Palos de ciego o de vidente: el gasto público y sus resultados

En una tradición que sostiene que el amor se demuestra en el presupuesto, la mayor parte de los gobiernos gasta en satisfacer clientelas pero no en resolver problemas, como si lo importante no fuera superar una necesidad sino reconocerla, agendarla, asignar recursos para administrarla y, a veces, hasta preservarla. Los recursos públicos se destinan a programas que pretenden ser soluciones, pero cuyos resultados son francamente cuestionables.

Por: Édgar Moreno (@EDimpactoSocial)

Dicen que la locura es “cometer el mismo error esperando un resultado diferente”,[i] pero el sector público parece no estar de acuerdo. Año con año, los gobiernos destinan presupuestos millonarios a programas que no tienen ningún impacto o, al menos, no ha sido medido ni demostrado. Como publicó hace unos días el periódico Reforma, México gasta mucho con pocos resultados. De ahí la necesidad de evaluar más y mejor, usando experimentos para generar evidencia de calidad.[ii]

En México, el sector público invierte en educación más que el promedio de los países de la OCDE, pero tiene los peores resultados. Al menos parte de la explicación es simple: en su mayoría ese gasto se destina a salarios de maestros y funcionarios (93%), aún cuando se ha demostrado que los factores que mejor explican las diferencias en el desempeño académico son externos a la escuela, como el rol de los padres de familia o la comunidad. En el campo sucede algo similar. En la última década, el gasto en el medio rural se incrementó en 2.6 veces; sin embargo, en el mismo periodo la productividad del sector agropecuario creció apenas 0.2 veces. Más de 360 mil millones de pesos se destinarán en 2014, en montos muy semejantes, a casi los mismos programas que durante 10 años no han dado resultados.

¿Pero por qué no sabemos cuál es el resultado de éstas y otras políticas públicas? Porque los gobiernos evalúan poco, incluso en áreas tan importantes como la educación o la seguridad pública. Aún peor, incluso cuando se realizan evaluaciones, éstas pocas veces tienen diseños experimentales, que son el estándar de oro para determinar causalidad entre una política pública y su resultado. La mayoría estudia el diseño y desempeño de los programas, pero no su impacto. De las mil 659 evaluaciones registradas por el Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (CONEVAL) entre 2007 y 2012, sólo 12 (0.7%) fueron diseñadas para medir el impacto de una intervención gubernamental.

En una tradición que sostiene que el amor se demuestra en el presupuesto, la mayor parte de los gobiernos gasta en satisfacer clientelas pero no en resolver problemas, como si lo importante no fuera superar una necesidad sino reconocerla, agendarla, asignar recursos para administrarla y, a veces, hasta preservarla. Los recursos públicos se destinan a programas que pretenden ser soluciones, pero cuyos resultados son francamente cuestionables.

El uso creciente de experimentos, sin embargo, puede ser una alternativa que promueva el uso de evidencia rigurosa en el diseño, implementación y evaluación de políticas públicas en México. A diferencia de lo que se ha dicho durante los últimos 100 años[iii]sobre la imposibilidad de realizar experimentos en las ciencias sociales, hoy es crecientemente aceptado que la efectividad de una política pública no puede establecerse de manera definitiva sin experimentos bien realizados.

A través de experimentos hemos aprendido, por ejemplo, que la desparasitación infantil es una de las intervenciones más exitosas para aumentar la escolaridad y el desempeño académico de un niño, confirmamos que incluso pequeños subsidios a la educación tienen un alto impacto en la asistencia escolar de los estudiantes en condición de pobreza y descubrimos que la forma más eficiente de aumentar la matrícula escolar es comunicar a las familias la medida en que una mayor educación se traducirá en mejores salarios para sus hijos.

Las pruebas aleatorias controladas nos han enseñado también que hay ideas que pueden parecer buenas en principio, pero que no tienen los resultados que se esperan. Por ejemplo, la dotación de computadoras portátiles y tabletas para estudiantes, que ha sido un política perseguida por varios gobiernos para mejorar el desempeño académico a través de nuevas tecnologías, no ha tenido resultados positivos. La evidencia de evaluaciones experimentales sugiere que, por sí solas, estas tecnologías no mejoran el aprovechamiento académico y, en algunos casos, incluso lo perjudican.

La creciente adopción de experimentos en la evaluación de programas ofrece un camino hacia políticas públicas basadas en evidencia, hacia un ejercicio gubernamental más racional y hacia un mayor impacto de las intervenciones públicas. Este movimiento ya ha iniciado en algunos países desarrollados: en 2014, por ejemplo, por instrucciones del Presidente Obama, las dependencias del gobierno federal estadounidense tuvieron que presentar sus propuestas presupuestales con base en evidencia, no sólo en buenas intenciones. Además, tuvieron que destinar recursos a la generación de nuevas evaluaciones que permitan identificar qué sirve y qué no para promover el desarrollo.

En una democracia, los gobernantes tienen que justificar sus decisiones de política pública, y no hay mejor argumento que el conocimiento científico y la evidencia rigurosa. Los gobernantes en México tienen la oportunidad de sumarse al nacimiento de los presupuestos basados en evidencia y dirigidos a implementar políticas públicas exitosas. Si en el campo de la medicina los experimentos son una herramienta obligatoria para determinar la capacidad de un fármaco de reducir o eliminar una enfermedad; si, para proteger la salud, se piden los más altos estándares de pruebas aleatorias controladas; si exigimos que una solución a un problema médico sea probada causalmente, ¿por qué, entonces, no demandamos lo mismo en el ejercicio de los recursos públicos? O, parafraseando a Mario Benedetti, ¿por qué dar palos de ciego si se pueden dar palos de vidente?

 

* Édgar Moreno es Maestro en Administración Pública por la Universidad de Columbia y director general de Impacto Social Consultores.

 



[i] La cita es tan usual como incorrectamente atribuida a Albert Einstein. También hay quienes la imputan a Mark Twain o Benjamin Franklin. Sin embargo, no hay evidencia verificable de que existiera antes de 1979, cuando probablemente se escribióen “TheBasic Text of Narcotics Anonymous”, publicada en 1982. La definición se encuentra citada en un panfleto de la Fundación Hazelden sobre atención de adicciones en 1980 y ¨The Yale Book of Quotations¨la atribuyóen 2006 a la escritora Rita Mae Brown que la incluyóen “Sudden Death”, novela publicada en 1983.

[ii]Gerber Alan y Donald Green. “Field Experiments: design, analysis, and interpretation.” W. W. Norton & Company, 2012.

[iii]Druckman, James y Donald Green Eds. “Cambridge Handbook of Experimental Political Science”Cambridge University Press, 2011.

Close
Comentarios