De Salma y de Selma

La victoria de Doug Jones en Alabama no es golondrina que augure verano. Los Demócratas aún tienen minoría en ambas cámaras. Pero hasta cierto punto permite pensar que los ciudadanos aún tienen la última palabra.

Nadie podrá decir que 2017 ha sido un año aburrido en Estados Unidos. Hemos vivido un giro radical que ha transformado las convenciones políticas dentro del país, y en el papel que éste juega en el mundo.

El odio, el racismo, el sexismo, la intolerancia se han instalado en la Casa Blanca, sí. Pero eso no es ni siquiera lo más preocupante. A final de cuentas, Estados Unidos es una república democrática que cada ocho años, por lo general, cambia de signo político y administrativo.

El problema es más profundo: los monstruos que por mucho tiempo estuvieron dormidos salen a la luz y se sienten triunfantes; ésos de los que nadie quería hablar, nunca se fueron. El dinosaurio siempre estuvo ahí.

En estos días, sin embargo, conforme llegamos al final del 17 y se abre una gran incertidumbre sobre el 18, año en que se renovará el Congreso y en que habrá elecciones a las gubernaturas y legislaciones de muchos estados, hay un pequeño resquicio de esperanza. Ésta no necesariamente se centra en los Demócratas. Desde su derrota electoral en 2016, el partido que supuestamente representa al centro-izquierda anda arrastrando la cobija. Sin liderazgos de alcance nacional, sin ideas. Convertidos en oposición vociferante, pero sin propuestas y sin capacidad de maniobra.

La posibilidad que veo (igual soy muy ingenuo, pero ya lo he dicho antes) está en las voces de quienes se han levantado, se han sacudido un silencio provocado por el miedo, la vergüenza, el dolor, y la incredulidad de muchos, para denunciar a quienes han abusado.

No es un tema de sexo – aunque ése ha sido el denominador – sino un tema de poder, que es un elemento político. Un tema de ejercer el poder de manera abusiva que confiere impunidad al agresor y silencia a las víctimas aterrorizadas. Foucault tendría mucho que decir al respecto.

Hasta que las víctimas dicen basta. Y denuncian. Públicamente. Productores de cine, periodistas, actores, políticos, figuras públicas han sido exhibidos y sus carreras finiquitadas. Y qué bueno. Faltan muchos más. El peso del poder y la cotidianeidad, el peso del silencio forzado, el peso de la impunidad, es inmenso pero no es invencible.

Esta semana la actriz mexicana Salma Hayek se unió a las voces de muchas otras mujeres que han denunciado a sus acosadores. El alto perfil de la víctima y el agresor no obstan para que quede claro que alguien tiene que abrir la compuerta y todo salga a la luz.

Junto al nombre de Salma, en esta antepenúltima semana del loco 2017, me salta el nombre de Selma, una ciudad en Alabama que tuvo un papel fundamental en el movimiento de Derechos Civiles en la década de 1960.

En Selma se llevó a cabo una de las marchas emblemáticas del movimiento contra el racismo y la exclusión de la población afroamericana, y por sus derechos políticos, económicos y sociales. Marcha que acabó en una violentísima represión.

Alabama es también donde varias niñas de una iglesia afroamericana en Birmingham fueron masacradas por una bomba colocada por extremistas. Alabama es el sur profundo, y fue donde el juez Roy Moore, un impresentable, decidió lanzarse como candidato republicano al Senado para ocupar el escaño dejado por Jeff Sessions, hoy Procurador General. El aparato Trump puso toda la carne en el asador por Moore, a pesar de las denuncias documentadas y puntuales de la pedofilia del juez. Moore era y es un abusador en serie, un individuo deleznable, el rostro agrietado de un sur que se aferra al racismo y al esclavismo, a la objetivación del individuo.

Frente a él, Doug Jones, candidato demócrata, montó una campaña que al principio parecía ingenua y fútil. Pero poco a poco las cosas cambiaron. Aún el propio establishment republicano hacía muecas de asco ante Moore. Podemos argumentar que esa postura es hipócrita, orientada más por los titulares noticiosos que por un sincero autoexamen. El caso es que el Partido Republicano, casi en su totalidad, le dijo a su candidato: ‘vas solo, buena suerte’. Y el juez perdió por escaso margen, no tan escaso como para forzar un recuento o una segunda vuelta pero sí suficiente para pensar que no todo está perdido. Él alegará, como el mal perdedor que es, pero poco a poco su voz se irá apagando. Este país no tolera a los perdedores, aunque sean blancos y racistas.

La victoria de Jones no es golondrina que augure verano. Los Demócratas aún tienen minoría en ambas cámaras. Pero hasta cierto punto permite pensar que los ciudadanos aún tienen la última palabra, que el sacudimiento social provocado por las campañas de denuncia contra los acosadores también puede llevar a un cambio político.

Cierto: un solo tema no cambia el agrio entorno. Pero la valentía de las mujeres que han denunciado, que han dicho basta, que han roto su silencio para mirar de frente a sus agresores, es contagiosa. Y es quizás esa valentía social transformada en acto político, lo único que puede cambiar las cosas en este país.

 

@ElGerryChicago

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