Agendas feminista y LGBT en la orfandad

Si hoy esa izquierda institucional nos envía el mensaje de que es capaz de dejar en la orfandad a la agenda de las mujeres que luchan por su derecho a decidir y a la comunidad LGBT+, ¿qué nos asegura que mañana no serán, por ejemplo, los derechos de los obreros, los indígenas o la comunidad afrodescendiente?

Por: Karla Motte (@karlamotte)

Como bien ha señalado en una de sus columnas el historiador Pedro Salmerón, históricamente las alianzas políticas han sido estrategias clave para el acceso y ejercicio del poder. Entre otras cosas, nos explica, eso justifica que el candidato López Obrador haya recurrido a sumar el capital político de grupos que en otro momento no habríamos imaginado militando en Morena, como los pentecostales ultraconservadores del PES, la panista Gabriela Cuevas o el senador opositor a las familias diversas Chema Martínez (y demás personajes inmencionables).

Aunque la asociación de la izquierda con la agenda de ampliación de derechos es automática, en este periodo de precampañas ya podemos avizorar que la alianza de la izquierda institucional con grupos ultraconservadores algún costo político tendrá. Y podemos también especular sobre esos costos con base en la ambigüedad del candidato puntero sobre temas como la despenalización del aborto, el matrimonio igualitario y adopción homoparental.

El caso de los revolucionarios liderados por Lázaro Cárdenas fue paradigmático de tales alianzas, tal y como lo explica claramente mi profesor en su artículo. Aquel grupo logró tejer redes y pactos para fortalecer las bases de transformación trazadas en el Plan Sexenal, que en su momento fundamentaría acontecimientos tan significativos en el curso del siglo XX como la expropiación petrolera. Pero algo que se oculta tras el discurso que nos cuenta esa y otras exitosas alianzas de egregios hombres poderosos que cambiaron el curso de la historia, son las exclusiones. Algo quedó fuera de ese proyecto y, sorpresivamente, igual que en aquella época, no suele considerarse importante.

El mismo Lázaro Cárdenas, figurón del relato oficial de nuestra historia (no sin méritos palpables), en su momento tuvo en sus manos la posibilidad de otorgarles a las mujeres el voto activo y pasivo a nivel federal, pero decidió excluirlas de su proyecto, pues en su momento era vox populi la teoría de que ellas no eran capaces de decidir por sí mismas y seguirían ciegamente las órdenes del marido al votar o, pero aun, las de su confesor: ese sacerdote reaccionario y enemigo de la revolución. Y aquí se intuye otro hecho histórico: en diversos momentos las izquierdas (institucionales y no institucionales) omiten la agenda feminista por considerarla irrelevante, burguesa o hasta reaccionaria; la experiencia histórica nos enseña que los hombres considerados progresistas pueden, con una mano en la cintura, pugnar por el sacrificio de la ampliación de derechos con tal de priorizar lo que se piensa urgente, comúnmente modificar la estructura económica, que consideran la base que define las demás esferas de la realidad.

Quizá el sexenio cardenista (1934-1940) sea el más revelador sobre el tema, pues el voto universal (que incluía al femenino) fue casi un hecho. En 1938 se habían cumplido los requisitos legislativos para consumar la propuesta y aun así el presidente nunca publicó el decreto en el Diario Oficial, contraviniendo así una decisión de los representantes populares. Para él era más importante impulsar la agenda revolucionaria y el Plan Sexenal y, consideró, el voto de las mujeres podía ser un obstáculo; no era momento: tenían que esperar. La experiencia de España lo demostraba, creían los varones de la época, pues allá triunfó la derecha tras otorgarles el voto a las mujeres y temían que en México ocurriera algo similar.

El sacrificio de la agenda sufragista durante el cardenismo implicó un retraso de más de una década para los derechos de las mujeres, y eso que en aquella época el impulso del voto femenino era muy fuerte, gracias al activismo que ejerció el Frente Único Pro Derechos de la Mujer (FUPDM) dentro de la misma lógica del incipiente corporativismo oficial. Fue esa una de las organizaciones más numerosas y relevantes del feminismo mexicano[1] y se disolvió sin ver consumada su principal demanda. El gobierno cardenista no fue su aliado; su plataforma incluyente y abierta a las alianzas no reconoció a la mitad de la población, a pesar de que el nivel organizativo de las mujeres de la época era muy significativo.

Pero eso no ocurrió únicamente en las esferas institucionales; hasta algunos de los más radicales también tenían una tendencia similar. Para conocer cómo eran vistas las mujeres y sus demandas entre otros masculinos de izquierda del siglo pasado (los abuelitos de Nacho Progre) podemos leer, por ejemplo, la autobiografía de Benita Galeana,[2] una mujer de origen indígena que militó gran parte de su vida en el Partido Comunista Mexicano junto a destacados hombres de avanzada.

Benita apoyaba al partido mediante trabajos de cuidados (cocina y limpieza) para sus camaradas y también andaba por la ciudad de México repartiendo El Machete, lo que le valió ser encarcelada en varias ocasiones. Aunque ella era analfabeta, aprendió a leer y escribir de forma autodidacta y gracias a ello nos legó sus memorias. Como recuerda Benita: “Veía que camaradas muy capaces e inteligentes, eran los que más mal trataban a sus compañeras, con desprecio, sin ocuparse de educarlas, engañándolas con otras mujeres como cualquier pequeño burgués y, en cambio, los primeros en decir: “¡son unas putas!”, cuando la mujer anda con otro,”[3] Y también otra de sus más destacadas compañeras de lucha, Adelina Zendejas[4] tenía qué decir al respecto: “Las mujeres revolucionarias militantes del Partido Comunista, hemos tenido que combatir más los prejuicios y la discriminación dentro del Partido que afuera con la burguesía.”[5]

Evidentemente, no todos los hombres (#NotAllMen) de izquierda han participado en la omisión de la agenda feminista, pero es cierto que históricamente hemos encontrado menos aliados (y aliadas) en la izquierda de los que han sido deseables. Tanto a niveles político-institucionales como en el imaginario social comúnmente las agendas de las mujeres (y más recientemente las de la comunidad LGBT+) son consideradas un riesgo o un obstáculo, ya sea para llegar al poder o para impulsar otras agendas “más importantes”, a pesar de que los temas no tengan estricta relación entre sí o sean mutuamente te excluyentes. En plenas campañas pre-electorales, lo que observamos son indicios de que tanto las personas que contenderán a la presidencia de México como sus asesores y mercadólogos, siguen considerando que la sociedad mexicana es fundamentalmente conservadora. Si los estudios de mercado (porque a la ciudadanía la tratan como tal) los respaldan, valdría la pena preguntarse en qué medida la tibieza de los candidatos o la negación a impulsar el aborto y al matrimonio igualitario de la única candidata, contribuyen a reforzar esa orientación conservadora entre la población mexicana.

El sector de la población preocupado por la agenda específica del feminismo y de los temas LGBT+, ahora vemos, es considerado insignificante frente a los potenciales votantes conservadores que se orientan por la demagógica y engañosa “defensa de la familia y de la vida”. Pero en el fondo lo que ello implica, y el mensaje que nos envía, es que esa izquierda institucional que -ingenuamente- esperamos sea nuestra aliada natural, es capaz de sacrificar la ampliación de derechos en aras de otras prioridades. Si hoy esa izquierda institucional nos envía el mensaje de que es capaz de dejar en la orfandad a la agenda de las mujeres que luchan por su derecho a decidir y a la comunidad LGBT+ ¿qué nos asegura que mañana no serán, por ejemplo, los derechos de los obreros, los indígenas o la comunidad afrodescendiente?

Estamos en la etapa previa a la campaña, y todavía queda tiempo de que esa izquierda con la que el sector progresista busca una “esperanza” (citando al eslogan del partido), demuestre que la ampliación de derechos no es negociable. Nos queda estar presentes en las campañas y seguir buscando que en esta coyuntura la izquierda institucional, sin demagogia, en caso de ganar garantice que abogará por la despenalización del aborto y el matrimonio LGBT+ en todo el país y lo diga así, con todas sus letras, sin consultas de por medio. Es lo mínimo que se espera de un potencial aliado.

 

* Karla Motte es Historiadora, especialista en Historia Política de México Contemporáneo.

Referencias:

[1] Esperanza Tuñón Pablos, Mujeres que se organizan. El Frente Único Pro Derechos de la Mujer, 1935-1938, México, UNAM, 1992.

[2] Mujer proletaria y analfabeta, precursora del feminismo socialista y militante del PCM que sufrió 58 encarcelamientos. Tovar Ramírez, Aurora, Mil quinientas mujeres en nuestra conciencia colectiva. Catálogo Biográfico de Mujeres de México, México, DEMAC, 1996, p. 236-237.

[3] Benita Galeana, Benita, México, Extemporáneos, 1974, p. 147.

[4] Licenciada en letras, Maestra en Ciencias de la Educación, Maestra en Historia de la Educación y Doctora en Filosofía, colaboró en periódicos estudiantiles de la Escuela Nacional Preparatoria, y posteriormente en El Universal Gráfico, El Nacional, El Popular y Excélsior, además de múltiples revistas. Participó en el desarrollo del sindicalismo magisterial y fue miembro fundador de la Universidad Obrera de México, entre muchas otras cosas más. Jiménez Álvarez, Ana y Reyes Castellanos, Sembradoras de futuros. Memoria de la Unión Nacional de Mujeres Mexicanas, México, UNM, 2000, p. 55-58.

[5] Entrevista a Adelina Zendejas, en García Flores, Margarita, ¿Sólo para mujeres? Y en medio de nosotras el macho como un dios, México, UNAM, 1979, p. 31.

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