Mecanismos de memoria y verdad en México

En el espacio público aún no se consolida la necesidad de generar estrategias de memoria y verdad como una agenda prioritaria que funcione, a su vez, de eje rector en las políticas de prevención de la violencia.

Por: Carlos Dorantes 

Son incontables las atrocidades que se han cometido en México durante los últimos diez años, las cuales se suman a las cometidas a lo largo de décadas anteriores. Se ha vuelto común que las personas que nacimos entre la década de los años 80 o 90 desconozcamos que hubo una Guerra Sucia, que no sepamos lo que pasó en Acteal, ni lo que significa “el Halconazo”. Hay poco trabajo de memoria que permita aprender qué fue lo que ocurrió en estos eventos y busque formar una cultura de la no repetición. Es por ello que nos cae como responsabilidad lograr que ahora, quienes nazcan durante esta década, sepan en los años por venir lo que significa San Fernando, Ayotzinapa, Narvarte o ABC; que hay hechos que no pueden simplemente pasar por desapercibidos ni olvidados; que dar la vuelta a la página es un acto que va contra cualquier ética.

A pesar de ser conscientes de esta responsabilidad, en el espacio público aún no se consolida la necesidad de generar estrategias de memoria y verdad como una agenda prioritaria que funcione, a su vez, de eje rector en las políticas de prevención de la violencia. Existen pocos memoriales físicos en México, los cuales se han conseguido a través de grandes esfuerzos: el Memorial a las Víctimas de la Violencia, en la Estela de Luz, o el Memorial 68, en Tlatelolco. Esto es muestra del trabajo que falta para consolidar espacios de verdad y memoria en museos, escuelas o libros de texto, que incluyan estas historias ofrenciendo verdad sobre lo que pasó, tal como lo intenta la plataforma memoriayverdad.mx al abordar 14 casos de violaciones graves a los derechos humanos de los últimos 50 años.

Desde los años 90, en otros contextos de violencia se han aplicado medidas de justicia transicional o extraordinaria con mayor o menor éxito. Hemos observado comisiones de la verdad y reconciliación como las de Sudáfrica, Chile o Argentina; procesos de paz como el colombiano; esfuerzos comunitarios como las Cortes Gacaca, en Ruanda; o informes como el de Recuperación de la Memoria Histórica en Guatemala (Guatemala Nunca Más); algunos priorizan la verdad, otros la procuración de justicia. Sin embargo, en México poco se ha trabajado al respecto: la Fiscalía Especial para Movimientos Sociales y Políticos del Pasado (FEMOSPP), con vigencia del 2001 al 2007, tuvo como resultado un informe final (que no fue reconocido), y logró poco o nada en materia penal.

En México, más que construir mecanismos de verdad como comisiones extraordinarias o fiscalías acabadas, necesitamos herramientas y enfoques que se incorporen desde la sociedad civil y dentro de las propias funciones del Estado. Como guía presento los siguientes puntos: 1) construir una Ley General de Archivos que permita construir un pasado abierto y en diálogo con el presente; 2) partir de un enfoque que considere que la sociedad en su conjunto también es víctima de las violaciones graves de derechos humanos; 3) poner en el centro a las víctimas y a los familiares, y 4) crear mecanismos que tomen en cuenta a las y los victimarios.

Primero, en términos generales, no ha habido un trabajo sólido sobre la importancia del derecho a la verdad y la memoria. Muestra actual de ello es la insuficiente atención que ha recibido el proyecto de la Ley General de Archivos, que se encuentra en discusión. Esta ley será central para lograr mecanismos de verdad y justicia: cerrar o abrir los archivos significaría cerrar el pasado o abrir la posibilidad de transformar las verdades construidas. Por ello, es necesario generar un análisis firme desde la sociedad civil para que los archivos garanticen contar con un pasado abierto, especialmente en casos de violaciones graves a los derechos humanos.

Segundo, el trabajo sobre el Derecho a la Verdad desde Artículo 19, parte de un enfoque en el que estas violaciones graves a los derechos humanos dañan no sólo a quienes las padecen de manera directa, sino también a la sociedad en su conjunto. Este dolerse, como escribe Cristina Rivera Garza,[1] va más allá de la empatía con las víctimas. El dolor que provoca una herida de indignación y frustración es algo que no puede apagarse y simplemente quedar en el olvido, por el contrario, obliga a encontrar explicaciones sobre lo que ocurrió y a gritar “nunca más”. Esta indignación, que en años recientes ha volcado a tantísimas personas a las calles, encuentra raíz en el dolor ajeno para asumirse como dolor colectivo. Considero que es a partir de estas ideas —de este sentir— desde donde se deben pensar nuevos mecanismos para la construcción de memoria y verdad.

Ahora bien, tercero, por esta misma razón, la construcción de estos procesos no puede dejar de poner en el centro a las víctimas y familiares, ya que es a través de su propia narrativa que podemos aproximarnos a un mecanismo más humano. Pero también, como cuarto punto, es necesario explorar rutas que incorporen en estos mecanismos a las personas que cometieron dichos actos (a quienes se ha llamado victimarios, perpetradores, víctimas-victimarios). Comenzar a generar mecanismos de justicia restaurativa, vinculados a la búsqueda de verdad, no puede dejar fuera de la discusión a estos actores si queremos encontrar caminos a los porqués de lo que ocurrió. Además, estas herramientas de justicia restaurativa también pueden contribuir a la no-repetición y a la reinserción.

Es importante abrir la mayor cantidad de canales posibles para recibir información y también canales para enviar esa información a aquella sociedad que ha sido herida por lo ocurrido: encontrar a otros y otras con la capacidad de escuchar es central en el proceso de romper el silencio.[2] Así, mantener un pasado abierto frente a las atrocidades es una ruta que nos permitirá dar espacio a aquellas historias que fueron silenciadas por las versiones históricas y permita construir narrativas que nos acerquen a la verdad de lo que pasó, buscando que nunca más se repita.

 

@article19mex

 

 

[1] Cristina Rivera Garza, Dolerse. Textos desde un país herido, Oaxaca, Surplus Ediciones, 2011.

[2] Elizabeth Jelin, Los trabajos de la memoria, Madrid, Siglo XXI, 2002, p. 32.

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