¿Quién demonios es Anaya?

Por: Pablo Majluf

El candidato más incógnito es Anaya. No sabemos exactamente quién es. Dadas su juventud, su carrera extrañamente meteórica, su habitual discrecionalidad, su pasado difuso y las dudas que a menudo deja el periodismo nacional que lo ha denunciado –hasta ahora sin éxito–, no tenemos más que incertidumbre, una suerte de ambivalencia.

Bien puede ser la denominada joven promesa. Un político honesto, de vocación y principios, convencido de llevar a México hacia un futuro promisorio de la mano de una coalición moderna. Pero también, como decía un amigo, puede tratarse de un “listillo” corrupto y oportunista, una inteligencia siniestra, que pretende tomarnos por sorpresa: un embaucador. ¿Y por qué no? Son tantas las acusaciones en su contra –enriquecimiento ilícito, desvío de recursos, negocios inmobiliarios con fundaciones fraudulentas– en una carrera política tan exigua, que parece dejar sólo dos opciones: o creerle a él o a sus delatores. Y aunque todos los políticos conllevan más o menos el mismo dilema, en esta particular elección ya conocemos muy bien a los otros dos.

Lo primero significaría que es un candidato efectivamente antisistema, asediado por el poder. Las acusaciones habrían sido inventadas por sus enemigos –el PRI, los rebeldes del PAN, algunos morenistas– temerosos de un genuino cambio de régimen en voz de alguien que, hasta ahora, ha puesto la bala donde los ojos, y cuyos pronósticos parecen volverse, uno tras otro, realidad. Sería el verdadero underdog de la contienda.

Lo segundo, que las acusaciones –o parte de ellas– son ciertas. Que se trata esencialmente de un trepador astuto que jamás ha gobernado ni ocupado un puesto de elección popular, y que aprovechó sus breves gestiones como diputado plurinominal, como secretario particular del gobierno de Querétaro, como presidente de la Cámara de Diputados y de su partido, para enriquecerse fabulosamente, apropiarse de cadenas de mando, traicionar aliados, aniquilar opositores y autoproclamarse candidato.

Pero supongamos –para no caer en la falacia del falso dilema que reduce todo a sólo dos posibilidades– que Anaya es una combinación de ambos y más; que lo habita esa dualidad inherente a buena parte de los políticos mexicanos, empresarios del poder más que líderes morales. Tampoco sabemos bien a bien por qué quiere el poder (salvo la misma razón por la que lo quieren todos, claro: por sí mismo), o qué piensa hacer con él; lo cual no ocurre con sus adversarios: adalides uno de la continuidad, otro de la regresión.

Esto no es motivo de alarma aún porque formalmente no han empezado las campañas y acaso la precampaña más difícil fue la suya, obligado a consolidar una coalición contra natura de partidos (relativamente) democráticos, frente a adversarios que la tenían más segura: uno dueño de su partido, otro peón del gobierno actual. De manera que es entendible –aunque no deseable– que sólo hayamos visto un par de pinceladas escuetas, como el Ingreso Básico Universal. Y aunque uno ciertamente puede revisar su breve trayectoria legislativa y darse una ligera idea de su orientación –lo que acaso lo ubicaría en el grupo reformista del denominado PRIAN– no hay mucho más, al menos no para el ciudadano común, quien se ha tenido que conformar con el francés y el ukelele.

Sobra decir que al momento Anaya es una opción válida para millones de mexicanos: representa un voto de castigo a la continuidad priista a la vez que un voto cauto frente a la locura populista. Es el candidato de los dos pájaros de un tiro, por decirlo así. Va en segundo lugar y es el que más simpatizantes nuevos obtuvo en las precampañas. No cabe duda que puede ganar. Pero he ahí el problema: que su avance parece ir más en función del descarte de sus adversarios, que en una predilección genuina por él, tanto más cuanto que no lo conocemos nada o muy poco. Y ni él ni sus enemigos lo revelarán: toca al periodismo serio. Hay tiempo, pero a cuatro meses de la elección, Anaya sigue siendo un misterio.

 

* Pablo Majluf es periodista y maestro en Comunicación por la Universidad de Sydney, Australia. Es coordinador de información digital del Centro de Estudios Espinosa Yglesias (CEEY). Las opiniones de Pablo Majluf son a título personal y no representan necesariamente el criterio o los valores del CEEY (@ceeymx).

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