19 de septiembre: no creí volver a vivirlo

Sinceramente espero que el terremoto social sea lo que venga por delante, que esto no pare, que se hagan virales los grupos con muchas propuestas para garantizar que este tipo de tragedias no vuelvan a pasar.

¿Quién podría apostar a la ocurrencia de un terremoto exactamente el mismo día de aquel ya borroso 19 de septiembre de 1985? La verdad, nadie; no lo imaginábamos ni en el peor de nuestros escenarios sísmicos. Sin embargo, apenas unos 12 días antes habíamos tenido un recordatorio de que la tierra sigue moviéndose y de que nunca sabemos cuándo vendrá el próximo gran terremoto. Esa vibración que nos hace sentir calambres en las piernas, un nudo en el estómago que tenemos desde aquella mañana de septiembre.

Desde entonces todos los 19 de septiembre me doy tiempo para un pequeño homenaje, una pausa para recordar ese día, ese sismo, esa sensación, y todo lo que vivimos después. Yo tenía 10 años y recuerdo esos dos minutos como ayer. Nunca volvimos a ser los mismos, nunca vimos una lámpara igual, un edificio igual, un elevador o escalera igual. Los simulacros de sismos se volvieron parte de nuestro vida cotidiana, y sin embargo muchas cosas positivas surgieron de ese movimiento social que brotó del movimiento de la tierra (al público joven recomiendo mucho este libro).

Así, el pasado 19 de septiembre a las 13:14 horas me dirigía a mi oficina en la Roma Sur. Circulaba desde el sur sobre Av. Universidad, estaba parado en el cruce con Félix Cuevas (donde está el Metro Zapata) y con la luz roja inició un vaivén desde lo más profundo del subsuelo. Muy rápido nos quedó claro que no era un sismo de los normales. Las expresiones de miedo de la gente lo delataba: “Está muy fuerte, está durando mucho, ¡¿qué pasa?!”.

Las personas saliendo a las calles, los postes de luz como limpiadores, el miedo y asombro en los rostros, los autos subíamos y bajábamos como en esa imagen de las trajineras en Xochimilco. El suelo era eso, olas que subían y bajaban, nuestros pies estaban sobre una superficie acuosa. Se sentía como ir sorteando esas ondas que se expanden cuando uno arroja una piedra en un estanque.

Traté de llegar a la Roma pero el caos vial, las patrullas, las personas en las calles, en pocos minutos fueron cerrando calles y desviándonos por donde se podía. Llegué hasta Gabriel Mancera y San Borja y me estacioné (en la clínica del IMSS había pacientes en la banqueta todavía). Aún no veía nada grave pero intuía que más adelante la situación se tornaría complicada.

No había llamadas pero el WhatsApp nos permitía mantenernos en una suerte de comunicación intermitente con amigos, colegas y familia. Solo alcancé a conocer que en la Roma se había sentido muy fuerte y ya, no supe más.

Al llegar a Eje 5 y López Cotilla una chica platicaba con otras cuatro personas y escuché que un edificio a la vuelta se había caído, la seguí y en ese momento, y con esa imagen frente a mí todo el septiembre de 1985 se me vino de golpe, me quedé varios minutos sin moverme, solo viendo el edificio en ruinas, completamente derribado, y uno más a media cuadra, y al parecer otro más allá que no alcanzaba a ver bien. Era la esquina de Gabriel Mancera y Escocia.

En un momento en el que se pedía silencio para tratar de escuchar a las personas atrapadas en los escombros. // Foto: Rodrigo Elizarrarás.

En esos instantes inició un gran movimiento de almas que empezaron a ayudar como dios-les-dio-a-entender, que no dudaron un minuto en cargar piedras, armar filas, traer agua, víveres, armar centros de acopio, dejar pasar a la primeras ambulancias y bomberos, traer lo que se necesitaba (botes, cascos, mascarillas, guantes, picos, palas, etc.), apoyar en toda labor que se fue haciendo necesaria conforme los minutos fueron avanzando…. Todo lo que ya sabemos empezaba a formarse cerca de las 2 de la tarde de ese martes negro, y poco a poco nos fuimos enterando en voz de las personas en la calle del resto de lugares siniestrados: Rébsamen, Álvaro Obregón, Amsterdam, Petén, Tlalpan, otro Rébsamen, Lindavista, Xochimilco, pero también era Puebla, Morelos, Oaxaca, Chiapas. Medio país en estado de emergencia.

Es cuando voy llegando al edificio derruido, todavía no hay bomberos, ni protección civil, ni ambulancias, ni ejército; los que están son vecinos, personas que pasaban y los trabajadores de las obras aledañas que se unieron a ayudar. Eran los más equipados y más profesionales en esos primeros minutos. // Foto: Rodrigo Elizarrarás.

Sinceramente espero que el terremoto social sea lo que venga por delante, que esto no pare, que se hagan virales los grupos con muchas propuestas para garantizar que este tipo de tragedias no vuelvan a pasar, que se revisen bien las obras futuras y los edificios dañados, que se atienda a las víctimas e inicie una reconstrucción más ordenada, que se modifique el presupuesto para que se canalicen recursos necesarios para la reconstrucción y apoyo de víctimas, que se genere un cisma en el sistema y financiamiento de los partidos, que se provoque un cambio de actitud en los gobiernos (así en plural), que la gente no pierda el entusiasmo por trabajar colectivamente y simplemente se traslade a otras arenas, a otros espacios, a otros debates, a otros temas. Queda en nosotros mantener este momentum y en esos jóvenes que se volcaron a mostrar que pueden estar más presentes de lo que creíamos.

En fin, como bien escribió Octavio Paz en 1985: “ …los temblores del 19 y 20 de septiembre nos han redescubierto un pueblo que parecía oculto por los fracasos de los últimos años y por la erosión moral de nuestras élites. Un pueblo paciente, pobre, solidario, tenaz, realmente democrático y sabio…”. El texto vale mucho la pena, lo dejo para su lectura.

Lo que sigue nos tomará todavía varios meses, no debemos claudicar. Esto apenas empieza.

Abrazo solidario.

 

@rodaxiando

Close
Comentarios