El criminal egoísmo de los victimarios

A Karen Pauwells, que me puso en la pista del tema.

 

Se ha escrito mucho sobre Harvey Weinstein y Kevin Spacey; se está escribiendo ahora mismo mucho sobre Corea del Norte, y sobre el reciente atentado en Nueva York; se escribió mucho sobre Las Vegas y Orlando.

Son aparentemente temas inconexos. ¿Qué pueden tener que ver entre sí? La conexión para mí está en las víctimas, en aquellos que por motivos muy diversos son los receptores de una agresión, sea física, sexual, psicológica, armada, o política.

Las víctimas se vuelven carne de cañón y moneda de cambio. Hay una sangrienta y aterradora economía de las víctimas que dice que si ocho personas mueren en la calle en Nueva York como motivo de un atentado cometido por un individuo que se identifica como seguidor de ISIS, eso constituye un hecho de terrorismo islámico, mientras que si un loco armado hasta los dientes mata a 60 personas en un concierto en Las Vegas, eso no constituye un acto terrorista, porque el atacante no es islamista y sus motivos no son políticos.

Es una economía obscena en la que no importan ni una sola de esas víctimas: las de Nueva York, las de Las Vegas, las de Orlando y una larga lista de etcéteras.

Lo que vemos en el trasfondo de la economía de las víctimas es el criminal egoísmo de los victimarios. No sólo los que cometen el crimen, sino quienes lo solapan, objetivan y politizan.

Weinstein agredió a un número aún no precisado de mujeres. Usó su poder como productor para objetivar a sus víctimas, anularlas, convertirlas en cifra; destruirlas, si no accedían a sus deseos. Y contó por años con la cortina protectora de un muro de complicidades y guiños. Esas complicidades abarcan también a políticos como Hillary Clinton y Barack Obama, que aprovecharon el dinero que Weinstein era capaz de movilizar por su posición de poder y privilegio. Desmarcarse luego, como lo hicieron, no es suficiente. Muchos sabían y nadie decía nada, porque no importaban las víctimas, y si alguna hacía más ruido de lo debido, Weinstein y su empresa tenían el dinero para comprar el silencio, y la complicidad de un sistema que ha funcionado de esa manera por décadas.

Lo mismo que Kevin Spacey, quien llega al extremo de objetivar a toda una comunidad, la comunidad gay, para escudarse de las acusaciones que han volado en su contra por abusos de menores.

Muchos nos preguntamos, si estas cosas pasaron hace tanto, ¿por qué surgen ahora las acusaciones? Mi respuesta, mi teoría de momento, es que ahora surgen porque se ha resquebrajado esa conspiración de silencio, porque muchas víctimas se hartaron de serlo y alzaron la voz.

El hecho que esto ocurrió en Estados Unidos tiene un lado bueno y uno malo, y es el mismo: la dimensión del escenario y la magnificación a través de las redes sociales. El lado bueno es que la denuncia se vuelve masiva, el lado malo es que podemos fácilmente perder de vista que lo que ocurre en Hollywood ocurre también todos los días en todas partes, y que en otras partes no se llega a tener el mismo nivel de exposición.

Pero ¿qué pasa cuando las víctimas no pueden hablar, no pueden alzar la voz? Las víctimas en Nueva York, Las Vegas, Orlando no tuvieron tiempo de saber lo que pasaba. Fueron segados por las balas. Pero sus muertes han sido convertidas en plataformas de quienes no quieren que se hable de un tema (el control de armas), o de quienes quieren que sí se hable de un tema (la erección de muros para impedir que entren inmigrantes), o de quienes quieren justificar controles políticos y legales mucho más abusivos y prohibitivos, como sucedió en Estados Unidos tras el 11 de septiembre del 2001, o como podría suceder tras el atentado en Nueva York.

Otro ejemplo viene a cuento. El 1 de noviembre se supo que 200 trabajadores norcoreanos habían muerto debido al derrumbe de un túnel que estaba siendo construido en un sitio donde el gobierno de Kim Jung-un está realizando pruebas nucleares.

En este duelo de tamaños de misiles que los presidentes norcoreano y estadounidense tienen desde hace meses, su egoísmo criminal, su absoluto desprecio por la vida ajena, les lleva a acumular más y más víctimas. Al norcoreano le da lo mismo si cientos de sus gobernados mueren porque lo que le interesa es tener un mísil listo para usarlo como contrapeso y arma negociadora con Washington, Seúl y Tokio. O para realmente utilizarlo contra incontables y desconocidas víctimas. La vida ajena no importa.

El horror final es que no nos importe.

 

@ElGerryChicago

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