Veintisiete de junio

Sabemos de generación en generación que nuestro trabajo tiene como objetivo central la reconstrucción de los sismos del veintisiete de junio de cada año.

Por: Gonzalo Hernández Licona

 

…cuando se altera el orden de la realidad se produce una reacción biológica en la especie, o viceversa. Julián Meza / Hernández L.

 

Los sismos hacen ver dos ciudades distintas, una la de la víspera: hermosa, enorme, impecable, llena de vida, y otra la de los días posteriores: gris, negra, acabada. Los que vivimos en ella sabemos que se trata de la misma y que nuestro trabajo, responsabilidad y empeño hacen la diferencia. Es la tristeza por los seres queridos que se van en esos días lo que, en un primer momento, nos tiene desconsolados y con la esperanza olvidada en los escombros que empezamos a remover inmediatamente. Sin embargo, recordamos entonces que tenemos el deber de levantarlo todo otra vez. Que la vida, aunque mermada, camina más rápido que nuestra pena, y los que todavía seguimos aquí habremos de darle a esta ciudad la forma y figura que ha sido nuestro orgullo por muchas generaciones.

A pesar de que el sismo llega el mismo día y a la misma hora desde hace varias décadas, el pánico se generaliza por unos minutos. El sonido es siempre angustiante; se oyen crujir las construcciones a nuestros pies, a los lados, y las partes altas de las estructuras emiten el pavoroso ruido de la caída. Al mismo tiempo, como un solo grito se escuchan las voces de aquellos que directamente reciben el peso de las vigas, los vidrios y el cemento; segundos después, su silencio es tan profundo que sabemos será para siempre. Inmediatamente el polvo y el humo lo cubren todo y se siente el ahogo repartido en la garganta y en el presentimiento de no ver más a personas que tanto hemos querido. Pero la ciudadanía se repone y saca fuerzas precisamente de la memoria de los muertos, que alguna vez también trabajaron incansablemente en la eterna reconstrucción de la ciudad.

Con la práctica de varios años, la planeación milimétrica del gobierno y la participación de toda la sociedad, la organización se ha llegado a perfeccionar de manera impresionante, ya que ser precavidos ha sido forzosamente nuestra forma de vida. Ahora todo lo hacemos bastante rápido, a pesar de los momentos iniciales de desaliento. Eso le da seguridad a la población. Saber que todos los veintisiete de junio a las once y cuarto de la mañana están las personas especializadas de rescate repartidas en las calles y listas a la espera de que los movimientos del suelo irrumpan en todos los rincones, nos hace trabajar con dedicación y sin distracciones, poniendo nuestro mayor esfuerzo en las importantes labores cotidianas, como si fuera cualquier otro día. Nadie deja sus actividades ni un minuto porque sabemos que los recursos que generamos cada día del año son los que de manera íntegra usaremos para la reconstrucción que empezará en pocos minutos.

Como cada año, en punto de las once treinta y tres, el primer movimiento, trepidatorio, con una duración de sesenta segundos y magnitud 8, empieza a fracturar los edificios más altos y en las calles aparecen algunas grietas. Los hombres de rescate, con la ayuda del mejor equipo que la experiencia y la tecnología han diseñado, se preparan a entrar en acción, aunque en sus rostros también se puede descubrir el pánico al escuchar el ruido de los bloques de construcción que se derrumban en medio del polvo que esconde momentáneamente los sucesos. Sin embargo, nadie puede hacer nada todavía porque todos sabemos que hay que esperar el segundo temblor, a las once cincuenta, oscilatorio, de treinta y cinco segundos y de magnitud 7.4, en el que las edificaciones dañadas por el primer sismo ceden a la gravedad el derecho sobre ellas, y aparecen hondas cuarteadoras en paredes y techos de construcciones menores.

La ciudad se aprecia entonces en su verdadera dimensión, devastada y minimizada hasta casi no creerlo. De los edificios semidestruidos con dificultad salen algunas personas con heridas de gravedad; ellas se salvaron, muchas otras quedaron dentro, atrapadas en los pisos octavo, segundo, décimo, vigésimo. En ese instante, aquellos que afortunadamente no poseen lesiones graves y que en su mayoría son los que tienen la suerte de laborar en lugares de una sola planta, comienzan las diversas acciones que cada quien ya conoce desde hace tantos años.

Y es que en la tarea de extremar previsiones para ganarle la tarea al tiempo, todos nos hemos capacitado durante muchos años en las actividades más urgentes que se requieren cuando los sismos. Las profesiones del diario se olvidan unos días y entonces somos camilleros, bomberos, administradores de los almacenes de bienes básicos, conductores de grúas, trascabos y ambulancias, organizadores del tráfico, enfermeros, removedores de escombros. Poco a poco nos vamos incorporando de manera eficaz al trabajo conjunto del rescate. Los helicópteros que sobrevuelan la ciudad indican los lugares en los que hay que concentrar principalmente la ayuda. Casi siempre son escuelas, edificios de oficinas, viviendas y hospitales, pues a esas horas es ahí donde más gente se encuentra. La ciudad se convierte en un ir y venir constante, movimiento ininterrumpido en calles y avenidas, transportando lo necesario a los que directamente levantan escombros con la esperanza de rescatar a personas aún con vida o con la angustia de encontrar cuerpos ya inertes.

De igual forma, se inicia el trabajo continuo y coordinado en los lugares atinadamente previstos para albergues y hospitales complementarios. Los albergues se encuentran localizados a dos o tres cuadras de los edificios de vivienda más altos y de mayor densidad, como departamentos de interés social, multifamiliares y condominios de varios pisos. De esta manera, la transportación de las familias que no perecieron, pero que se quedaron sin hogar, a lugares más seguros y con todos los servicios es casi inmediata. Simultáneamente un grupo de personas preestablecido se encarga de llevar a estos albergues los alimentos, el agua y la ropa que han sido almacenados para estos días a lo largo de todo el año.

Los diálogos durante los días de rescate son pocos, hay un silencio patético que contrasta con la actividad física rápida y tenaz. Es el dolor por la catástrofe que vuelve a minar nuestras vidas lo que nos hace masticar la tristeza sin ruido. El silencio también se refuerza porque la experiencia nos ha enseñado lo que tenemos que hacer sin decir palabras: con sólo una mirada comprendemos que hay que seguir paleando en aquel rincón, con sólo una mirada pedimos más agua a las personas avocadas a esa tarea, con una sola mirada la madre que lleva treinta horas al pie del edificio de oficinas públicas derrumbado, nos dice que efectivamente es su hijo el de la cara hecha pedazos, porque esa era la hebilla del cinturón de hace algunos cumpleaños.

Pocos días nos lleva ya el rescate de todas las personas que hubieran quedado atrapadas con vida en las construcciones afectadas, pues esto siempre ha sido en cierta manera prioritario año con año. Los cadáveres van siendo identificados conforme se localizan en lugares donde ha habido mayores daños. El personal especializado en esta tarea siente que el encuentro directo con la muerte, consecuencia máxima de los sismos, otorga el coraje necesario para seguir con responsabilidad ganando la batalla a la naturaleza implacable. Los muertos suman miles, pero al conocer el número final, nosotros sabemos darle el peso exacto porque lo sentimos muy cerca: cada uno de esos números tiene dueño y lo llamábamos madre, tío, novia, amigo o dependiente de la miscelánea de los domingos. En los años en los que el veintisiete de junio, el día del nuestro sismo anual, es día de asueto o de fin de semana, las tareas de rescate cambian ligeramente porque los hombres especializados y el esfuerzo de los que nos hemos salvado se concentra en las viviendas multifamiliares de más altura, donde a la hora de los sismos se encuentra la mayoría de la población, ya que las escuelas y casi todos los edificios de oficinas afortunadamente están vacíos. Aunque la cifra de muertos y heridos no cambia mucho por este hecho –debido a que un gran porcentaje de los ciudadanos vivimos en edificios altos-, siempre nos queda el consuelo de recibir la catástrofe con el apoyo y la compañía de nuestros familiares.

El levantamiento de la ciudad no se retrasa ni un solo día. Justo después del rescate urgente de vidas, el esfuerzo principal e incansable es volver a erigir las construcciones destruidas en el menor tiempo posible. Devolverle a la ciudad la alegría y la belleza que siempre la ha caracterizado es un deber que todos hemos llevado por muchos años. Desde tiempos inmemoriales nuestra ciudad ha sido el asombro de propios y extraños que quedan maravillados por las dimensiones de los edificios, por sus parques arbolados, por los sistemas de transporte que la cruzan en puentes y subterráneos, por los centros comerciales llenos de vida y las fábricas que la vigilan día y noche.

Es por esto que mientras volvemos a erguirla, guardamos el dolor y el recuerdo de los muertos en la caja de cosas importantes y no los volvemos a ver hasta que cada uno de los edificios haya quedado exactamente en el mismo lugar que siempre ha tenido, con el mismo tamaño, con la misma estructura, con los mismos materiales de siempre, para que nada cambie el orden asignado desde hace tanto tiempo. Los planos de las construcciones que nuestro gobierno eterno diseñó desde hace incontables décadas, y que cada año se conservan en lugares fuera de peligro, son seguidos e interpretados detalladamente por ingenieros, arquitectos e incluso voluntarios, que sabemos de edificaciones tanto como de nuestra profesión cotidiana, misma que en ese momento tenemos que volver a tomar a la par de la reconstrucción.

Porque nuestro trabajo en comercios, fábricas, escuelas, oficinas, mercados, bancos ha tenido como meta principal el sostén económico para poder levantar lo caído. Sabemos de generación en generación que nuestro trabajo tiene como objetivo central la reconstrucción de los sismos del veintisiete de junio de cada año. Nuestra responsabilidad se divide, no sin entusiasmo, en acomodar ladrillos, resanar paredes, sostener vigas, colar techos y hacer mezclas durante las noches de varios meses después de los sismos; así como en el trabajo cotidiano a conciencia durante las mañanas y las tardes de todos los días del año.

Poco a poco nos vamos sintiendo enteros, cada edificio que se levanta con las mismas características que hace años, cada vivienda que se reconstruye con los mismos planos que la construyeron nuestros abuelos, cada escuela que puede volver a recibir a los estudiantes en sus aulas, es un miembro que de nuevo posee vida propia y que nos brida la esperanza de la ciudad impecable de nuestros recuerdos. El esfuerzo multiplicado que se acumula cada día jamás es en vano, porque seis meses después de los sismos podemos subirnos al último piso del edificio más alto y contemplar el paisaje sin gota de desastre, cada piedra en su lugar y las formas enteras de cemento como un inmenso mar que a lo lejos se confunde con los cerros, testigos también de la belleza infinita de la que somos capaces.

Es en ese momento, cuando recogemos la memoria de nuestros muertos irrepetibles y en la plaza principal colocamos solemnemente una placa alusiva a la tragedia. Ahí junto a las ya incontables placas de metal sin brillo que hemos venido colocando durante tanto tiempo, para recordar a las víctimas de los sismos que todos los años han asolado la ciudad los días veintisiete de junio, en punto de las once treinta y tres y las once cincuenta de la mañana.

 

* Gonzalo Hernández Licona es fundador y Secretario Ejecutivo del Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (CONEVAL). Este texto fue escrito después del sismo del 27 de junio de 1995.

 

 

Nota del autor:

En 1986-87 fui uno de los elegidos para recibir la beca literaria Salvador Novo, que entregaba el Centro Mexicano de Escritores, en la categoría de Cuento. En ese año practicamos la escritura semanal y nos enseñaban algunas técnicas literarias. Eso me llevó a escribir diversos cuentos en los siguientes años. No mucha producción, pero sí con entusiasmo. Uno de esos cuentos fue el que aquí presento. La idea inicial surgió en los talleres de 1986-87 un año después del terremoto de 1985, en el cual fui socorrista universitario, tal y como hoy lo han sido muchos jóvenes. Ante la ineficiencia y falta de planeación del gobierno en 1985, me preguntaba qué pasaría en un país que, sabiendo que puede tener desastres naturales cada año, hiciera todo igual cada vez, sin resolver lo principal que es la prevención y el cambio radical para salvar vidas. De ahí la idea “absurda” de tener un sismo cada año, el mismo día, a la misma hora; que la gente estuviera prevenida, pero NO en lo esencial: salvar vidas. La idea surgió en esos talleres de 1986-87, pero como yo estudiaba Economía (y no Literatura), y en 1992 inicié mis estudios de posgrado, lo de los cuentos quedó un poco a un lado. A los 10 años del temblor de 1995 decidí terminar este cuento corto y decidí que en esa ciudad habría un sismo anual el mismo día: en vez de que fuera el 19 de septiembre, que era como muy obvio, lo puse el 27 de junio, que es mi cumpleaños. Se lo mostré a un par de amigos y nada más. Pero cuando el 19 de septiembre de 2017 volvió a temblar, creí que era buena idea hacerlo público. Al menos sólo por la coincidencia.

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