La dolorosa distancia

No tengo suficiente fe como para interpretar significados ante el hecho incomprensible de que dos sismos tan destructivos hayan ocurrido en el mismo día, con 32 años de separación. Sé que en nuestras mentes construiremos una mitología al respecto.

El tiempo y la distancia pueden ayudar a cerrar las heridas. Pero nunca realmente se van. Y a veces, algo sacude tiempos y distancias y las heridas se reabren.

Leo que en la esquina de Escocia y Gabriel Mancera, en la colonia Del Valle, se ha derrumbado un edificio. En esa cuadra vivió y dio consulta, por mucho tiempo, el médico que fue mi pediatra. A pocas calles está mi prepa.

Viajo en la memoria hasta el 19 de septiembre de 1985, cuando hacía mis pininos en 24 Horas. Vivía cerca de la esquina de Gutiérrez Nájera y San Antonio Abad, a unos pasos de los edificios de las costureras. Esos edificios se cayeron, así como el edificio donde yo trabajaba; el dolor vuelve borrosa la memoria, excepto por las noches iluminadas por incendios, el olor a gas y muerte, la incertidumbre.

Sé que ese sismo, el de 1985, fue un factor que me arrojó, junto con muchos otros, fuera de la Ciudad de México, de la que me fui en 1989. No he vuelto, aunque esa es otra historia.

La mañana del 19 de septiembre de 2017 un viejo y querido amigo subió a Twitter, etiquetándome, una foto del edificio de costureras en la esquina de Gutiérrez Nájera y San Antonio Abad, destruido por el sismo del 85. Yo vivía de un lado de la calzada, él del otro. El recuerdo era el mismo, el dolor también. La herida se reabrió un poco. Y luego se desbordó el dolor cuando las noticias comenzaron a llegar.

Todos los míos están bien, pero mucha gente murió, muchos edificios se desplomaron, y puedo imaginar de nuevo las noches. Muchos salieron a la calle a ayudar, a buscar, a rescatar, a dar comida, refugio, cuidados, solidaridad, abrazos, protección.

Alguien subió también un mapa interactivo de los derrumbes. Busqué mi vieja casa, la que mi abuela construyó piedra sobre piedra tras llegar a la Ciudad arrojada desde Guanajuato por la violencia de la Revolución. La casa donde nació mi madre. Donde yo crecí. Desde cuyo balcón vi las primeras destrucciones del primer 19 de septiembre. La casa que resistió los sismos de 1957, 1979 y 1985, resistió los dos sismos de 2017. Sus recuerdos, sus historias, sus voces, siguen en pie.

A la distancia, duele más.

No tengo suficiente fe como para interpretar significados ante el hecho incomprensible de que dos sismos tan destructivos hayan ocurrido en el mismo día, con 32 años de separación. Sé que en nuestras mentes construiremos una mitología al respecto.

Veo a la Tierra convulsionada. Dos sismos en pocos días en México, seis huracanes en el Atlántico en pocos días. Dos de ellos golpeando con brutalidad a Puerto Rico, un país ya de por sí en profunda crisis económica, desesperado.

Y veo otros terremotos y huracanes, de otra naturaleza. El día del terremoto, en horas de la mañana, la abominación que supura en la Casa Blanca acudió a las Naciones Unidas no sólo para prometer la destrucción de Corea del Norte, sino para abrir un nuevo flanco, esta vez con Irán. Sus palabras violentas, su odio, su fascismo, son terremoto y huracán que abrirá nuevas heridas.

Me recuerdo en la azotea de la casa de un amigo que me dio asilo tras de que no pude volver a casa el 19 de septiembre de 1985, mirando ese cielo purpúreo de aquella primera noche, impactado, callado, tratando de entender.

La noche del 19 de septiembre de 2017, en la tranquilidad de las afueras de Chicago, donde hace calor y no debería porque ya es otoño, sentí esa misma desazón, ese bullir interno que las palabras no pueden expresar. El teléfono sonaba con mensajes de amigos y familiares reportándose.

El dolor es el mismo. La impotencia de no estar es peor. No he llegado al final del viaje, pero en esta etapa del periplo sé que el corazón, al menos buena parte de él, nunca se fue. Sólo puedo enviar abrazos e intentar palabras de consuelo.

 

@ElGerryChicago

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