¿La crisis de las encuestas? (primer acto)

 

Por: René Bautista  (@rene_bautista) y Marco A. Morales (@marco_morales)*

La elección presidencial de 2012 demostró que las encuestas electorales son una parte innegable del proceso electoral en México. No sólo se utilizan como instrumentos de medición de la intención de voto, como es su propósito original; también se utilizan como instrumentos de persuasión política.

En las últimas semanas hemos visto muchos argumentos sobre lo que sucedió con las encuestas durante la elección presidencial. La discusión pública se ha centrado principalmente en responsabilizar a los encuestadores: se dice que los encuestadores “no le atinaron” al resultado de la elección presidencial y, peor aún, se dice que estos “errores” no fueron tales, sino que en realidad fue una campaña propagandística para favorecer a un candidato.

Los encuestadores, por su parte, han presentado en diversos foros argumentos a manera de explicación de las cifras que presentaron durante la campaña electoral y en la noche de la elección. Han mencionado que hubo cambios de último momento en la intención de voto, que los indecisos no eran tales, que la complejidad de la boleta generó mediciones erróneas, y un largo etcétera.

Para muchos analistas – y comentócratas – en nuestro país, estos elementos en su conjunto dan sustento a la tesis de “la crisis de las encuestas en México”. En sus versiones más extremas, la tesis ha llegado a cuestionar si en verdad sirve tener encuestas en los procesos electorales en el país, e incluso se ha propuesto tener regulaciones más estrictas para las encuestas publicadas.

El uso de las encuestas electorales en México ha crecido notablemente en los últimos 20 años, incluyendo las tres elecciones presidenciales en esos años. A diferencia de otros países, la aparición de encuestas se presentó prácticamente sin mediar explicación alguna sobre su naturaleza. Como tal, han sido objeto de una curva de aprendizaje por parte de ciudadanos, políticos y sus partidos, medios de comunicación, instituciones y, por supuesto, de los propios encuestadores que las generan. Y este aprendizaje continúa en un contexto con públicos que mantienen distintos niveles de información e interés.

La tesis central de este texto – en dos actos – es que la supuesta “crisis de las encuestas” no es tal. Ciertamente existen diversos temas o “problemas” alrededor de las encuestas, pero es necesario dimensionar la complejidad de los mismos para entenderlos, cosa que ha sido difícil en la Fuenteovejuna que hemos presenciado en las últimas semanas.

El “problema” con las encuestas en 2012 es el resultado de múltiples factores. Para entender un problema hay que analizar sus orígenes, saber qué lo ocasionó. Es decir, para entender el efecto es apremiante conocer la causa, o la confluencia de varias causas. La interacción de dichas causas ha generado una limitada e incluso errónea percepción de la forma en que funcionan las encuestas, su utilidad y sus alcances.

Una de las causas originales en la discusión de las encuestas en México, por supuesto, incluye a los encuestadores, aunque a todas luces no es la única. Otros actores también forman parte del origen, aunque su responsabilidad se ha discutido escasamente. Para cubrir esta deficiencia, este ensayo mapea a los principales involucrados en el tema.

De este modo, entre los actores que de una forma u otra están envueltos en esta mal llamada “crisis”, encontramos a quienes producen las encuestas (encuestadores), a quienes las “analizan” y las difunden (los medios de comunicación y comentócratas), a quienes solicitan, usan y pagan las encuestas (los políticos y partidos), y a quienes finalmente terminan recibiéndolas (los votantes).

La necesidad de contar con un diagnóstico integral de la contribución de diferentes actores a este “problema” nos motiva a presentar las siguientes líneas. En esta primera entrega, abordaremos las causas de la presunta “crisis” vinculadas con políticos, ciudadanos y medios de comunicación. En la siguiente entrega, hablaremos de las causas vinculadas con los propios encuestadores y presentamos una agenda más realista para enfrentar estos problemas.

 

I.               La clase política

Una de las causas fundamentales se encuentra en el uso que los políticos – y sus partidos – han  dado a los datos que se generan mediante encuestas. Los políticos han comprendido paulatinamente la utilidad de contar con encuestas electorales y encuestas de salida en las elecciones. Históricamente, los políticos hicieron uso de estos instrumentos en su toma de decisiones con trascendencia política. Después, como elementos para generar un grado adicional de certeza en los resultados electorales. Y recientemente, como material de persuasión dirigido a los votantes durante las campañas electorales.

Recuentos históricos indican que el primer exit poll en el país se realizó en Baja California para la elección a gobernador de 1989. Estas descripciones indican que los datos de la encuesta de salida fueron cruciales para la decisión que tomaría el entonces Presidente Salinas de Gortari de reconocer el primer triunfo del PAN en una gubernatura.

También, con base en encuestas el entonces Presidente Zedillo tomó la histórica determinación de reconocer la victoria de Vicente Fox la noche del 2 de julio de 2000. Más recientemente, con base en encuestas de salida, la candidata del PAN, Josefina Vásquez Mota, concedió su derrota en la elección presidencial al cierre de las casillas el 1 de julio de 2012.

Más importante para el ejercicio democrático, los resultados de encuestas electorales —y en particular de salida— han contribuido a que muchos candidatos locales hayan sido reconocidos como ganadores sin mayores contratiempos, especialmente cuando las encuestas de salida coinciden con el resultado de cómputos preliminares de votos.

Sin embargo, en el contexto de elecciones competidas, los políticos también han hecho uso de las encuestas en beneficio propio. Es decir, presentan resultados para “probar” que son candidatos competitivos o que sus adversarios no lo son. Inclusive, muchos candidatos incluyen en sus estrategias de campaña la difusión de encuestas (sin que estas necesariamente sean encuestas serias) asumiendo que modificarán la intención de voto en su favor.

El uso que los políticos han dado a las encuestas en las ultimas décadas ha generado una paradoja en la práctica. Por un lado, las han usado para dar certidumbre y credibilidad a procesos electorales. Por el otro, las han usado para descalificar al oponente durante la contienda e, incluso, las han descalificado cuando estas les son adversas.

Desafortunadamente, el supuesto que subyace entre los políticos en campaña —creer que las encuestas influyen contundentemente en la decisión de un elector— no ha podido ser comprobado en décadas de investigación académica. No hay evidencia sistemática que compruebe que los resultados de las encuestas influyan contundentemente en la preferencia electoral.

Si acaso, el hallazgo más notable es que los votantes utilizan la información de las encuestas para confirmar sus creencias sobre lo que el resto de la población está pensando, lo cual difícilmente se traduce en cambios masivos y sistemáticos en la intención de voto.

Desafortunadamente, como muchas otras cosas en política, no importa tanto que las acciones tengan resultados, sino que el político crea que tienen resultados para convertirse en un auto de fe político. Como es de suponerse, estos factores son causas que influyen en la percepción del “problema” de las encuestas.

Los políticos tendrán que reconocer, como parte de su curva de aprendizaje, que usar encuestas como parte de su material de promoción de voto tiene graves consecuencias y, eventualmente, puede llevarlos a erosionar peligrosamente uno de los mejores activos que tienen para resolver disputas y dar certidumbre a elecciones.

 

II.             Los ciudadanos

Otra de las causas que han llevado a la mal llamada “crisis” de las encuestas, se encuentra en los propios ciudadanos. Si bien se comienza a entender la forma en que una encuesta se realiza y se interpreta, los ciudadanos cuentan con elementos muy limitados para discernir la calidad de las encuestas.

La gran mayoría de los ciudadanos no son expertos en metodologías —ni tendrían por qué serlo. Pero, en ausencia de elementos técnicos para entender el proceso que subyace a una encuesta y sus limitaciones, se recurre a razonamientos como “nunca me han entrevistado” o “yo he oído que las cifras se modifican” o “una vez me entrevistaron y dije otra cosa”, para filtrar la información que se lee en encuestas publicadas. En consecuencia, una buena parte de la población recibe los resultados de las encuestas con una amplia dosis de escepticismo.

Para complicar más el panorama, la medición electoral en sí misma genera una paradoja: las encuestas son ejercicios eminentemente ciudadanos en tanto que agregan las opiniones de ciudadanos. Pero el hecho de que un “científico” realice el estudio, aleja sus resultados de los ciudadanos. Es decir, quien alimenta las encuestas con opiniones, se aliena de ellas por percibirlas lejanas o ajenas a su propia percepción.

Ante la falta de elementos técnicos para evaluar la calidad de las encuestas, es natural que los ciudadanos recurran a atajos de interpretación. Es posible que quienes deciden poner atención a las encuestas terminen interpretándolas a través fuentes a las que previamente han otorgado cierta confiabilidad, incluyendo al candidato que es más cercano a ellos, o bien, al medio de comunicación que consideran más creíble. Basta con que un candidato o un medio descalifique o valide una encuesta, para que los ciudadanos reaccionen también descalificándolas o aceptándolas sin haber consultado la fuente original. En consecuencia, la calidad de las encuestas se vuelve una función de la apreciación subjetiva de quienes actúan como filtros de entendimiento para los ciudadanos.

En la babel de interpretaciones, no es extraño que el ciudadano se pregunte, ¿a quién benefician las encuestas? ¿A los ciudadanos? ¿A la democracia? ¿A alguien más? La respuesta a estas preguntas es trascendental. Como el ciudadano – e incluso un buen número de analistas e intelectuales – no logra discernir una utilidad personal de las encuestas, no es ilógico que se concluya que deben beneficiar sólo a los políticos. Esto conduce inevitablemente a la creencia de que las encuestas se “manipulan”, e incluso que pueden ser compradas por el mejor postor.

Estas causas, como es de esperarse, contribuyen a una limitada  interpretación de las encuestas. Debido a que la mayoría de ciudadanos no están organizados en instituciones o grupos (como los políticos pudieran estar organizados en partidos, o los encuestadores en asociaciones, o los comunicadores en medios), su curva de aprendizaje es quizá la que tiene la pendiente más pronunciada de todas.

 

III.           Los medios de comunicación

Otra causa muy importante en esta llamada “crisis” de las encuestas está en los medios de comunicación. Los medios han preferido concentrarse en la carrera entre candidatos para identificar al primer lugar, en lugar de identificar temas relevantes en la elección y entender las limitaciones de las mediciones.

Este es un problema de la mayor seriedad porque virtualmente la única manera de difundir las estimaciones de las encuestas es a través de los medios de comunicación masivos. Este hecho implica, por sí mismo, una responsabilidad ética de los medios de comunicación para entender lo que están comunicando, antes de comunicarlo.

Aunque deseable, no es necesario que un comunicador sea un experto en metodologías de investigación. Bastaría con ser responsable sobre lo que se comunica. Si la verificación y validación de la información que se publica es un imperativo que aplica al ejercicio periodístico, no hay razón para que no lo sea al comunicar estimaciones de encuestas.

Los estudios de preferencia electoral hechos mediante encuestas son ejercicios de probabilidad con herramientas de las ciencias sociales. Por eso sus resultados son estimaciones, y por eso es importante recordar en todo momento la incertidumbre que las rodea. Si los comunicadores saben ésto (y debieran saberlo), es incomprensible que reporten estimaciones de encuestas como si fuesen predicciones infalibles; es decir, como su fueran visores nítidos del presente, o mucho peor, del futuro.

Es igualmente inexplicable que los comunicadores —siguiendo el ejemplo de algunos encuestadores— reporten que un candidato “va arriba” o que “bajó 1 punto” cuando la incertidumbre que rodea a la estimación es sustancialmente mayor y no permite hacer esas inferencias.

La carencia de elementos técnicos en los medios y la comentocracia, aunado a la ausencia de interés por conocer sobre la composición de una encuesta que les permitiera evaluar su calidad, abona a propagar el mito de que las metodologías detrás de una encuesta son un secreto y que son cajas negras que aparentemente los encuestadores no quieren abrir. Dado que los encuestadores mismos aún están entendiendo y mejorando sus metodologías, comunicar que las metodologías son secretas, no contribuye en nada a mejorar el entendimiento de las mismas.

Comunicar responsablemente los resultados de una encuesta no “da nota”, pero hacerlo es una responsabilidad ética de los medios. Desafortunadamente la “carrera de caballos” vende, la responsabilidad ética no. Los medios tendrían que discutir dentro de su gremio la forma en que comunican la información que producen las encuestas. No obstante, es claro que no hay debates – al menos públicos – entre comunicadores para revisar el papel que tienen como transmisores de la información.  La pronunciada pendiente en esa curva de aprendizaje, abona a las causas de la “problemática” sobre las encuestas.

 

 

* Rene Bautista es consultor en metodologías de investigación por encuestas en NORC at the University of Chicago. Marco A. Morales es profesor asociado en el Instituto Tecnológico Autónomo de México (ITAM).

 

Las opiniones vertidas por los autores se hacen a título personal, y no reflejan necesariamente la posición de las instituciones con las cuales están afiliados.

 

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