Ganaron los balazos sobre los abrazos

El Plan Nacional de Seguridad y Paz tiene algunos aciertos y quizá un par de apuestas importantes y valientes, pero comete graves errores que habrán de costar mucho al país. El peor de ellos es dar la espalda a la policía como entidad principal para garantizar la seguridad de los ciudadanos en un estado democrático y buscar la fortaleza de ésta y su blindaje ante el crimen organizado.

La violencia cada día está más cerca de todos. Recientemente tocó las puertas del Congreso y hace poco más de un mes también lo viví de cerca con amigos y colegas. Apenas la semana pasada la nueva víctima fue un pariente cercano. Así, las frías cifras de homicidios van tomando el rostro de conocidos y amigos, y se siguen rompiendo los máximos históricos mes a mes. Mientras tanto, Peña Nieto se regocija en el periodo de inutilidad presidencial más largo del que yo tenga memoria, y el Presidente electo nos da la sorpresa de que aquello de los abrazos era solo una buena puntada de campaña.

Tras varios retrasos en el tan esperado anuncio del “Plan Nacional de Seguridad y Paz” de Andrés Manuel López Obrador, finalmente la semana pasada se dio a conocer el documento que presenta los principales puntos del plan y que serán las líneas estratégicas para guiar el Programa de Seguridad y Justicia del próximo gobierno. En términos muy generales y superficiales, el documento en sí mismo me parece bastante mediocre, y las propuestas por su parte no están lejos del sello del próximo sexenio: la polémica.

Como sabemos este plan da un lugar especial al combate de la corrupción, garantizar el empleo y combatir la pobreza (vaya a saber qué relación vieron entre violencia y falta de empleo pero es parte de su diagnóstico), respeto y promoción de los derechos humanos (más complicado con el ejército formalizado y legalizado en las calles), la regeneración ética de la sociedad (no tengo ni idea de cómo se logre esto pero dudo que con una Constitución Moral se resuelva), entre otras ocho propuestas para construir la paz, regenerar el espíritu y combatir las drogas desde una perspectiva “diferente”.

Poco a poco podríamos ir analizando cada uno de los las propuestas de dicho documento, pero sin duda, el tema medular de la polémica del nuevo Plan de Seguridad es la “sorpresa” de crear la Guardia Nacional (previamente desechada) y colocarla administrativamente bajo el mando de la Sedena. Entiendo perfectamente la lógica y quizá hasta el por qué de este diseño institucional, pero eso no significa que sea una buena idea y que ese deba ser el paradigma de seguridad que debamos aspirar como país que está en “vías de pacificación”.

Me preocupa especialmente la confusión que se percibe entre el equipo de asesores de seguridad del próximo gobierno y la forma en que terminan por aglutinar una mezcla de temas progres (legalizar las drogas) con medidas reaccionarias (Guardia Nacional militarizada) y algunos otros un tanto holísticos (como la regeneración ética de la sociedad), todo bajo el paraguas de la estrategia de seguridad. No todo lo que está conceptualizado en ese documento abona a combatir la inseguridad del país, y en algunos casos sería recomendable mostrar cómo se dieron esos saltos cuánticos causales para que algunos temas formaran parte del mismo diagnóstico.

Pero lo más preocupante me parece que son los grandes ausentes en este Plan Nacional de Paz y Seguridad y que creo que son los ingredientes centrales del tema: las policías (en todas sus presentaciones), la procuración de justicia (los MP´s y procuradurías) y la justicia (es decir, los jueces). Es realmente preocupante que el documento rector estratégico del plan de gobierno del próximo sexenio carezca de propuesta clara en estos TRES pilares fundamentales del tema.

En fin, la confusión conceptual se percibe desde el diagnóstico, desde la falta de claridad sobre las propias definiciones (y funciones) de lo que es seguridad nacional, seguridad pública, policía, fuerzas armadas, cuerpos de seguridad, seguridad preventiva, inteligencia civil, inteligencia militar, y toda una serie de conceptos que a estas alturas tenemos muy confundidos (por sus usos y abusos) en este país.

Así las cosas, tenemos un plan sin ton ni son, medio improvisado, que va del centralismo armado a la búsqueda de la legalización de las drogas porque “Las prohibiciones actuales son tan discrecionales y arbitrarias que se aplican a la cocaína, mariguana, la heroína, las metanfetaminas y el ácido lisérgico, pero no afectan la producción y comercialización del alcohol, el tabaco, las bebidas con contenido de taurina y la cafeína ni al libre consumo de ciertos antidepresivos y somníferos” (página 8 del documento, sin comentarios), pero sin duda algo que queda muy claro y que se puede percibir en todo el documento es el tufo de corrupción, ineficacia y falta de disciplina que estos últimos seis años dejaron a la Policía Federal, dentro de la Comisión Nacional de Seguridad (en Segob) que le dieron la claridad y certeza necesaria al equipo de transición, ayudado de algunas opiniones militares, para dar fin a los mandos civiles en los cuerpos de Policía Federales.

Sin duda el Plan de Seguridad tiene algunos aciertos, no hay que negarlo, y quizá un par de apuestas importantes y valientes, pero comete graves errores que habrán de costar mucho al país. El peor de ellos es dar la espalda a la policía como entidad principal para garantizar la seguridad de los ciudadanos en un estado democrático y buscar la fortaleza de ésta y su blindaje ante el crimen organizado. Se apuesta por un nuevo Frankenstein que no sabemos cómo vaya a resultar; se confunde nuevamente la seguridad pública, con la seguridad nacional, las funciones de policía con las de los cuerpos armados y se busca que todo quepa dentro de un nuevo traje a la medida (acomodar la Constitución al traje nuevo es lo de menos).

El tema seguirá dando para el análisis y la reflexión. Desde mi visión, el propio AMLO se traiciona a sí mismo y a los suyos, a quienes confiaron en un modelo diferente y un acercamiento a la violencia que privilegiaba el abrazo sobre las balas, a ese modelo que apostaba por una nueva perspectiva alejada del militarismo y las armas; la reconciliación y la justicia sobre la mano dura y la venganza. Lamentablemente, lo que hoy vemos es la renuncia al discurso en campaña y el triunfo de una visión que ha estado ahí por más de 18 años y que se corona en el gobierno de López Obrador. Se acabaron los abrazos, ganaron los balazos.

 

@rodaxiando

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