Los dueños del mundo: Grupo Bilderberg

150 personas integrantes de las élites empresariales, financieras, políticas y académicas más poderosas del mundo, se juntan para discutir bajo un total hermetismo los intereses que estos individuos detentan en una escala planetaria.

Por: Martín Klimek

Tengo que confesar que por falta de información puntual, hasta hace apenas unos pocos años me enteré de su existencia. Sin embargo, una vez que comencé a ahondar en sus archivos, mi curiosidad fue en morboso aumento. Por lo que se dice, su fundación se remonta al año de 1954, apenas 9 años después de terminada la Segunda Guerra Mundial, por lo cual, si hacemos números y atendemos su carácter multianual, estas alegres tertulias habrían derivado en aproximadamente unos 63 encuentros hasta el 2017.

Si nos vamos inocentemente por las formas, tomando por ejemplo, la manera inocua en la que se describen en su página web, este club, conferencia, grupo o foro de Bilderberg no tendría en apariencia nada de sobresaliente, ya que ante el mundo se presentan como una pequeña congregación de individuos –que ni siquiera rebasan las dos centenas– y cuya finalidad es solo el reunirse para “generar un casual chit chat” respecto de los temas de la agenda global más sobresalientes.

Sin embargo, es de llamar la atención que la prensa jamás haya tenido ningún tipo de acceso e invitación a estos aquelarres, ni ningún tipo de información puntual sobre de lo que ahí se discute. También “hace levantar la ceja” –dirían los sospechosistas– que los miembros de este grupo se reúnan en apartados e inaccesibles complejos de lujo ubicados en remotas regiones de los Alpes Suizos y los Estados Unidos, todos ellos alejados del mundanal bullicio de las masas, de los medios y de cualquier tipo de presencia que no esté previamente filtrada en su selecta lista de invitados.

Hasta ahí todo parecería medianamente normal –siempre han existido logias y grupos secretos– sin embargo, detrás de sus aparentemente inocentes actividades, se esconde un gran secreto:

Sucede que este grupo de personas –150 en su última reunión de casi una semana registrada de junio de 2017,  en Chantilly, Virginia, EE.UU–  forman parte de las élites empresariales, financieras, políticas y académicas más poderosas del mundo occidental – no  son  convocadas de manera intencional personalidades de Medio Oriente, Rusia y China-  que se juntan para discutir bajo un total hermetismo, precisamente los intereses que estos individuos detentan en una escala planetaria.

Hasta el más naíf no podría dejar de pensar que durante esos días, debido a la importancia y los accesos que estos individuos poseen,  este grupo de poder fáctico defina en alguna medida, el destino de la agenda global -al menos en su parte occidental- sin que el resto de los mortales tengamos ningún tipo de acceso en torno de lo que ahí se discute, ni siquiera a través de una información puntual por parte de los contrapesos  institucionales que teóricamente tendrían que estar presentes,  ya que los gobiernos y sus líderes en activo, rara vez son invitados.

Para darnos cuenta de la trascendencia de lo que este grupo discutió durante este 2017, bastaría con ver los puntos clave de la agenda que “hicieron pública” a manera de un escueto comunicado:  a) la administración Trump: reporte; b) relaciones trasatlánticas: opciones y escenarios; c) la OTAN: reporte; d) la dirección de EE.UU; e)¿puede ralentizarse la globalización?; f) trabajo e ingreso: expectativas no realistas; g) la guerra de la información; h) ¿por qué está creciendo el populismo?; i) Rusia en el orden internacional; j) el Este cercano; k) proliferación nuclear; l) China.

Estos no solo son los temas que definieron en mayor o menor medida nuestra cotidianeidad durante todo el 2017, sino que habría que cuestionarse lo siguiente: ¿Hasta qué grado esa agenda no fue planificada, a manera de una realidad impuesta hacia nosotros?

Más preguntas: ¿Qué pasa con los acuerdos que emanan al interior respecto a estos temas de trascendencia global? ¿Qué grado de formalidad tienen? ¿Cómo se ejecutan y a través de qué vías? ¿Hasta dónde estas decisiones afectan la esfera pública e institucional? ¿Hasta dónde impactan en la sociedad? ¿Bajo qué canales o métodos legales y/o informales, estos acuerdos son implementados? ¿Quiénes son los encargados de darles seguimiento una vez que ya están en marcha? ¿Qué grado de involucramiento tiene el resto del conglomerado social sobre los mismos? ¿Cuánto  de lo que se discute ahí termina por hacerse público y qué se queda en lo oscuro?

Lo que por su propio peso es indudable, es que de estas reuniones emanan acuerdos que tienen consecuencias e impactos masivos. No es lo mismo una reunión del club rotario de la localidad más cercana y los acuerdos que de ahí deriven,  que un encuentro entre los CEOs de Google,  Microsoft y Facebook,  ya que es indudable que de ahí emanarán compromisos y pactos que afectarán a toda la población,  en términos económicos, tecnológicos, culturales y geopolíticos.

La máxima es sencilla: el impacto de la decisión que se consense por un grupo siempre será proporcional a la importancia que ese conglomerado de miembros detente.

En ese tenor  y como previamente se dijo,  llama la  atención que no haya integrantes de países del islam, Rusia o China, sobre todo por  la importancia de estas economías. Por lo cual, se podría cuestionar que existe un espectro económico,  político y religioso que este grupo defiende,  y que claramente no coincide con el de estas naciones.

También podríamos inferir que el adoctrinamiento  y  canalización de los miedos y odios hacia esos países pueden ser fácilmente edificables desde ahí, debido a que  cuentan en exceso con las herramientas para poder manipular la psique del ciudadano  de a pie. ¿Si yo tengo el control sobre los medios de comunicación, el big data, las redes sociales, la tecnología y detrás de todo esto, el poder económico suficiente… qué me impide que no lo haga?

¿Por qué habría que vigilarlos con marcaje personal? La respuesta a esta pregunta es sencilla: ¿Si un  grupo como este influye de manera previa, por el peso y poder de su propio cabildeo, en torno a algún tipo de fallo que impacte en la esfera de lo público;   no  se le estaría robando de manera arbitraria a la sociedad y al estado,  el  espacio que estos le usurparon sin permiso, al resto de los tomadores de decisión elegidos democráticamente que no participaron en esa negociación?

Visto de otra manera: si  le pusiéramos el valor de 100 % a un arbitrio en torno a X o Y tema y un 70 % del mismo ya fue definido por consenso y en lo “oscurito” por estas personas, lo que realmente se estaría sometiendo a una “votación democrática” posterior sería un mermado 30% del valor restante de esa decisión, que ya no tendría ningún valor ni peso real, porque ese porcentaje –ahora minoritario-  no alcanzaría para darle la vuelta al veto mayoritario que Bilderberg ejerció apara impulsar dicho interés.

De ser así, esto confirmaría que las democracias modernas son pura ficción y/o en el mejor de los casos, una pantalla institucional que sirve por consigna,  a intereses previamente decididos en la arena de lo privado y no de lo público.

Así pues, muchas de los temas que en apariencia se someten a las “mayorías” para que estas las aprueben o rechacen –leyes, elecciones de representantes populares, referéndums, selección de candidatos presidenciales, votaciones en las elecciones, mayorías o minorías en congresos y órganos judiciales,  privacidad de información, libertad de expresión etc.– son meramente ficciones que ya han sido previamente pactadas por estos grupos, por lo cual, la participación social queda sin efecto y  anulada dentro de un falso juego democrático.

Esta sería precisamente la manera por la cual dichas élites  invaden desde fuera  los espacios de toma de decisión de los cuerpos técnicos y  representantes populares,  que teóricamente tendrían que ser autónomos e independientes, pero que en la praxis  solo operan lo que ya fue negociado.

Por lo anterior, hoy más que nunca es urgente una permanente y constante intervención de la sociedad en la política y los políticos, que a manera de grupos organizados, vigilen de sus decisiones e informen al resto, de posibles tráficos de influencia que provengan  de niveles superiores.

Aún más. Esa posibilidad real de cambio radicará en que los propios gobiernos decidan poner mayores candados regulatorios y mecanismos de fiscalización a los grupos empresariales. Pero esto necesariamente tendrá que conllevar una restructuración profunda del modelo político y económico vigente, que hoy por hoy se antoja distante, debido a que muchos de Estados Nación y sus dirigentes, han sido corrompidos por el dinero y los intereses que detentan estos grupos de poder.

Así pues, vivimos en un mundo dirigido en mayor medida por corporaciones más que por gobiernos. Las guerras entre naciones  ahora consisten en atacar sus bastiones e intereses empresariales o políticos. Véase como ejemplo los ataques ciberterroristas chinos a empresas norteamericanas, los rusos manipulando las elecciones presidenciales de  EEUU y/o el uso de la geopolítica basada exclusivamente en el usufructo de los recursos naturales. Por eso precisamente el hermetismo de estas reuniones, ya que lo único que pretenden defender son sus prebendas: las formas del cómo lo hagan recaerán estrictamente en la confidencialidad.

Las cifras hoy en día abruman: según datos de la organización caritativa contra la pobreza OXFAM y basada en datos de la Credit Suisse Global Wealth Databook 2017,  el 1% de la población mundial detenta el 50% de la riqueza del planeta. Peor aún, 80 personas en la tierra –muchos de ellos Bilderberg Boys–  tienen el ingreso de los 3,500 millones de habitantes más pobres juntos.

Mientras siga imperando el discurso de que la desigualdad no es realmente el problema, sino que lo que hay que atacar es la disminución de la pobreza -como si fueran dos cosas totalmente distintas y no correlacionadas- el mundo seguirá teniendo grupos Bilderberg por doquier  que intentarán controlar tras bambalinas todas y cada una de las decisiones políticas y económicas relevantes de las naciones, incluido también la falacia de un sistema democrático mermado y agonizante, que solo vela por  intereses minoritarios y no por los de la sociedad en su conjunto.

 

* Martín Klimek es egresado de Ciencias Políticas por la Universidad Iberoamericana y tiene una amplia experiencia en la implementación de estrategias de negociación y comunicación, así como en manejo de crisis.

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