El medio es el verdugo

Más que el debate sobre el acoso sexual, lo que interesa aquí es, evidentemente, el debate sobre la legitimidad de los medios de comunicación a escudarse en fuentes anónimas para, por un lado, hacerse publicidad utilizando un tema sensible y, por otro, esparcir un rumor.

Por: Juan Manuel Villalobos

En la mitología del periodista no hay nada más valioso que ser un verdadero muckraker, un removedor de estiércol que saca a la luz los escándalos por los que caen presidentes, políticos, personajes públicos. Para unos, se trata de la figura que encarna todas las virtudes de una prensa democrática, del “pueblo”; para otros, no es sino la personificación de todos los excesos e impunidad que carga consigo la prensa amarillista; así lo explica Herbert Altschull en Las ideas detrás del periodismo estadounidense.

Los periodistas son profesionales de la información, pero no son ni se les educó para que  fueran los guardianes de la sociedad, los jueces sin toga o los verdugos de la justicia civil o eclesiástica. Tampoco son activistas. Defensores a ultranza de la libertad de expresión, los medios, encabezados por periodistas, han hecho a un lado preceptos éticos básicos, la deontología que ampara su profesión y que la regula en todos los casos —con especial énfasis en aquellos de extrema delicadeza—, tal y como debería de regularla a la hora de abordar el tipo de información que ha salido a la luz sobre el acoso sexual en Estados Unidos y en muchos otros países, incluido México.

Llevamos largos años con medios de comunicación descabezados, pero con el llamado movimiento #metoo el gremio está perdiendo la brújula de manera estrepitosa: la prensa se ha convertido en juez. Peor todavía: ahora actúa de verdugo.

Hace apenas unas semanas, el semanario francés Ebdo, de reciente aparición, sin publicidad y bajo un esquema de autogestión innovador, publicó un extenso reportaje dedicado a una mujer “conocida”, a la que nunca mencionó y trató de forma anónima, quien acusaba al actual ministro de transición ecológica y solidaridad de haberla violado hace 20 años. El objeto del reportaje, se escudaron los editores, no fue buscar notoriedad a cinco semanas de existencia, sino poner sobre la mesa un debate público de vital importancia.

Si, al sugerir el debate sobre el acoso sexual, el medio se llevaba entre sus piernas a un ministro, gracias a lo que podría considerarse un rumor y no un hecho comprobado —ni siquiera investigado y documentado por el medio—, era lo de menos. Muy poca seriedad en cualquier medio, pero más aún en uno que escribió en su editorial de salida un decálogo de prensa libre y honesta. El mayor error del semanario fue precisamente el anonimato, una fórmula que, cuando no se acompaña de pruebas, deslegitima cualquier investigación periodística.

Más que el debate sobre el acoso sexual, lo que interesa aquí es, evidentemente, el debate sobre la legitimidad de los medios de comunicación a escudarse en fuentes anónimas para, por un lado, hacerse publicidad utilizando un tema sensible y, por otro, esparcir un rumor. Si el ministro, efectivamente, violó hace 20 años a una persona, se trate de quien se trate, son los tribunales quienes deben llamar la atención sobre el asunto. ¿No es responsabilidad del medio, en este caso Ebdo, de corroborar los dichos de su fuente anónima, la mujer violentada, antes de publicar su versión? Más aún, ¿no es su responsabilidad exigirle, por la gravedad de la acusación, dar su nombre? El daño estaba hecho, por doble partida. Apenas 24 horas después de la publicación, otro medio, Le Parisien, reveló el nombre de la acusadora: Pascale Mitterrand, la nieta del expresidente francés.

El caso expuesto se emparenta con el que vive actualmente el cineasta Gustavo Loza. Una actriz, Karla Souza, en un discurso desarticulado y hasta contradictorio, revela a la periodista Carmen Aristegui, que durante una producción, en sus inicios como actriz, fue violada por un director “muy carismático”. La periodista, en la posición de una abogada defensora, de una activista, de todo menos de periodista, no pregunta nada en el curso de la entrevista, no indaga, no se coloca en su papel profesional que busca resquicios en la declaración, no profundiza, no investiga. Se deja asombrar y conmover por las palabras de la acusadora. Aristegui falta a su deontología periodística: jamás interroga: qué, cómo, cuándo, dónde, por qué o para qué, base del periodismo, de la investigación científica y policial.

La periodista sencillamente permite que el rumor, no el dato duro, no la información, se expanda sin ejercer su función profesional, sin siquiera tomar nota de la gravedad del asunto, sin conocer el pasado de la actriz. CNN, en voz de Aristegui, ha dicho que se hizo “un esfuerzo” por identificar al posible señalado, pero fue incapaz de hacerlo: ¿eso es periodismo de primera línea? ¿Hacer el “esfuerzo” por saber quién es el señalado, teniendo a la acusadora enfrente y no preguntárselo? ¿Tirar la piedra y luego buscar a quién le va a romper la crispa? Eso, en realidad, tiene otro nombre: amarillismo, el tipo de periodismo que va contra los intereses de la verdad y la objetividad, esa plaga que gusta tanto en Estados Unidos y que se ha inmiscuido en la prensa mexicana desde hace varios años. Su relación con la atribución que la prensa hace de sí misma como guardían social van de la mano. Rumor puro; activismo puro.

Horas más tarde, la presentadora Denise Maerker, como vocera del grupo Televisa, lee un comunicado en calidad de verdugo, con el rostro severo de quien pone en marcha la ejecución de un condenado a muerte, en el que se señala que “después de una investigación preliminar” (qué, cómo, cuándo, dónde, por qué o para qué) la empresa dedicada a medios rompe su relación laboral con Loza. Su “investigación preliminar”, debería estar delante de un juez si Televisa es ahora la garante de las buenas costumbres y conductas de México y si expone a sus empleados, sin argumentos, en su noticiero nocturno. Aristegui y Maerker, tendrían, también, que defender al por ciento por ciento una causa, justa, sí, pero abandonar el periodismo, una profesión que requiere objetividad.

La actitud irresponsable de la televisora ha permitido el linchamiento público de una persona que, para efectos de la ley, es inocente dado que no pesa sobre él ninguna acusación. El rumor se ha convertido en prueba inobjetable e irrebatible y los medios en verdugos.

Lo dijo Eliseo Bayo en un discurso pronunciado en 1993: “El declive de la prensa moderna debería explicarse por el hecho de que ya no publica noticias que importen a la gente, que la liberen de la ignorancia y que fustiguen a los poderosos de forma rigurosa como justa, sino que prefiere servir noticias e informaciones que convierten en espectáculo lo que es tragedia, en monstruoso lo que es normal y en normal lo que es monstruoso, en verdad lo que es mentira y en mentira lo que es verdad”.

 

* Juan Manuel Villalobos es periodista, escritor y editor. Autor del libro de relatos Alguien se lo tienen que decir (2012, Tumbona, México), y de la novela La vida frágil de Annette Blanche (2005, Losada, Madrid). Ha coordinado y editado la antología de crónicas Con la sangre despierta (2009, Sexto Piso, México). En 2013 publicó, en coautoría, la novela epistolar If Marseille (L’atinoir, Marsella). Ha escrito para los diarios El PaísEl MundoLa JornadaReforma Milenio, así como para la revista Letras Libres, entre otros medios literarios. Ha sido editor de ficción de EsquireMéxico y Life & Style del Grupo Editorial Expansión y ha trabajado para diversas editoriales en México y España. Actualmente se desempeña como editor en El Colegio de México.

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