Pasado y futuro de dos países frente a la corrupción

Como muestra el ejemplo de Georgia, si la población no hace suyas las reformas en materia anticorrupción y no vigila su cumplimiento, los logros obtenidos estarán en riesgo y se abrirá una oportunidad para que algunos grupos intenten debilitar las instituciones o se aprovechen de ellas.

Por: Joel Salas Suárez (@joelsas)

De cara a las elecciones de 2018 debemos preguntarnos ¿qué tipo de país queremos construir? Hace 14 años Georgia estaba pasando por uno de sus peores momentos: la corrupción dominaba todos los aspectos de la vida cotidiana. Fenómenos como los sobornos eran parte natural del proceso de admisión a la universidad y ser policía era reconocido por la población como una “licencia para robar”. En 2003, ocupaba el lugar 124 de 133 en el Índice de Percepción de Corrupción realizado por Transparencia Internacional. Por si fuera poco, el presidente, quien había llegado al poder después de un golpe de Estado, arregló las elecciones parlamentarias. Parecía que Georgia se iba a hundir bajo el dominio autocrático que caracteriza a muchas de las antiguas repúblicas soviéticas.

Entonces sucedió algo que parecía impensable. Los ciudadanos, “armados” con flores, entraron al parlamento para exigir la renuncia del presidente. El líder de la Revolución de las Rosas, Mikel Saakashvili, subió al pódium vacío, se terminó el té que el presidente había olvidado en su huida y proclamó un nuevo comienzo para el país. El programa era simple: acabar con la corrupción y promover la trasparencia y el gobierno abierto. Entre las primeras acciones emprendidas por el gobierno destacan la renovación del servicio civil y la policía. Posteriormente adoptaron compromisos como crear portales electrónicos para que los ciudadanos puedan consultar los servicios de salud o participar en la creación del presupuesto local.

 

Hoy Georgia se encuentra en el puesto 44 del índice anterior, 80 lugares más arriba. De ser el país del soborno, se convirtió en el país donde solo 15 % de la población desconfía de la policía. El cambio es tan profundo que ha modificado sus ciudades. Entre las construcciones de concreto han surgido edificios con amplios ventanales. Los servidores públicos trabajan literalmente en cajas de cristal. Georgia pasó de ser uno de los lugares más corruptos del mundo a ser un ejemplo para todos los países en los que esta práctica parece inevitable.

A pesar de los avances, el impulso reformista se ha deteriorado. Saakashvili fue acusado de abusar de su poder y de permitir irregularidades. Hubo casos en los que para avanzar algún otro objetivo el presidente podía “mirar hacia otro lado”. En 2012, su partido perdió las elecciones y fue sustituido por otro con un menor compromiso con esta agenda. Estos eventos no destruyen los logros del país, pero ponen en duda que los efectos de las reformas puedan sostenerse en el largo plazo.

En México si bien la transparencia, la participación ciudadana y la prevención de la corrupción son temas que en los últimos años se han convertido en prioridades en la agenda pública, seguimos enfrentando grandes retos. El Sistema Nacional Anticorrupción (SNA) se ha erigido como un espacio de coordinación e intercambio entre instituciones gubernamentales y organizaciones de la sociedad civil con el objetivo de establecer mecanismos que prevengan y controlen este fenómeno. Sin embargo, a la fecha existen diversos impedimentos para que funcione completamente. La falta de designación del Fiscal Anticorrupción y los rezagos en la implementación que aún presentan los sistemas locales en algunas entidades federativas son los más apremiantes. Pero la carencia más relevante es la ausencia de una Política Nacional Anticorrupción que articule el trabajo entre las instituciones públicas y los distintos niveles de gobierno, hasta ahora solo tenemos las piezas y las sillas, falta la estrategia para constituir un verdadero Sistema Nacional Anticorrupción.

 

En este contexto podríamos aprender varias lecciones del caso georgiano. Primero, Georgia muestra que, aun partiendo de un escenario adverso, es posible reducir la corrupción rápida y significativamente. La segunda lección es que las reformas y acciones para lograr esto pueden provenir de una alianza entre un grupo reducido de políticos y sociedad civil que trabajaron de la mano para proponer una serie de reformas. Sin embargo, los objetivos cambian y la voluntad de la clase política puede menguar. Esto nos lleva a la lección más importante: si la población no hace suyas las reformas y no vigila su cumplimiento, los logros obtenidos estarán en riesgo y se abrirá una oportunidad para que algunos grupos intenten debilitar las instituciones o se aprovechen de ellas.

Para conservar y profundizar nuestros avances en transparencia y prevención de la corrupción no solo debemos exigir a todos los candidatos en la próxima elección un compromiso con estos principios y nuevos diseños institucionales para llevar el SNA y los sistemas locales hasta sus últimas consecuencias. La población también debe apropiarse de esta agenda y hacer todo lo que esté a su alcance para defenderla y asegurar una adecuada implementación. Las reformas pueden venir de una alianza ente políticos y actores de la sociedad civil, pero nos corresponde a todos asegurar que no sean solo discurso y llevarlas a la práctica para construir un México más justo para todos. ¿Qué país elegiremos construir a partir de la elección del 2018?

 

* Joel Salas Suárez es comisionado del INAI y coordinador de la Comisión de gobierno abierto y transparencia.

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