Premiar el trabajo, no la riqueza

El 82% de la riqueza que se generó el año pasado en el mundo fue a parar a manos del 1% más rico de la población. Entretanto, los 3,700 millones de personas que forman la mitad más pobre no vieron ningún incremento en su patrimonio. Nada. Cero.

Por: Winnie Byanyima

Esto es algo que casi nunca nos cuentan cuando somos pequeños: nuestro mundo premia la riqueza, no el trabajo duro ni el talento.

Me dolería mucho decirle a nuestras niñas y niños que ya están perdiendo. La injusticia que encierra sería demasiado horrible, demasiado difícil de explicar. Pero así es el mundo que hemos construido.

Un mundo en el que el 82% de la riqueza que se generó el año pasado fue a parar a manos del 1% más rico de la población.

Entretanto, los 3 700 millones de personas que forman la mitad más pobre del mundo el año pasado no vieron ningún incremento en su patrimonio. Nada. Cero.

El mundo pertenece a las personas ricas, y el lugar donde tal injusticia es más evidente es el trabajo.

Las grandes corporaciones están reduciendo los sueldos y las condiciones laborales en todo el planeta para maximizar los beneficios de sus accionistas. Usan su poder e influencia para asegurarse de que las reglas que se establezcan vayan en consonancia con sus intereses, cueste lo que cueste.

Muchos de nuestros Gobiernos no solo dejan que esto ocurra, sino que lo facilitan de manera activa. En una carrera frenética por aumentar el PIB, disminuyen drásticamente los impuestos a las grandes empresas y despojan a las personas trabajadoras de sus derechos y sistemas de protección.

¿Los resultados?

Mujeres en fábricas abarrotadas y asfixiantes de Bangladesh cosiendo por un salario de pobreza las ropas que compraremos a un precio ínfimo.

Mujeres limpiando habitaciones de hoteles de lujo, asustadas de denunciar incidentes de acoso sexual por temor a perder sus trabajos.

Trabajadores del sector avícola de los Estados Unidos, el país más rico del mundo, forzados a llevar pañales porque se les niegan pausas para ir al servicio.

Sin embargo, allá arriba, en los consejos de administración, muy lejos de este sufrimiento y trato indigno, las cosas están mejor que nunca. Los accionistas y directivos de las grandes empresas están disfrutando de unos beneficios récord.

Esta semana, las élites políticas y empresariales del mundo se reúnen cuatro días en Davos (Suiza). Solo en ese breve lapso, se estima que las fortunas de los milmillonarios del mundo engordarán unos 8 000 millones de dólares.

Si lo analizamos de otra forma, tenemos lo siguiente: mientras que nueve de cada 10 milmillonarios son hombres, en los empleos peor pagados y menos seguros lo que más abunda son mujeres.

Hoy por hoy, esa es la realidad de la “prosperidad” de nuestro mundo, que se construye a expensas de los trabajadores de todo el planeta.

No queremos contar a las niñas y niños que en realidad la suerte ya está echada y que ya han perdido desde el principio. En lugar de eso, podríamos contarles que con pasión, convicción y determinación podemos construir un futuro mejor.

Ese futuro es posible rediseñando nuestra economía para recompensar de verdad el trabajo duro, en lugar de la riqueza.

El Informe sobre la desigualdad global, publicado el mes pasado por el Laboratorio sobre la Desigualdad Global de la Escuela de Economía de París, demuestra que la acción de los Gobiernos puede reducir significativamente la desigualdad. Algunos políticos con visión de futuro, de distintos lugares del mundo, ya están demostrando que es posible.

Hace pocas semanas Islandia aprobó una ley que declara ilegal que las empresas paguen a las mujeres menos que a los hombres por el mismo trabajo, en el marco de los planes del Gobierno para erradicar la brecha de género para 2020.

Desde 2010, Ecuador exige a las empresas privadas que reparten dividendos entre sus accionistas que paguen a todos sus empleados y empleadas un salario digno que cubra el coste de vida básico. Esto impulsó el incremento gradual del salario mínimo en Ecuador hasta un nivel “digno” conforme al coste de los productos básicos. Así, esta medida benefició a centenares de miles de trabajadores y trabajadoras y desmontó el mito de que los salarios decentes y la creación de empleo son incompatibles. Ecuador tiene una de las tasas de desempleo más bajas de América Latina.

Estos ejemplos, entre otros, muestran que soluciones no faltan. Lo que falta es voluntad política para ponerlas en marcha.

También necesitamos líderes empresariales que comprendan los beneficios de contar con una mano de obra bien pagada y una sociedad que funcione bien. Hace décadas, Henry Ford reconoció que favorecía más la prosperidad a largo plazo de sus negocios si pagaba a sus trabajadores lo suficiente para que pudieran comprarse los coches que construían.

En Davos, instaré a los líderes políticos a que limiten las remuneraciones a los accionistas y altos ejecutivos, introduzcan una renta mínima establecida por ley, creen sistemas fiscales más justos, inviertan en salud y educación y encaucen una revolución tecnológica que beneficie a todas las personas. Haré un llamamiento a los líderes del sector privado para que dejen de pagar dividendos astronómicos y salarios exorbitantes a los altos directivos hasta que puedan garantizar que sus trabajadores están cobrando una renta mínima y que pagan precios justos a los proveedores de sus cadenas de suministro.

Estoy segura de que todos los líderes políticos y empresariales con los que hable en Davos serán sensibles a mis preocupaciones sobre la crisis de desigualdad. Pero, al igual que cientos de millones de personas, espero cada vez con más impaciencia que actúen.

 

* Winnie Byanyima, directora ejecutiva de Oxfam Internacional.

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