La poesía como refugio

Siempre me he sentido heredera del sentimiento de desamparo de mi familia y de esa sensación de que para muchos de ellos México no era sólo un hogar sino un auténtico refugio, porque la gente que lo busca y tiene que abandonar todo, incluso parte de su familia y de su identidad, lidia también toda su vida con la sensación de una gran pérdida.

Por: Alicia García Bergua 

Pertenezco a una familia que llegó a México después de muchas vicisitudes a causa de la guerra civil española. Escuché toda mi infancia y mi adolescencia cómo mis padres, abuelos y tíos se referían a sí mismos y a sus semejantes como refugiados, curiosamente no como exiliados porque de esa palabra se deduce un grado de voluntad, que muchos no tuvieron porque además llegaron aquí de niños o de muy jóvenes con sus padres. Siempre me he sentido heredera de su sentimiento de desamparo y de esa sensación de que para muchos de ellos México no era sólo un hogar sino un auténtico refugio, porque la gente que lo busca y tiene que abandonar todo, incluso parte de su familia y de su identidad, lidia también toda su vida con la sensación de una gran pérdida. Y creo que una manera de aliviarla y restituirla es arraigarse a un lugar realizando obras de toda índole. No obstante quiero hablar aquí de las obras artísticas y en particular de la poesía porque por ser hija de Emilio García Riera –quien se hizo cada vez más mexicano al grado de escribir la historia documental del cine de este país–, siempre estuve en contacto con esa parte del exilio que eran sobre todo intelectuales: escritores, cineastas y pintores.

En mi niñez y hasta mi adolescencia, en 1968 para ser exactos, pervivió en mí esta sensación de que México era el refugio que mi familia había encontrado, y a partir de esa fecha en la que paradójicamente me dieron una carta de nacionalidad mexicana por ser hija de extranjeros, me sentí mexicana pero siempre con la sensación de que tenía que hacer algo para ganármelo, como si en mí no pudiera ser un estado del todo natural. Siempre cargué con esa sensación de pérdida que sobre todo tenía mi madre que llegó de veinte años a México. Incluso heredé sus sueños de estar extraviada en una ciudad de México cuya mitad era Madrid. Eso también me llevó a sentir mucha proximidad con dos poetas muy amigos de mi padre, Jomi García Ascot y Tomás Segovia, quienes por una parte adoptaron una actitud vital totalmente cosmopolita, Tomás al grado de sentirse nómada, pero cuya obra poética está coloreada con ese sentimiento de evanescencia y desamparo que implica el exilio.

Jomi García Ascot en su poema “Dos infancias” habla precisamente de haber vivido la infancia sombría y mortal del exilio, y la luminosa del encuentro con otra tierra, en su caso el Caribe. El poema dice así:

Ambas infancias vuelven ya despacio o de golpe.

Una cuando el Caribe, lágrimas en los ojos de recibir el sol a bofetadas

el querido calor zumbando los oídos

y por el cielo azul las mismas velas blancas

sobre piedra de siesta cal y canto.

Otra, cuando los cielos grises y esa gota de frío

entre un sabor a lana y hojas quemadas

y el peso de la tarde en mis espaldas.

Una infancia es de vida

y a ella le debo el cuerpo y su alegría

los goces del espacio, del agua y de la sal

y el gusto por el cuerpo de la mujer y su alegría.

Otra infancia es de muerte, de conocer el tiempo.

A ella le debo la pérdida, el silencio

y reconocer en los ojos ajenos

el temblor del hermano.

Y quizás también –cómo alargar la mano por la sombra–

casi todos mis poemas.

Es precisamente por la pérdida que se alarga la mano por la sombra, como dice el poeta, y que se adquiere un sentimiento del paso inevitable del tiempo, de nostalgia y del gran valor de cada una de las vivencias por dolorosas que sean.

De la poesía de Tomás Segovia escribí en un ensayo que le dediqué que era antípoda de la de Antonio Machado, en el sentido de que en la poesía de este último –que salió al exilio pero no lo sobrevivió– hay siempre una naturalidad al vincularse con el mundo, con sus vivencias y sentimientos. En sus poemas entra de lleno en su memoria como un fantasma y la hace presente, por ejemplo en este:

Es una hermosa noche de verano.

Tienen las altas casas

abiertos los balcones

del viejo pueblo y la anchurosa plaza.

En el amplio rectángulo desierto,

bancos de piedra evónimos y acacias

simétricos dibujan

sus negras sombras en la arena blanca.

En el cenit la luna y en la torre

la esfera del reloj iluminada.

Yo en este viejo pueblo paseando solo

como un fantasma.

En cambio en la poesía de Tomás Segovia no hay una relación tan directa con la vida, la memoria y el paisaje, hay un buscarse constantemente en un camino hecho de lenguaje por el que pasan todos además, no es un camino propio ni inaugurado por él. Es una poesía que parte de ese extravío que implicó el exilio, y que de alguna manera lo obliga a buscarse y a reconstruirse por siempre en un lenguaje que es un largo camino ya trazado, el camino de la humanidad. Dice en una parte de “Cantata a solas”

Piensa pues

Deportado

Piensa despacio consumiendo el tiempo

Haz del paso del tiempo el cuerpo de tu idea

Mira el rostro de tiempo de tu vida

Mírate cómo vas por el lenguaje

Navegando subido en la materia

Pacientemente hablando con su estela

Ni eterna ni instantánea

Que hierve sobre un móvil tiempo humano.

Quien no ha tenido que irse de un lugar y ha vivido siempre con una misma conciencia en él, no tiene esta necesidad de verse transcurrir por el lenguaje, como es el caso de Tomás Segovia y de otros poetas como el mexicano Gilberto Owen que se fue de México y quien al final de su existencia en Colombia escribe una bitácora de su vida: “Sindbad el varado”, para verse transcurrir en el lenguaje, para descubrir que la poesía nunca lo abandona a uno, que está en uno porque está en todas partes:

Y hallar al fin, exangüe y desolado,

descubrir que es en mí donde tu estabas,

porque tú estás en todas partes

y no sólo en el cielo

donde yo te he buscado

que eres tú, que no yo, tuya y no mía,

la voz que se desangra por mis llagas.

Yo extrañamente siendo mexicana y sintiéndome como poeta parte de esta tradición, heredé por mi familia este impulso de reconstruirme y verme en el lenguaje, como en este poema de mi libro La anchura de la calle que trata del exilio familiar como algo que también está dentro de mí:

Hoy naceré de nuevo,

me perderé para poder ser yo

sin el remordimiento

de no haber regresado

a un lugar en el que nunca estuve.

Podré parar y establecerme,

olvidar y borrar lo inevitable,

dejar de pensar como los exiliados

en los mundos posibles.

Las palabras surgirán del silencio,

ya no hablarán de más, no dirán nada,

que no pueda tocar con mi experiencia

o abarcar con mi extrañeza.

 

@SinFronteras_1

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