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Voz de los Desaparecidos en Puebla: del plantón a una ley que no es para las familias
Tras 42 días de plantón, el Congreso de Puebla aprobó una ley que desde el nombre invisibiliza la problemática de desaparición en el estado, no contempla la creación de un fondo estatal para que la ley se aplique, no reconoce derechos básicos de las víctimas directas e indirectas, ni incorpora pautas forenses de carácter multidisciplinario para la identificación humana.
Por Raquel Maroño Vazquez
3 de septiembre, 2021
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Hoy en la ciudad de Puebla hay muchas personas que siguen pensando que el plantón de la 3 poniente del centro histórico era de antorchistas, motivado por algún partido político, o tal vez que era de familiares de personas desaparecidas, todas ellas criminales. Lo cierto es que por 45 días las valientes familias del colectivo Voz de los Desaparecidos en Puebla, motivadas por el amor a sus familiares desaparecidos, detuvieron sus vidas para plantarse en la calle y exigir la aprobación de la Ley Local que por derecho les correspondía.

Sobre cómo el colectivo llegó a habitar la 3 Poniente

Contemplar un plantón como transeúnte suele generar muchas dudas, principalmente ¿qué hacen esas personas ahí?, ¿qué estarán pidiendo? Pero si algo puedo asegurar, es que sin importar la causa del plantón, tomar la calle es la última medida de una serie de acciones desesperadas ante un Estado sordo e indolente, y justamente ese fue el caso del plantón de la 3 Poniente.

El 15 de junio de 2020, el colectivo Voz de los Desaparecidos en Puebla presentó al Congreso del Estado la propuesta de ley local en materia de desaparición de personas. El Congreso dijo que sería su prioridad aprobar la ley, pero para 2021 todavía no se había discutido su aprobación en el pleno, ni tenían agendada dicha discusión. Por ello desde marzo de este año los familiares del colectivo comenzaron con acciones para presionar al Congreso y para recordarles que ellas y ellos seguían ahí, esperando una respuesta.

A finales de marzo lanzaron una petición pidiendo la aprobación de la Ley y recolectaron más de 6,000 mil firmas de la ciudadanía solidaria. En abril el colectivo intervino el muro que rodeaba las remodelaciones del Zócalo de Puebla, con fichas de búsqueda, un rótulo en el que se leía “Ley de Desaparición Ya” y un mural con rostros de víctimas indirectas de desaparición como las infancias o los adultos mayores en búsqueda. Posteriormente el 10 y 13 de mayo, con el respaldo de la Universidad Iberoamericana Puebla, el colectivo presentó dos juicios de amparo contra la omisión del Congreso local para legislar en materia de desaparición forzada, los cuales fueron desestimados.

Y se llegó el día. El jueves 15 de julio de 2021 fue la última sesión del periodo ordinario del Congreso actual de Puebla y no se discutió ni aprobó la Ley Local de Desaparición. Las familias exigieron una respuesta puesto que las y los diputados habían tenido tiempo suficiente para revisar la ley y en cambio, se iban directo a sus vacaciones sin haber pensado en las personas desaparecidas del estado ni en los familiares que llevan meses y años esperando su regreso.

Se hicieron promesas vacías, se dieron discursos políticos y se les pidió a los familiares que tuvieran paciencia, como si no fueran vidas en pausa, como si no fueran hijos e hijas lejos de casa de quienes hablábamos. Y así, el colectivo decidió no moverse de esa calle, en la parte posterior del Congreso, por exactamente 45 días hasta que se aprobó la Ley que las y los diputados les debían.

Ese jueves llovió muy fuerte mientras las familias instalaban las casas de campaña que las feministas solidarias les habían llevado, y esa noche las mujeres y hombres del colectivo Voz de los Desaparecidos en Puebla durmieron por primera vez en su plantón con los calcetines y la ropa mojada.

Los primeros días María Luisa, vocera del colectivo, recibía a las personas con un caluroso: “Bienvenidas a su plantón”, haciendo alusión a la palabra cantón que en México significa casa.

¿Cómo se construye una casa en medio de la calle? 

Para construir una se necesita un techo, que en este caso fueron tres carpas prestadas que no eran suficiente para los días de lluvia, por lo que se reforzaron con lonas y plástico. También se necesitan cuartos y camas: casas de campaña, cartón, hule-espuma, sacos de dormir y decenas de cobijas. Por paredes, las lonas con los rostros de todas las personas desaparecidas que componen el Colectivo; por comedor, unas mesas plegables y muchas sillas; por cocina, un anafre y una despensa, y por baño… las casas cercanas de amigos, un hotel a una calle que cobraba 10 pesos, las instalaciones del Sears, o si todo eso fallaba, una cubeta para las largas noches de guardia.

Por último, se necesita una familia que la habite. Esta la conformaron decenas de familiares de personas desaparecidas: madres, padres, hermanas, hermanos, tías, abuelos y abuelas, hijos e hijas, sobrinas y sobrinos. Rubí, la más pequeña de 3 años de edad, hasta la señora Minita de más de 70. Con sus voces y su presencia, el plantón cobró la calidez de un hogar, la carpa se llenó de risas, del olor de deliciosos platillos, de confidencias, desacuerdos y conflictos que después fueron resueltos como se resuelven las cosas entre hermanos y hermanas; y a veces, también se llenó de lágrimas que encontraron un lugar seguro en el cual verterse, porque ante cada dolor, había abrazos y comprensión por parte de aquellos que viven la misma pesadilla.

Y cómo no decirlo, el plantón a veces se llenó también de miedo, por las alarmas de los negocios vecinos que se activaban de madrugada para ahuyentar a los familiares del colectivo; por los golpes nocturnos del guardia que custodiaba el interior del Congreso; por los 20 motociclistas que pasaron de madrugada por la acera y que con el ruido de sus motores parecía que arrollarían las casas de campaña y a sus ocupantes con ellas; por los hombres que de noche tomaban fotos del plantón y de los familiares; y por las personas intoxicadas de alcohol o de locura que rondan las calles del centro y que a veces se acercaban al plantón a robar, a molestar o simplemente a platicar. Al final de cuentas, hacer un plantón implica poner el cuerpo en el espacio público, un cuerpo digno que reclama justicia, que exige una ley que por derecho merece, pero también un cuerpo vulnerable, expuesto de día y de noche, protegido por paredes de lona y por el amor y cuidado de los demás cuerpos que forman una familia.

La calle, otra vez vacía, y Puebla con una ley, pero no para las familias

Una semana después de haber instalado el plantón, algunos familiares del colectivo acudieron al Palacio Nacional en la Ciudad de México para hacerle llegar al presidente Andrés Manuel López Obrador su pliego petitorio, respecto a la iniciativa de Ley que el Congreso poblano estaba frenando. Extendieron su mensaje a un periodista que pudiera entrar a la conferencia mañanera y siete días después vieron al presidente escuchar su demanda y al subsecretario de derechos humanos, Alejandro Encinas, decir que ese mismo día iría a Puebla a tratar el tema con el gobernador Miguel Barbosa y con las familias del colectivo.

Entre las presiones mediáticas, el plantón y el mensaje en Palacio Nacional, el Congreso del Estado de Puebla realizó la sesión extraordinaria que los familiares exigían y el miércoles 25 de agosto, tras 42 días de plantón, las y los diputados aprobaron una ley que desde el nombre invisibiliza la problemática de desaparición en el estado, que no contempla la creación de un fondo estatal para que la ley se aplique, “ni garantiza la mayor protección respecto al derecho de participación de las familias; no reconoce derechos básicos de las víctimas directas e indirectas, ni incorpora pautas forenses de carácter multidisciplinario para la identificación humana”1. Y se sintió como una victoria a medias.

El sábado 28 de agosto, tras una comida familiar con el colectivo y las personas solidarias que les acompañaron, la casa de la calle de la 3 poniente fue empacada en algunos coches. Los familiares no se arrepienten de nada, con su esfuerzo, su perseverancia y su digna rabia lograron la aprobación de la ley, una ley incompleta por la que seguirán luchando. Saben que contar con ella les facilitará los procesos de búsqueda e investigación de sus casos, pero reconocen que el mayor beneficio de tener una ley en el estado será para los casos de desaparición que, lamentablemente, seguirán ocurriendo en el futuro. Todo este esfuerzo, cansancio y dolor ha sido por la ciudadanía, esa que muchas veces indolente o ignorante de la situación fue cruel y grosera con los familiares del plantón, pero también para esa otra ciudadanía solidaria y empática que se acercó a apoyar con comida y víveres, con palabras de aliento, con escucha, con talleres, con tiempo y genuino cariño.

Los sentimientos de dejar el plantón son agridulces, los familiares dichosos con sus logros saben que la mayor victoria fue la de encontrarse, conocerse más allá de las marchas y los eventos, fortaleciendo sus relaciones al compartir las comidas, las risas, las pláticas de madrugada, las bromas y también los acontecimientos propios de la vida cotidiana.

La calle nuevamente vacía, los familiares regresan poco a poco a sus casas, sabiendo que volverán a encontrarse en unos días, que la lucha sigue y todavía queda mucho por hacer. La próxima vez que caminemos por la calle 3 poniente del centro histórico recordaremos con una mezcla de sentimientos los días en el plantón: una causa terrible y dolorosa nos unió bajo esas carpas, pero salimos de ellas fortalecidas, victoriosas y menos solas y solos que antes.

* Raquel Maroño Vazquez es integrante del Instituto Mexicano de Derechos Humanos y Democracia (@IMDHyD) y acompañante solidaria del colectivo Voz de los Desaparecidos en Puebla.

 

 

1  Martínez, B. (24 de agosto de 2021). Sin fondos estatales, aprueban Ley de Búsqueda de Personas en Puebla. El Sol de Puebla.

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