Yo también

A pesar del estigma que venimos cargando desde que Eva apareció en los libros, el movimiento de mujeres se mantiene en resistencia y, sin importar los numerosos intentos por matarlo, cada vez se vuelve más fuerte.

Por: Ana Cristina Ruelas (@anaruelas)

Las mujeres en el mundo nos levantamos, nuevamente, para exigir reconocimiento. Cada vez somos más las que alzamos la voz para hablar de la desigualdad a la que nos enfrentamos, de las políticas que aún se quedan cortas para combatir la violencia y garantizar la igualdad, y de los abusos que no dejan de ser la constante de nuestro día a día.

Este año hemos visto a mujeres de todos los rincones del planeta romper el silencio para señalar y nombrar aquellos hechos a las que todas, todas, nos enfrentamos cuando queremos participar en la vida pública e incluso cuando exigimos reconocimiento sobre todo lo que hacemos en el ámbito privado. A pesar del estigma que venimos cargando desde que Eva apareció en los libros, el movimiento de mujeres se mantiene en resistencia y, sin importar los numerosos intentos por matarlo, cada vez se vuelve más fuerte.

Los movimientos #metoo y #speakup se han visto alimentados por los testimonios de mujeres de aquí y de allá que han vencido el miedo y que han decidido enunciar los abusos que cotidianamente padecen –padecemos– haciéndolos visibles. Estas iniciativas nos permitieron –por lo menos a mí- darnos cuenta que una mujer de un país desarrollado sufre discriminación como cualquier mujer en un país como el nuestro, que cuenta con la denominación de origen de la palabra “macho”. Así, nos hicimos una, y la voz de todas se convirtió en la propia.

Decir que yo también –como defensora de derechos humanos- puedo contar un sin número de historias en las que algún hombre ha tratado de minimizar mis logros y mi trabajo por ser mujer; que ser directora de una organización internacional en México supone la duda de los otros de mi capacidad para enfrentarme a los retos de la violencia contra la libertad de expresión, es probablemente la historia de todas las defensoras.

Para algunos de los que leen estas letras es “natural” que la respuesta a nuestro reclamo sea otra dosis de violencia y desaprobación. Se equivocan: el costo de la defensa no puede ni debe ser la vulneración de nuestra dignidad, todo lo contrario, la lucha es para que ésta se haga costumbre –como dijo Esthela Hernández, hija de Jacinta Francisco Marcial- y para que se modifiquen, de una buena vez, las estructuras de poder que justifican y toleran estas violencias.

La voz de las mujeres ha dado pauta al odio y a la discriminación de los que buscan mantener el status quo, pero en un mundo donde la contracción de los derechos humanos es cada vez mayor y donde la visión de los Estados es la reducción del espacio cívico, las mujeres jugamos un papel muy relevante que, definitivamente, no podemos desarrollar desde el encierro.

La buena noticia, sin embargo, es que incluso ahora y muy a pesar de estos abusos, somos más las mujeres que estamos en el espacio de la defensa de los derechos humanos. En las escuelas de todo el mundo el número de mujeres estudiando derecho o dedicando su vida a la defensa de nuestras libertades incrementa año con año. Queremos un cambio de rumbo y estamos trabajando para conseguirlo. Las mujeres defensoras estamos hablando y nos vamos a hacer escuchar. Nosotras también.

 

* Ana Cristina Ruelas es directora regional de ARTICLE 19 Oficina para México y Centroamérica.

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