa y pretenden atender las necesidades de una sociedad que esencialmente no conoce límites en el consumo.

Resulta preocupante la forma en la que las empresas utilizan y ‘venden’ sus estrategias de reducción de emisiones: Por ejemplo, a través de medidas como la eficiencia energética: hacer más con menos energía, o la compra de compensaciones de emisiones: que permite a las empresas seguir contaminando siempre y cuando paguen una compensación. Estos instrumentos, básicamente apuestan a que las empresas reduzcan el impacto asociado con la producción, en los cuales su modelo de negocios no se verá afectado. El problema con estas propuestas es que suponen que el sistema económico es un espacio de producción infinito: siempre y cuando la producción sea más eficiente o tengamos formas de compensar las emisiones que se generen al producir, estaremos bien. Pero vivimos en un mundo finito: hay un número limitado de recursos, de especies y de capacidad de la atmósfera de absorber gases de efecto invernadero (GEI), por lo que asumir que tendremos la capacidad de producir más utilizando menos o que podremos compensar los daños, tiene un límite y estamos muy cerca de alcanzarlo.

Este modelo asume que será posible continuar el crecimiento económico al mismo tiempo que se mantiene la conservación de la naturaleza. Esto no sólo es falso sino que es irresponsable. Durante los últimos 28 años, desde que 192 países se reunieron en la Conferencia de la Tierra en Rio de Janeiro para discutir el Desarrollo Sustentable. La idea de reconciliar estas dos cuestiones ha estado vigente y ha sido, de forma casi universal, la única opción aceptada y promulgada para atender el problema del cambio climático. Sin embargo, este modelo ha fallado: en los últimos 28 años, el consumo energético y las emisiones asociadas se han incrementado en un 48%. En 1992 cuando la crisis se veía manejable, el incremento de la temperatura no había superado los 0.7°C, el día de hoy la temperatura ha aumentado en 1°C; además el número de especies en peligro de extinción es de aproximadamente un millón, y la recurrencia del número de eventos a nivel global en donde se reporta escasez de recursos (como agua y comida), desplazamientos forzados por huracanes, inundaciones o sequías ha aumentado significativamente.

Este modelo se ha probado por 28 años, mismo tiempo en que la población se incrementó en 2 mil millones de personas y en que las desigualdades económicas y sociales se exacerbaron aún más. En la actualidad, el 7% de la población más rica a nivel global es responsable de más de 50% de todas las emisiones acumuladas en la atmósfera, mientras que 50% de la población más pobre de este planeta no es responsable ni del 7% de las emisiones globales. En este mismo periodo de tiempo, las empresas, las élites financieras y cientos de inversionistas han mantenido una constante acumulación de riqueza y capital. Es por esto que la crisis climática es una profundamente injusta y muchas de “las soluciones” propuestas simplemente perpetúan este estado de desigualdad. No es una coincidencia entonces que a pesar de todos los mercados de carbono, de los acuerdos internacionales, de la innovación tecnológica y de todas las acciones que se han invertido para la conservación y el desarrollo sustentable, el único momento en que, a nivel global, se ha registrado una reducción de emisiones ha sido entre 2008 y 2010, años en que hubo una desaceleración del sistema económico mundial debido a la gran recesión.

En otras palabras, el capitalismo no se puede enverdecer. La propuesta de la economía verde parte de la idea de que es posible hacer dos cosas fundamentales: 1) separar o desacoplar el consumo de recursos (y las emisiones de GEI) del crecimiento económico y 2) la asignación adecuada del precio. El desacoplar, es decir, el separar el crecimiento económico del uso de recursos y emisiones, aunque teóricamente posible, ha probado ser sumamente difícil y empíricamente inalcanzable. El uso de los recursos puede ser reducido drásticamente, pero siempre y cuando la demanda global de energía y servicios crezca (que podemos suponer que así será si habrá 9 mil millones de personas en el planeta tierra en 2050), la desacoplación será en el mejor de los casos temporal e insuficiente. Será necesario regresar a explotar más y más recursos. Por su parte, las emisiones de GEI, aunque podrían reducirse poco a poco en un modelo más eficiente, el tiempo que tenemos de acción (menos de 11 años) es tan acotado, que simplemente hacer las cosas más eficientes no será suficiente, además la eficiencia lleva a una reducción de costos y, por ende, a un mayor uso de productos y servicios, que finalmente llevan a más emisiones.

En cuanto a asumir que el cambio climático es un problema de asignación de precio, como continúan haciendo instituciones como el Banco Mundial y algunas organizaciones de la sociedad civil, supone dos problemas fundamentales: a) que todo en la naturaleza es substituible y consumible siempre y cuando paguemos lo suficiente por ello y que, b) el asignar un precio que incorpore el impacto ambiental asociado al producto o servicio será suficiente para compensar o disuadir del impacto. Desde la perspectiva de pensamiento de muchas personas, comunidades y particularmente de pueblos indígenas esto se vuelve un problema ético. ¿Se le puede poner un precio a un bosque, un río, una especie, un ecosistema? Es tanto como ponerle precio a la vida.

La economía verde no es otra cosa que un zombie -un muerto viviente, es decir difunto empíricamente pero que se mantiene vivo al aferrarse a argumentos teóricamente vacíos- del desarrollo sostenible. El reconocer que este modelo no es una alternativa viable, es un primer gran paso. A pesar de ello, algunas organizaciones de la sociedad civil, empresas y gobiernos siguen apostando y creyendo en él como si no hubiese ninguna alternativa y a pesar de que toda la evidencia apunta en su contra. Para estos actores sí es posible alcanzar el desarrollo sustentable y por ende encontrar soluciones ganar-ganar, es decir, soluciones en dónde gane la economía y gane la naturaleza. Este modelo supone que es posible modificar algunas piezas aquí y allá, pero en donde en realidad nada significativo debe cambiar. Es decir, todo puede permanecer constante siempre y cuando hagamos las inversiones adecuadas y desarrollemos las tecnologías suficientes. Esto es falso.

Entonces, ¿qué hacer?

Si usted, como nosotras, se mantiene al corriente de las noticias a nivel global, se dará cuenta que la crisis es real y que, a pesar de que los sucesos parecen manifestarse en zonas lejanas (en el ártico, en los océanos, en la Amazonia o en zonas rurales en Guatemala y Honduras), poco a poco, la crisis se convierte en parte de nuestro día a día: el exceso de sargazo en el mar del caribe mexicano, la pérdida de especies endémicas y la progresiva escasez de agua en varias zonas del país, por mencionar sólo algunos ejemplos, prueban que será sólo una cuestión de tiempo antes de que estos y otros sucesos nos afecten de forma directa a todas y todos . Es por esto que nuestras acciones no pueden quedarse en cambios superficiales, sino que deben ser proporcionales para enfrentar un problema de esta magnitud.

Pero aún así, las acciones que parecen estar a nuestro alcance, suelen ser individuales y sujetas a nuestros hábitos de consumo: reciclemos, seamos más eficientes, utilicemos menos el auto y consumamos productos sustentables. La realidad es que estos cambios no son ni serán suficientes. Es sin duda importante modificar los hábitos individuales para reducir la ‘huella ecológica’ de cada individuo. Sin embargo, un verdadero cambio requiere ir más allá de las acciones responsables del consumo sustentable: requiere del reconocimiento y establecimiento de límites, de la reconstitución de las cadenas productivas para dar prioridad a lo local sobre lo global y de una reestructuración del modelo económico actual. Es decir, las acciones que necesitamos son inherentemente colectivas, solidarias, políticas y locales.

Medidas como el reutilizar o el compartir, propuestas que apuntan a un salario mínimo universal, a la reducción de las horas laborales, el eliminar la propaganda que conlleva consumo y acumulación, la reparación en vez de la substitución de la tecnología, por mencionar algunas acciones son medidas económicas que ofrecen alternativas interesantes. Otras acciones como la agricultura urbana son formas de promover modelos de producción y consumo local, más sanos y sin costos ambientales y humanos asociados al transporte y la producción de residuos. Lo más interesante es que estas acciones están tan a nuestro alcance como el resto. El gran impedimento está entonces en dejarnos seducir por las propuestas que se nos presentan como ‘verdes’ y como una salida fácil, en donde esencialmente nuestro modo de vida no tendrá que cambiar, el consumo desmedido puede continuar, sólo con algunas modificaciones aquí y allá. Para nosotras, la capacidad de imaginar algo diferente, de organizarnos colectivamente y de demandarlo es una opción más efectiva.

Ante esto, en todo el mundo se está convocando a una Semana de Acción Global por el Futuro. Consideramos que es una oportunidad para pensar en los límites planetarios y a organizarnos de mejor forma para detener el cambio climático, la depredación de la naturaleza y los ecosistemas, y para procurar un futuro a las siguientes generaciones. El próximo 20 de septiembre inicia esta semana global del movimiento de jóvenes y estudiantes liderado por Greta Thunberg, lo que esperamos sea una movilización masiva de estudiantes y ciudadanas y ciudadanos preocupados para actuar frente al cambio climático. México, no será la excepción. Nos vemos en la calle, en donde muchas de estas propuestas cobran vida con la frase que los movimientos por la justicia climática han acuñado desde hace algún tiempo: “Cambiemos el sistema, no el clima”.

* Claudia Campero (@claucampero) es geógrafa y ambientalista. Carlos Tornel es Profesor asociado al Departamento de Estudios de Sustentabilidad de la Universidad Iberoamericana, Ciudad de México.

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