Liberales y conservadores

Que Krauze o Silva-Herzog sean conservadores no les quita lo liberal, así como afrentar el orden social vigente no le quita a López Obrador lo ultraconservador.

Por: Pablo Majluf

Después de que López Obrador, juarista autoproclamado, acusara a dos intelectuales públicos –Enrique Krauze y Jesús Silva-Herzog, ambos críticos suyos– de ser conservadores disfrazados de liberales, volvimos a preguntarnos sin mucho éxito qué significa ser liberal y qué conservador en el contexto mexicano, cuestión antigua.

En lo más sucinto de la RAE, el liberalismo es “una filosofía política que defiende la libertad individual y la iniciativa privada, y limita la intervención del Estado y de los poderes públicos en la vida social, económica y cultural”. Y el conservadurismo, una doctrina “especialmente favorable a mantener el orden social y los valores tradicionales frente a las innovaciones y los cambios radicales”. En pocas palabras, el liberalismo es una filosofía política, el conservadurismo una actitud en el tiempo.

La primera y más obvia conclusión es que no son posturas forzosamente contradictorias. Se puede tener ambas a la vez. Por ejemplo, alguien que defiende el libre mercado cuando es el statu quo, puede ser un apologista de la libertad al mismo tiempo que un guardián de la tradición. Y también, desde luego, se puede ser una u otra: alguien que plantea la propiedad privada en un país socialista es liberal, no conservador, de la misma manera que alguien que promueve el corporativismo en una sociedad colectivista es conservador, no liberal. Así, puede haber infinidad de combinaciones según el país, tema y, sobre todo, el orden social vigente. Y dado que éste cambia constantemente, los que una vez fueron liberales pueden ahora ser conservadores y viceversa.

Lo que sucede es que a nosotros (en los libros de la SEP) nos enseñaron el espectro mexicano del siglo XIX, en donde ambas corrientes –a imagen y semejanza de las distribuciones europeas del siglo anterior– sí eran contradictorias, sobre todo alrededor del secularismo. Y ésa parece seguir siendo la noción de López Obrador, como la de muchos mexicanos.

Su engaño retórico, conforme a buena parte de los populistas latinoamericanos, es doble: por un lado, consiste en hacer creer que los conservadores no pueden ser liberales, lo cual le permite desacreditarlos como “retrógrados”, anular sus valores liberales y promover una agenda en el fondo antiliberal. Y, por otro, en vender el cuento de que toda afrenta al orden social vigente es automáticamente progresista o anticonservadora, cuando a menudo lo que se pretende es regresar a un pasado todavía más lejano. Con esta trampa, los populistas latinoamericanos más conservadores, disfrazados de progresistas, pueden acusar a prominentes liberales como Vargas Llosa o Krauze de ser de ultra-derecha.

Encima está que el liberalismo propiamente nunca ha florecido en México o América Latina. Recordemos, primero, que llegó un siglo después, cuando Estados Unidos y Europa ya estaban en plena revolución industrial; y, luego, que se llenó de vicios: usado más como subterfugio nacionalista de las élites para justificar las independencias, que como verdadera causa ideológica. ¿Hubo grandes liberales mexicanos? Sí, desde luego, pero el liberalismo nunca logró su cometido principal: defender la libertad individual frente a los hombres de poder. Y apenas pareció materializarse, vinieron los colectivismos (en México el PRI, en Argentina Perón) que lo satanizaron de individualismo anglosajón inmoral.

Así, difícilmente podríamos considerar a Juárez un liberal… ni siquiera para los tiempos en que vivió: jamás le hizo caso al Congreso ni a las cortes ni a la Constitución. Le quitó el poder a la Iglesia, sí, pero para dárselo a sus amigos, uno de los cuales lo sucedió y permaneció en la silla 34 años. Que López Obrador se autodenomine juarista no sólo no lo hace liberal sino que incluso lo podría volver conservador.

Si nos atenemos a nuestras definiciones, es obvio que López Obrador ha entrado en una contradicción incauta. Bajo ninguna pirueta semántica se podría excluir del máximo conservadurismo a alguien que, en pleno siglo XXI, condena el matrimonio del mismo sexo o la despenalización del aborto; que propone regresar a la Constitución de 1917; que pretende desmantelar la reforma energética para regresar al modelo petrolero anterior; que constantemente reivindica los sueños revolucionarios de justicia social; que respalda los linchamientos públicos como expresiones de voluntad popular sabia; que evita el debate o abiertamente lo imposibilita; cuyos adeptos admiran a las figuras más reprobables del totalitarismo soviético… entre otras cosas. En todas estas líneas, se desvela un personaje profundamente conservador, es decir, que pretende… ya no digamos conservar, sino regenerar ordenes sociales pasados.

Que Krauze o Silva-Herzog sean conservadores no les quita lo liberal, así como afrentar el orden social vigente no le quita a López Obrador lo ultraconservador. Pequeñas aclaraciones para que los embaucadores no nos agarren desprevenidos.

 

* Pablo Majluf es periodista y maestro en Comunicación por la Universidad de Sydney, Australia. Es coordinador de información digital del Centro de Estudios Espinosa Yglesias (CEEY). Las opiniones de Pablo Majluf son a título personal y no representan necesariamente el criterio o los valores del CEEY (@ceeymx).

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