El sistema educativo antes y después de las reformas

Podemos discutir sobre el mecanismo y la validez del ingreso al sistema educativo mexicano, pero la certidumbre que observa este proceso desde su inicio tras la reforma de 2013 cuida la estabilidad de las nuevas generaciones de docentes.

Por: Fernando Cruz Evangelista (@FhernandOziel)

Actualmente, gran parte del magisterio en México está en una etapa de transición por demás complicada, pero también positiva. Los cambios establecidos en las reformas legales de 2013 en materia educativa sacudieron el status quo de procesos instalados en la vida profesional de diversos sectores de maestros y abrieron la puerta a procesos sistematizados y transparentes donde comenzamos a valorar el mérito por encima de las relaciones personales e institucionales.

Uno de éstos tiene que ver con el ingreso a la profesión docente. Antes de 2013, el proceso de contratación y asignación de plazas era administrativo, estructurado con base en los derechos de los trabajadores, haciendo a un lado el derecho a aprender de las niñas, niños y jóvenes.

Como profesor, tu trayectoria profesional inicia con el acceso al sistema educativo. El impacto de la experiencia en este proceso determinará el desempeño inicial en el aula y en las expectativas de desarrollo dentro y fuera de la escuela. En este espacio quiero visibilizar un cambio en el sistema educativo, de lo que poco se habla, pero que es primordial para el proceso de transformación educativa.

2007: Para entrar al sistema, alguien te debe dejar pasar

En Octubre de 2007, dos meses después de haber egresado de la Escuela Normal en el estado de San Luis Potosí, postulé por una plaza de secundaria en una de las secciones del Sindicato Nacional para Trabajadores de la Educación (SNTE).

Hace once años el mecanismo para ingresar al sistema era lento, confuso y sujeto a la voluntad de las cúpulas sindicales. Como egresado normalista, fue complicado entender un mundo con poca transparencia en sus procesos y donde el servilismo y el contar con familiares dentro del sistema era esencial para avanzar en la selección y asignación de plazas docentes.

La opacidad de datos, tales como número y modalidad de las plazas disponibles era una “regla interna”. Ninguno de los aspirantes a una plaza teníamos acceso a la información y los nuevos maestros no teníamos otra opción que ir a las escuelas “disponibles”, las rurales. Después de dos meses de esperar una “oportunidad” me “ofrecieron” un contrato para iniciar en una escuela rural al norte de la capital. Mi estancia en la escuela sería sólo de tres meses bajo la advertencia de que no se me pagaría hasta varios meses después. Una vez concluido mi periodo debía presentarme nuevamente al sindicato para “ver” si continuaba en otra escuela.

La falta de perfiles docentes alineados a los niveles educativos y la poca claridad de las reglas de operación en la asignación de plazas provocaban la contratación indiscriminada de maestros con nula formación. Incluso había “reglas” determinadas con base en lo “aprendido” durante contrataciones anteriores. Por ejemplo, sólo se contrataban maestros con formación en español y matemáticas en nivel secundaria para dar clase en primaria. Ya que tenían una “mejor” formación para atender las necesidades “básicas” de las y los niños.

Estas decisiones se veían reflejadas en las remuneraciones que tenían variaciones significativas; peor aún, provocaba una excesiva movilidad que nos impedía como docentes tener estabilidad en las escuelas y conectar con los estudiantes y sus familias. Al ir de errantes por las escuelas, nos cuestionábamos nuestro sentido de pertenencia a la comunidad.

Además, esperar semanas o meses en el sindicato o cubrir una y otra vez contratos en escuelas rurales, no garantizaba una plaza “base”. Había personas que tenían años cubriendo interinatos de tres o seis meses en diferentes escuelas del estado. La incertidumbre en los procesos de ingreso y adaptación a las escuelas me hacía dudar, incluso, de mi vocación como docente.

2018: Para llegar a la escuela, debes demostrar capacidad y compromiso

Hace seis meses, mi hermana vivió su ingreso al sistema educativo de una manera completamente distinta. Recibió en mayo de este año la convocatoria oficial publicada por la autoridad educativa local en San Luis Potosí. En dicho documento pudo conocer con claridad el número de plazas ofertadas, sus modalidades, el número de horas clase, los requisitos para postular por una plaza en el estado y demás información que incluía además una guía de orientación en los contenidos y del mecanismo para participar.

El proceso de ingreso contemplaba, dependiendo de la convocatoria aplicada, la asignación de hasta tres exámenes diferenciados de opción múltiple. Esto, le significó claridad en las expectativas que se requerían para obtener una plaza docente.

En la fecha señalada en la convocatoria, le enviaron sus resultados con el puntaje obtenido en cada rubro del perfil de ingreso, lo que le permitió, además de su puntaje global para ubicarla en una lista de prelación pública, reconocer las áreas de oportunidad que necesita fortalecer. Esto pareciera menor, pero crea sinergias positivas en la profesionalización con base en un proceso sistemático y brinda información valiosa para el desarrollo del mismo.

Para finalizar este proceso, se le citó a un evento de asignación de plazas docentes, el cual es de carácter público, donde están a la vista el número, modalidad y ubicación de los lugares ofertados desde la convocatoria. En apego a una lista de prelación, mi hermana esperó su turno y eligió una de las escuelas de la periferia de la ciudad. Paso siguiente se afilió en ese momento a la Secretaría de Educación Estatal, se le entregó su nombramiento oficial para presentarse en la escuela seleccionada antes de tres días y el compromiso de pago antes de 30 días a través de una cuenta bancaria personal.

Sin duda, podemos discutir sobre el mecanismo y la validez del ingreso al sistema educativo mexicano, pero la certidumbre que observa este proceso desde su inicio cuida la estabilidad de las nuevas generaciones de docentes. Tener información puntual y pertinente, así como reconocer cada una de sus etapas les permite transitar con mayor confianza hacia la escuela, aportando a la promoción de su derecho a aprender, en la confianza del inicio de su trayectoria docente y en sus habilidades interpersonales para conectar con los niños y jóvenes, las familias y sus colegas en la escuela.

Sin duda, no estamos donde deberíamos estar; todo mecanismo, como el ingreso al servicio docente, es perfectible. Sin embargo, terminar con los avances en este rubro por “no dejar ni una coma” de las reformas legales de 2013 sólo traería un vacío con señales de retroceso y, lo más grave, mandará el mensaje erróneo a la sociedad de que debemos “esperar a superman” una vez más.

¿Cómo podemos construir una escuela incluyente si no consideramos las lecciones de la última década? Como sociedad es tiempo de reaprender, de continuar mejorando con base en la evidencia, de activarnos e impulsar el derecho docente a una profesionalización pertinente y permanente para construir juntos los cambios que deseamos ver en la escuela. Las y los niños lo merecen y necesitan.

 

* Fernando Cruz Evangelista es coordinador de proyectos con [email protected] en Mexicanos Primero.

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