Nombrar al enemigo

Trump ha sabido manejar el discurso de la cólera para hacerse con el poder y, desde él, nulificar a sus enemigos a base de reducirlos a tres o cuatro conceptos básicos que los cosifican como causa de todo mal.

Convocar a los sentimientos no es una nueva táctica política. Josué arengó a los israelíes a partir de sentimientos básicos para conquistar Canaán y derribar las murallas de Jericó. Pero en este final de la segunda década del siglo XXI, la arenga sentimental arroja resultados notables en lugares tan diversos como Estados Unidos, Brasil, Gran Bretaña, Italia, o México.

Las ideas pasan a un segundo plano, y los sentimientos concitados nunca son nobles –se basan en ráfagas de lenguaje que alientan la ira, la desconfianza, y la indignación.

Trump ha sabido manejar el discurso de la cólera para hacerse con el poder y, desde él, nulificar a sus enemigos a base de reducirlos a tres o cuatro conceptos básicos que los cosifican como causa de todo mal.

Su mayor habilidad, ha sido el lenguaje (irónico, en alguien tan torpe en el uso del lenguaje verbal, el no verbal, y el escrito). Dentro de ese uso del lenguaje, la táctica fundamental ha sido nombrar al enemigo. No necesita ser nunca el mismo, basta con irle cambiando de nombre según sea la circunstancia o la necesidad. Un día puede ser Hillary Clinton (quien perdió su campaña presidencial por enfocarse en las ideas, e ignorar los sentimientos de un electorado harto del estatus quo); otro día puede ser Barack Obama; o el fiscal Mueller. Da igual.

Cuando es necesario, Trump orienta su artillería a su propia casa. Durante la semana llamó idiota y haragán a Rex Tillerson, quien fue su secretario de Estado. Y se da por hecho que su Jefe de Gabinete, John Kelly, no terminará el año en la Casa Blanca.

Si eventualmente Mueller y su equipo de investigadores llegan a instrumentar un caso lo suficientemente fuerte como para acusar a Trump, o forzar un juicio en la Cámara de Representantes, podemos esperar una verdadera andanada verbal, un bombardeo en Twitter de nombres acompañados de apelativos descalificadores, con los que el presidente arengará a sus fieles. Sabemos que Trump no tiene ningún respeto por los procesos institucionales; esa ventaja estratégica le permitirá incendiar el escenario político, aunque lo destituyan.

La posibilidad es grave, por cuanto no hay contrapeso real. La diarrea verbal de Trump ha conseguido debilitar a las instituciones, sean estas el Congreso, la Suprema Corte, o la prensa.

Esto me remite a una frase en inglés que describe, como pocas, el peso de la presidencia. Los estadounidenses llaman bully pulpit –el púlpito del bravucón—al podio real o simbólico desde el cual un primer mandatario hace política. No hay podio comparable, por cuanto las palabras del presidente pesan como plomo, una vez pronunciadas, en el devenir político del país.

El púlpito es una espada de doble filo para los presidentes, y en tiempos de encono político puede calmar los ánimos o enardecerlos aún más.

Eso lo sabe a la perfección Trump –quizás la única certeza real que posee. Y es más preocupante por cuanto no hay contrapeso.

Esto también es irónico: los demócratas lograron recuperar el control de la Cámara de Representantes tras las elecciones legislativas de noviembre, y se preparan ya para las presidenciales de 2020. Y empiezan a circular los nombres de algunos posibles candidatos.

Pero se enfrentan a la misma contradicción que en 2016: una preocupante falta de ideas y, peor aún, de un lenguaje que enganche al electorado y devuelva civilidad al discurso político estadounidense.

Durante la campaña de 2016, la entonces Primera Dama, Michelle Obama, urgía a elevar el nivel de discurso: “Cuando ellos bajan la vara, nosotros la alzamos”, decía. Ideológicamente tenía toda la razón del mundo. Pero Trump ganó la presidencia bajando la vara casi hasta el suelo, para poder pasar por debajo en un siniestro baile de limbo.

Difícil disyuntiva para los demócratas, y hasta para esa especie en vías de extinción, el republicano moderado. Cambiar el rumbo político del país y calmar los ánimos, implica tomar una decisión entre jugar el juego del lenguaje del odio y el nombramiento de enemigos, o proponer algo distinto que ofrezca esperanzas sociales, económicas, y políticas a una nación saturada de desinformación.

Nada fácil. Entretanto, Trump no suelta el púlpito, sucio ya de la tóxica baba de su hiriente lenguaje.

 

@ElGerryChicago

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