En defensa de la representación democrática

Preocupa que se considere que la solución a la crisis política de nuestro país sea excluir a más personas de participar de la política con base en su educación formal, o bajo cualquier criterio.

Por: Armando Luna Franco (@drats89)

Una de las primeras cosas que se aprende, al empezar la formación como politólogo, es que no se puede estudiar para ser político. Hacer política no pasa por un proceso de formación replicable y uniforme. La principal cualidad de la política es su contingencia: la política que se hace hoy no es la misma que se hacía hace 5, 10, 15 o 20 años. La política es el reflejo más palpable de la dinámica de la vida humana, y responde a los estímulos de las personas que se integran a ella, y del entorno en que se lleva a cabo.

La condición contingente de la política le permite tener tres perspectivas: puede abordarse como arte, como ciencia y como técnica. Esta triple condición complica, en ocasiones, circunscribirla a un ámbito específico, como también lo complica el hecho de que cada comunidad presenta diferentes cosas que le son comunes: problemas, necesidades, recursos, entornos y situaciones. En la política, tiempo y espacio son dimensiones que siempre se están jugando, que son tanto objeto como sujeto de ella.

Quienes toman parte de la política conjugan en su actuar, pensar y hablar las tres perspectivas que mencionaba. Si se estudia la política, se puede conjugar el elemento científico con el arte o con la técnica: mediante un procedimiento metódico, que recupera en su trabajo herramientas analíticas y teóricas, se explica, describe o critica los actos políticos que ocurren, sean institucionales, culturales, o simbólicos. Hay ciencia y técnica, por ejemplo. Hay arte, también, cuando se trabaja en el proceso político, y se implementan los saberes para responder a demandas concretas, coyunturales.

Una figura política, en cambio, conjuga arte y técnica. Arte en tanto debe materializar con sus acciones una voluntad concreta que incida en el desarrollo político de la comunidad. Técnica en tanto dicha materialización requiere de conocer y ejercer recursos políticos de manera intencionada, que le permita alcanzar la meta que refleja el arte. En ese trayecto, puede apoyarse de los politólogos, que instrumentan sus saberes para finalidades como esas, por ejemplo.

La ciudadanía oscila constantemente entre el arte, la ciencia y la técnica. De manera sucinta, ejerce la técnica cuando vota, cuando forma parte de un proceso de gobierno, cuando realiza trámites en la administración pública. Cuando expresa sus opiniones en torno a los asuntos políticos cotidianos, conjuga arte y ciencia, pues recoge en sus expresiones diferentes saberes que, mediante un arte retórico, permiten tomar postura sobre esos asuntos. También hace arte, por ejemplo, al relacionarse en comunidad en torno a situaciones o problemas comunitarios.

Esta breve reflexión sobre los atributos y condición de la política se relaciona con el debate que ha suscitado el perfil de los representantes populares. Debate recurrente que se acentúa en momentos donde el escrutinio a esas figuras es más profundo. En particular llama la atención que se haga énfasis en las y los legisladores cuando se habla de este debate. La idea, en suma, tiene que ver con la exigencia, entre diferentes voces ciudadanas, de que quienes legislen cuenten con un perfil profesional para desempeñar su labor.

La exigencia no es gratuita. Una de las principales deudas de la alternancia política, y la apertura inacabada del régimen político, fue garantizar una mayor calidad ética de la política, que dicha calidad se reflejara en leyes que procuraran el bien común, ofreciendo soluciones plausibles a problemas profundos de la república. Sin embargo, la alternancia y la apertura han devenido en una degradación y deslegitimación de los representantes, quienes una vez en los puestos, han procurado su beneficio e interés personal antes que el colectivo.

El caso más reciente de este debate se dio a raíz de los gritos homofóbicos expresados por un conjunto de diputadas priístas contra un senador de Morena, en el pleno de la Cámara de Diputados. Se ha afirmado que, si se exigiera a las y los diputados un título profesional, cosas como éstas no ocurrirían. Eréndida Derbez, en Twitter, destacó que las legisladoras cuentan con formación universitaria, echando por tierra el argumento de que la formación profesional se equipara a una conducta ética.

Proponer una exclusión con base en la educación formal es una respuesta clasista al problema. Clasista en tanto omite las brechas importantes de acceso a la educación en nuestro país, definidas por sexo, por estrato socioeconómico, por origen étnico, por mencionar sólo las distinciones más inmediatas. Y esto sin mencionar el dilema que implicaría seleccionar qué tipo de formación profesional sería preferible para participar en puestos de representación popular. Como expuse al principio del texto, no hay una forma replicable de aprender a hacer política, ni un perfil óptimo.

En suma, es un clasismo que, en el mejor de los casos, es ciego ante las desigualdades sociales que la educación refleja, y en el peor de los casos sólo explicita el trasfondo discriminatorio de las personas que apoyan esta propuesta. A ellos también valdría la pena responder que una educación formal no significa calidad ética o sentido político para gobernar: Enrique Peña Nieto, por mucho estudio, ha sido marcado por escándalos de corrupción, como también lo ha sido Ricardo Anaya, y la plétora de gobernadores emanados de sus partidos. Educación no garantiza virtud.

Preocupa que se considere que la solución a la crisis política de nuestro país —que nace de la crisis institucional de la representación democrática— sea excluir a más personas de participar de la política con base en su educación formal, o bajo cualquier criterio. Que personas como las legisladoras del PRI o inserte al personaje político que se le hace despreciable aquí, lleguen a puestos de elección popular es sólo un síntoma de la enfermedad. La crisis de representatividad no se soluciona reduciendo la representación, sino ampliándola.

La organización política de nuestro país, plasmada en el artículo 40 constitucional, es clara: somos una República representativa, democrática, laica y federal. Esto significa que la participación en la república (la cosa pública en su acepción latina) se da a través de una re-presentación que se basa en un principio democrático (es decir: incluyente), sin sesgo por credo religioso alguno, y que vela, en su postura, por las necesidades e intereses de la parte de la federación que constituye dicha república. Toda propuesta que vaya contra los principios fundacionales de la república debe denunciarse.

Antes que demandar criterios excluyentes para participar en la representación, es necesario exigir que los partidos políticos, como medio de representación, abran sus procesos de selección de candidatos a esos puestos, que en dicha apertura se abra a la participación local de su militancia. Que si la ciudadanía decide participar de la representación de manera independiente cuente con los mecanismos para acceder a la competencia electoral en igualdad de condiciones, y que dicho pacto representativo tenga los sustentos normativos para garantizar una representación plena.

El sustento de la partidocracia reside en la clausura de la representación. Cualquier medida que la facilite sólo ahondará en la crisis política, más que resolverla. Es nuestro deber ciudadano abrir la representación, y fortalecer en el camino la participación, la incidencia directa de la ciudadanía, alcanzando una comunidad republicana que fortalezca y enriquezca la representación ante los órganos políticos que reflejan el pacto constitutivo del Estado: el poder legislativo y el poder ejecutivo. Sólo en esa medida podremos salir de la crisis política que nos afecta indistintamente.

 

* Armando Luna Franco es Politólogo por la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales, especializado en filosofía y teoría política, y sistemas electorales. Sus principales intereses son la participación política y construcción de comunidad republicana.

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