Un traje para volverse invisible

La indefensión de los jóvenes ante un maltrato de la naturaleza que se presume padeció Marco Antonio tiene color de piel, huele a transporte público y no es hijo de alguien.

Por: Eduardo Reyes (@eduardoreyesc)

Hace unos años estuve involucrado en un proyecto de promoción de emprendimiento social para jóvenes universitarios. Éste implicaba darles talleres bajo la premisa general de idear soluciones viables que resolvieran un problema social que les resultara familiar. Después de un tiempo haciendo esto casi podía adivinar qué problemas les interesarían y de qué color sería la app con la que pensaban resolverlo. Hasta que un grupo propuso algo que nunca había escuchado.

“Un traje para volverse invisible”, era la solución de este grupo. Cosa que me pareció muy simpática hasta que pregunté qué problema resolvía ese traje: el abuso de los policías al salir de la escuela. Era un grupo de estudiantes de varias universidades tecnológicas en el Estado de México. A nadie en ese taller le pareció un problema desconocido y, peor aún, nadie se burló de la inviabilidad de la idea. En su experiencia no había confianza real en la posibilidad de una solución más sencilla ni en que el problema fuera a ser resuelto por autoridad alguna.

Lo ocurrido con Marco Antonio Sánchez Flores no sería novedad para ese grupo de jóvenes. Si bien aún falta mucho por conocer en este caso, queda claro que estos jóvenes son extraordinariamente visibles para quienes ven en ellos un blanco fácil para el abuso, el prejuicio y la desatención selectiva. Y ahí ponen la mira igual la corrupción de un policía que la irresponsabilidad de un juez, el conflicto de interés de un periodista que la ineptitud de un gobernante, por mencionar algunos.

Es pertinente, aunque doloroso, precisar que lo ocurrido a Marco Antonio durante estos días no le puede pasar a cualquiera. No le pasa a cualquiera. La indefensión de los jóvenes ante un maltrato, de la naturaleza que se presume, tiene color de piel, huele a transporte público y no es hijo de alguien, entre otras injustas desventajas que no deberían ser, menos tratándose de un menor. No reconocerlo es preservarlos víctimas y, además, volverlos invisibles con el traje que el grupo que conocí se imaginó como defensa.

Legal y humanamente se merecen más que eso.

 

* Eduardo Reyes es consultor en comunicación estratégica y asuntos públicos.

 

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