Murray Fromson

Una importante generación de periodistas en México lleva el legado de Murray Fronmson y con ello este país se ha beneficiado. En algún momento nos planteamos buscar que se le diera el Águila Azteca por su amor y compromiso con México, no se logró. Encontraremos la manera de que su cercanía con nuestro país sea reconocida.

Nunca olvidaré la primera cita con Murray. Estaba buscando opciones para hacer la maestría en Estados Unidos y por casualidad vi la convocatoria para la Maestría en Periodismo Internacional de la Universidad del Sur de California (USC). Apareció en un periódico en México y por eso llamó tanto mi atención. Había escrito a otras universidades y estaba recibiendo los papeles, reglas, haciendo los exámenes obligados (TOEFL, GMAT y esas cosas tortuosas) y esa opción llegó por la vía inesperada y de la manera más sorpresiva: un domingo en una página interna de la prensa.

Hay que recordar que en esos años no se usaba el correo electrónico y las universidades no tenían sus solicitudes, convocatorias e información en línea. Todo teníamos que hacerlo por el correo tradicional y esperar a que los papeles de solicitud llegaran al destino y desde allá nos enviaran los documentos de regreso, normalmente con el tiempo justo para buscar cartas de recomendación, hacer las  órdenes de pago en los bancos, llenar los papeles en máquina de escribir, perseguir a quien fuera necesario para tener los requisitos y documentos a tiempo y mandar de regreso a la universidad correspondiente todos los comprobantes, identificaciones y demás información por correo certificado.

Murray Fromson, el director de la Maestría y del Centro de Periodismo Internacional de la Universidad, estaría en México entrevistando a los interesados. Estaba el teléfono al que había que hablar y hacer la cita. Recuerdo que el corazón me latió muy fuerte, como te late cuando sabes que algo que se cruza en tu camino está determinado a marcar tu destino. No sabes bien cómo ni de qué manera, pero sabes que algo sucederá. Recorté esa sección del periódico y la guardé, esperando a que la almohada me dijese si la decisión correcta era hablar y hacer cita. Hablé sin pensarlo mucho más.  Las solicitudes que estaba haciendo eran para maestrías en relaciones internacionales  y comunicación y esta maestría parecía sintetizar mis intereses: periodismo internacional.

No recuerdo en  dónde fue la reunión, pero lo que recuerdo claramente fueron la sonrisa de Murray y sus ojos azules, rodeados de arruguitas.  Me explicó que el programa estaba orientado a periodistas y que tenía mucho interés en que los comunicadores mexicanos tuvieran esa experiencia internacional junto con corresponsales de otras latitudes. Pero yo no era periodista, fue lo primero que le dije, aunque le platiqué del interés que siempre tuve en el periodismo y la comunicación y le conté de la revista universitaria que tenía con unos amigos y que formaba parte del consejo editorial de la misma. Se llamaba Renglón. También le conté que me gustaba mucho escribir y que tenía algunos artículos publicados en una sección que se llamaba “Juventud y Crisis” del periódico Excélsior, y muchos otros sin publicar, esperando el momento adecuado para ser publicados.  Salí de la reunión muy entusiasmada de haberlo conocido, de saber del programa y cruzando los dedos por ser una de las candidatas, aunque muy temerosa (siempre dudando de mí) porque estaba segura de que no cubría los requisitos y que al no ser periodista y estar acabando la carrera de relaciones internacionales tenía pocas probabilidades de ir. Me contó de las personas que habían estado en las generaciones previas (plumas muy reconocidas) y pensé que sería muy difícil que yo fuera una de las seleccionadas.

Pasaron las semanas y para mi gran sorpresa e infinito pasmo, fui aceptada a la maestría. ¡No podía creerlo! Además de eso, tenía beca y cubriría parte de la misma como asistente de profesor (teaching assistant) del CIJ (Center for International Journalism). ¡La mano mágica de Murray Fromson!

No sabía lo mucho que esa entrevista cambiaría mi vida y la infinidad de ventanas que me abriría hacia el futuro, hacia otras realidades y las personas maravillosas que me permitiría conocer. Murray fue, desde el momento en que pisé Los Ángeles, un ángel guardián, profesor, tutor y guía en muchos sentidos. Le agradeceré siempre que él creyera en mí más de lo que yo creía y que viera en mí un potencial que yo ni siquiera sabía que existía. Creo que fui, en los años en los que duró su programa, la única no periodista que participó en él. Le pregunté tiempo después por qué me había seleccionado y dijo que estaba seguro de que mi manera de ver el mundo enriquecería a mis colegas y que mis colegas me enseñarían mucho. ¡Vaya que tenía razón, sobre todo en lo segundo!

Me regañaba con frecuencia al hacer mis trabajos pues decía que me metía en exceso a la biblioteca y que debía salir más a la calle, a entrevistar personas y conocer directamente las realidades sobre las cuales leía y estudiaba (“put your hands on”, decía). En ese momento, a los veinticuatro años, no me resultaba tan fácil. Lo que yo quería era perderme horas en la biblioteca y leer todo lo que pudiera sobre los temas que me tocaban. Recuerdo que uno de los trabajos que me asignó era sobre la comunidad coreana en Los Angeles, y leí cosas que al mismo Murray le sorprendieron, pero ¡me faltaron entrevistas! Conversé con 3 ó 4 personas nada más, y por supuesto, eso no era suficiente para  sus parámetros.

Como maestro fue extraordinario, pues siempre nos cuestionaba y nos desafiaba a hacer más de lo que le presentábamos y decíamos. Su curiosidad era infinita, y claro que tenía que serlo para haber sido uno de los corresponsales más importantes en la historia del periodismo estadounidense, cubriendo para la CBS la Guerra de Vietnam,  la caída de Saigón, el armisticio de Corea, la ocupación estadounidense de Japón, el programa espacial Apolo. Llevó a cabo la cobertura de dos elecciones presidenciales en Estados Unidos, el encuentro entre Richard Nixon y  Leonid Brezhnev, y el “Domingo sangriento” de Selma, Alabama en 1965, entre otras cosas.

Gracias a él conocí y conviví con extraordinarias periodistas de Estados Unidos, México y otras partes del mundo y  fomentó una gran sororidad entre las participantes. Mi generación fue de mujeres principalmente, había un solo hombre y periodista de The Boston Globe. Hoy Alicia Ortiz, Irma Rosa Martínez, Angela Moscarella, Debrah Anthony, Willma Randle son mis cómplices de vida en muchos sentidos y el tiempo que convivimos y los viajes que hicimos con Murray son parte de los recuerdos de vida más importantes que tenemos. No sé si su relación fue igual con periodistas de otros países, pero a la “banda mexicana” nos unió irremediablemente, y Rossana Fuentes Berain, Alexandra Xanic e Ignacio Rodríguez Reyna, entre otros, no podrán negarlo. Su familia mexicana, como le gustaba llamarnos, le ha guardado siempre un enorme respeto, agradecimiento, cariño y admiración.

En su infinita generosidad también  nos abrió las puertas de su familia inmediata y nos acercó a los cariños y quereres de Dodi, su esposa, Derek su hijo, querido y gran amigo, y Aliza Ben Tal, su hija. Stella Lopez, su mano derecha durante muchos años y amiga de todas nosotras también se suma a esta  gran comunidad.

Una importante generación de periodistas en México lleva su legado y con ello este país se ha beneficiado. En algún momento nos planteamos buscar que se le diera el Águila Azteca por su amor y compromiso con México, no se logró.  Encontraremos la manera de que su cercanía con nuestro país sea reconocida.

Su partida deja un hueco enorme y al mismo tiempo un sentimiento de alegría profunda por haberlo conocido y haber tenido la fortuna de formar parte de su vida y su corazón.

Descansa en paz querido Murray, hasta siempre.

 

@LaClau

 

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