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Yo sí denuncié a mi acosador y no pasó nada
Mi denuncia judicial no prosperó. Más allá de las medidas cautelares, nada sucedió. Me hicieron peritajes, me pidieron pruebas, me dijeron que no había evidencias más allá de las amenazas.
Por Ana Ávila
29 de marzo, 2019
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Por: Ana Ávila (@anaavilamexico)

 

A las mujeres de la camioneta blanca

 

A todas las mujeres que habíamos denunciado a nuestras exparejas nos subieron a una camioneta blanca y nos llevaron de la Procuraduría hasta los juzgados del Reclusorio Norte, para conocer la resolución del juez sobre nuestra solicitud de medidas cautelares.

A las que la respuesta nos fue favorable, nos tocó subir de nueva cuenta a la camioneta blanca. Al volante iba un chofer/policía judicial y, a su lado, el abogado de oficio. Nos explicaron que teníamos que encontrar a cada uno de los agresores y entregarles la notificación de que no podían acercarse a nosotras.

El plan era que nosotras nos quedáramos en la camioneta a una distancia razonable. Al volante estaría el chofer/policía judicial por si las dudas. El abogado se bajaría a entregar las medidas cautelares al hombre agresor. Éramos unas seis mujeres, así que nos llevó todo el día.

Entre el miedo y los nervios recorrimos domicilios y lugares de trabajo. Algunos hombres gritaban, otros amenazaban, las mujeres de la camioneta nos apretábamos las manos, sudábamos.

Llegó mi turno. Los dientes me rechinaban como si estuviéramos en una tormenta de invierno. Tiritaba en pleno verano. El abogado subió a su oficina. Yo, en la camioneta, empezaba a desarrollar mi ya clásico ataque de pánico. Respiraba profundo tratando de contenerlo. Él aceptó la orden de restricción. Se asomó al balcón y miró directo a la camioneta blanca, con todo y vidrios polarizados, sentí que podía verme y bajaría a gritarme.

El abogado de oficio salió triunfante. Yo solo quería que el policía pisara el acelerador y no volver más.

Así terminó mi relación con este periodista, escritor de más de una decena de libros y profesional reconocido por su trayectoria intachable. Pero el problema no era la vida pública, sino la que sucedía en el espacio privado.

Recuerdo que en la audiencia con el juez, él decía que mi único propósito era desprestigiarlo al tiempo que sacaba diplomas y reconocimientos. Yo respondí que lo que quería era que se fuera de mi vida y me dejara en paz. Y esa era la verdad. Mi papá tenía unos días de haber muerto y yo le supliqué que me diera una tregua mientras lo enterraba, pero me dijo que no.

Como buen escritor, me mandaba unos correos terroríficos con una prosa perfecta. Le gustaba decirme que era una mujer infértil, una tierra muerta incapaz de producir nada, de dar nada. Sus palabras eran precisas como golpes en seco.

Me decía que tenía dobles y triples vidas. Yo no entendía. Nunca creía en mi palabra, pero sí se creaba una realidades alternas que lo lastimaban y me lastimaban. Me aisló de mis amigos y amigas, logró que mi única persona de confianza fuera él y, en ese momento, empezó el maltrato, la violencia psicológica.

Al inicio de mi relación con él, otro periodista me mandó un correo para advertirme. No era mi amigo, pero sintió que debía decirme. Ahora se lo agradezco, en ese momento, no le creí. En su correo me decía que mi entonces pareja le había aventado el coche a su ex esposa. Me parecía increíble. Ahora entiendo por qué su hijo mayor lo odiaba. Hasta el último día que lo vi, el joven no le hablaba.

Decidí denunciar luego de dos situaciones. Primero, cuando en uno de los correos me decía que “tomaría medidas” sobre mi hija y, segundo, después de que una noche no dejó de acosarnos, a mi niña y a mi, mientras estaba borracho (también es un enfermo alcohólico).

Yo soy de las que puso en Twitter su denuncia. Lo hice después de que vi otro testimonio contra el mismo periodista. Pensé que debía sumarme a ella, acompañarla y acompañarnos. Lo hice sin poner mi nombre porque mis ataques de pánico eran fuertes y los superé hace no mucho.

Recuerdo que, en una ocasión, me mandaron al Club de Periodistas a cubrir no se qué presentación. Cuando llegué, lo vi de lejos. Estaba parado en el quicio de la entrada al patio central. Se me paralizaron las piernas. De verdad no me funcionaban. Me recargué en una mesa. Le llamé a mi psicóloga y estuvimos hablando hasta que contuve otro ataque de pánico.Tardé en reponerme, pero logré pasar por donde él estaba y decir, buenos días.

Mi denuncia judicial no prosperó. Más allá de las medidas cautelares, nada sucedió. Me hicieron peritajes, me pidieron pruebas, me dijeron que no había evidencias más allá de las amenazas. En el peritaje no había daño psicológico, entonces se descartó también como prueba. Claro que no lo iba a haber, yo denuncié y corrí por mi vida antes de que hubiera daños. No quise dar mi nombre en Twitter porque ahora mismo, mientras escribo, me pregunto si despertaré su ira, si por fin materializará las amenazas, qué tal si va a buscar a mi hija o hijos al colegio.

Aquí, mientras escribo, mientras los escucho dormir, mientras pienso en mi seguridad, sí estoy sola. Mañana que vaya al metro de noche también lo estaré. Ya veremos si hablar en voz alta tiene consecuencias.

 

Ana Avila es periodista y subdirectora de Newsweek México. También es víctima de acoso y violencia.
Su testimonio se suma a otros que motivan a que mujeres de este mismo grupo editorial alcemos la voz y exijamos un fin a la violencia.  

Nosotras le creemos a Ana y le creemos a las víctimas. También creemos en la necesidad de un protocolo, en el que trabajaremos desde ya, para prevenir cualquier situación que pudiera presentarse en una redacción en crecimiento. 

Esta es otra de las denuncias que acumulamos y que contaremos en este mismo espacio en los siguientes días. 

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