Mujeres, productivas y con escaso acceso a la tierra

A pesar de que la fuerza femenina está muy presente en el campo, datos de la FAO reportan que sólo 18% de las explotaciones agrícolas de América Latina y el Caribe son manejadas por mujeres, y apenas 10% de los créditos y 5% de la asistencia técnica llegan a ellas.

Por: Centro Latinoamericano para el Desarrollo Rural, Representación México y Centroamérica (@Rimisp)

En México, igual que en el mundo entero, la tenencia y el usufructo formal de la mujer sobre la tierra agrícola han sido relativamente escasos, limitados tanto por la forma en que se ejercieron los repartos agrarios –con ausencia de pautas específicas en favor de la mujer–, como por los usos y costumbres en las comunidades rurales e indígenas, que tradicionalmente imponen fórmulas machistas y patriarcales.

Instancias calificadas como la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) y The Hunger Project México afirman que las manos femeninas en el trabajo de campo juegan un papel clave en la erradicación del hambre, la sostenibilidad de los hogares en las comunidades rurales, la preservación de la biodiversidad, la conservación de las semillas y prácticas agroecológicas para garantizar alimentos saludables.

Afirman también que hoy por hoy las mujeres generan 50 por ciento de los alimentos producidos en el orbe, mucho de ello con trabajo no remunerado, y coinciden en que si se fomentara una mayor presencia femenina en el campo, habría efectos positivos en seguridad alimentaria y nutricional. Al respecto, un análisis recién publicado por Rimisp, Igualdad de género para el desarrollo territorial: experiencias y desafíos para América Latina, de la investigadora Valentina Cortínez, destaca que “Algunas experiencias dan cuenta que cuando las mujeres han tenido acceso a activos, ya sea crédito, tierra, asesorías u otros, promueven una mayor diversificación de las economías locales, movilizando nuevas oportunidades para los territorios y sus habitantes”. Y para ello la organización es clave.

Históricamente, sin embargo, a las mujeres se les ha restringido la posesión de la tierra. Y su trabajo, sus derechos y necesidades son invisibilizados y escasamente reconocidos.

De acuerdo con la FAO, sólo 18% de las explotaciones agrícolas de América Latina y el Caribe son manejadas por mujeres, y apenas 10% de los créditos y 5% de la asistencia técnica llegan a ellas. En cuanto a la propiedad de la tierra, dice, un estudio de seis países señala que el porcentaje de propietarias mujeres alcanza el 32% en México, el 27% en Paraguay y sólo el 20% en Nicaragua y el 14% en Honduras.

En contraste, la fuerza laboral femenina sí está muy presente en el campo.

En México, según datos del Instituto Nacional de las Mujeres (Inmujeres) citados en el informe Situación general de las mujeres rurales e indígenas en México, de la organización Mujer rural y derecho a la tierra y de International Land Coalition, “las mujeres rurales representaban (en 2016) el 29 % de la fuerza laboral [en este ámbito] […] esta población femenina era responsable de más del 50% de la producción de alimentos, datos que no han cambiado mucho durante el año 2017. El desglose por jornadas señalaba lo siguiente: 37.1% cumple jornadas semanales de entre 40 y 48 horas, 12.2% labora más de 48 horas semanales y 40% de ellas no tienen ingresos propios, este último dato se refiere a que cerca de un poco más de 13 millones de mujeres no tiene ingreso individual por las actividades que realizan en el ámbito rural. Las mujeres, niñas y jóvenes rurales forman gran parte de la fuerza laboral en el ámbito familiar. El 2.1% de las niñas rurales entre 5 a 12 años no asiste a la escuela y la proporción aumenta a 12.3% en la población femenina rural entre 13 a 15 años”.

Prácticas patriarcales y discriminatorias, amparadas en el argumento de usos y costumbres de las comunidades, pisotean el derecho de las mujeres a la tierra y a gozar de ingresos por su trabajo en ésta. En un texto publicado por París Martínez, en el portal Animal Político, el 18 de diciembre de 2017, “Mujeres productoras siembran oportunidades en tierras marcadas por el machismo”, se recogen testimonios de varias mujeres que mencionan, por ejemplo, el rechazo familiar a que una mujer herede una finca de mangos en Michoacán, porque dicen, cuando ésta en el futuro transmita la propiedad a sus hijos, “se perderá el apellido de la familia”, o el caso de una joven chiapaneca que salió de su comunidad para estudiar una licenciatura en agronomía y al regresar con la intención de capacitar a los productores de café recibió el rechazo de las autoridades de la comunidad porque “¿cómo se me ocurría que yo podía capacitar a los productores de café?, si yo soy mujer”. Luego le dieron permiso de capacitar pero no a los hombres, sólo a las mujeres y “el problema siguió, porque los hombres del pueblo sólo les daban permiso a sus esposas de asistir a los talleres si se llevaban consigo a los niños, o sólo si ellos mismos las acompañaban para vigilarlas”. Todo ello, ocurrido en este siglo XXI.

La invisibilización de la mujer en su trabajo en el campo y en el hogar en el ámbito rural se ha expresado obviamente en obstáculos para que las mujeres campesinas accedan a recursos de programas públicos de fomento productivo. El texto mencionado de Animal Político relata el caso de mujeres de Villa de Cos, Zacatecas, quienes se esforzaron para transformar sus cultivos en latas de frijoles refritos enchilados. La Secretaría de Agricultura (Sagarpa) les negó apoyos a su proyecto con el argumento de que no había programas productivos específicos para mujeres, y así han seguido sin apoyo público por una década.

Entonces, ¿cómo han respondido las mujeres? La agrupación, la organización, la lucha conjunta están siendo el camino.

Organizarse para avanzar

En conversación con Rimisp, Juana García Palomares, presidenta de la Asociación Nacional de Mujeres Empresarias del Campo, AC (ANMEC), comenta que esta organización (nacida apenas en marzo de 2017 y que integra hasta ahora a cien asociadas y unas nueve mil afiliadas) se conformó para crear un frente común de mujeres agroproductoras. “Es mucho más difícil solicitar apoyos para financiamiento, capacitación, organización, cuando vamos solas”. Si bien es cierto que hay una multiplicidad de organizaciones del campo, desde empresariales y de campesinos de pequeña escala así como de corte político, “no nos veíamos reflejadas en ellas”. Entre otras ventajas de la ANMEC es que, a diferencia del grueso de demás agrupaciones, “aquí la asociación no pide el diezmo, es decir el 10% o 20% de los apoyos de programas públicos que se consiguen para los agremiados”.

Por medio de esta organización, sus miembros –que involucran a personas morales como sociedades de producción rural, cooperativas y sociedades anónimas y a personas físicas, y a un abanico amplio de productoras, desde indígenas de pequeña escala enfocadas en granos básicos y café hasta exportadoras de hortalizas y frutas a Estados Unidos– están dando pasos incipientes para romper las barreras del acceso a mujeres a programas de fomento productivo.

En 2017 la ANMEC sometió ante la Secretaría de Agricultura 126 proyectos de producción primaria y de transformación de alimentos en busca de apoyos del programa El Campo en Nuestras Manos, de reciente creación, que está orientado a las mujeres y que aún cuenta con escasos recursos (mil cien millones de pesos en 2017). La Sagarpa les aprobó 26 de ese total; el resto se quedó sin apoyos y las causas fueron: 1.- que los proyectos mostraron fallas al no ajustarse debidamente a las reglas de operación, y 2.- muy probables prácticas de corrupción (como la posibilidad de que los recursos ya estuvieran comprometidos con beneficiarios preseleccionados). Previamente la Asociación hizo cabildeo ante la Cámara de Diputados y “les presentamos incluso proyectos”, para que asignaran recursos al programa mencionado.

De acuerdo con Juana García Palomares, quien en Chiapas produce fauna silvestre (conocida como ganadería alternativa: venados, codornices, conejos), es un hecho que hay una presencia creciente de mujeres al frente de explotaciones agrícolas: “es lo que se llama feminización del campo”, debido a la ausencia de varones que han migrado, pero también como resultado de “la lucha de movimientos feministas o femeninos han logrado frutos, como el programa [mencionado] de la Sagarpa.

“Este tipo de programas buscan cerrar un poco la brecha, pues durante mucho tiempo los programas y recursos públicos han sido direccionados a los hombres y han sido operados por los hombres; vivimos en una sociedad que ha sido controlada fundamentalmente por los hombres, no lo podemos negar”.

Darle la vuelta al conflicto de no tener tierra

“Los programas públicos piden por lo general que el beneficiario sea propietario de la tierra, dice la entrevistada, y entonces resulta muy difícil el acceso por parte de las mujeres, en particular de las indígenas. Ahora se ha tratado de revisar las reglas. Si no eres propietaria, puedes tener la tierra en comodato o con un contrato de arrendamiento. Con eso le damos la vuelta y nos incorporamos. Todo tiene que ver con nuestra actitud.

“Pero es cierto que hay conflictos. Los hombres dicen: ‘¡Ay!, ahora mi mujer me va a rebasar’. Hay retos, tenemos que ser cuidadosas. Ya hoy estamos un pasito adelante, pero el irnos de nuestra casa dos o tres días para acudir a reuniones, cursos, asambleas, provoca que las que tenemos marido enfrentemos cuestionamientos: ‘A ver, a ver, ¿por qué te vas a ausentar?’, y luego hay que ver el cuidado de los hijos. Se nos complica un poco más, pero debemos actuar de manera inteligente y dando resultados. Así estamos avanzando en este camino. Y no quiero dejar de reconocer que están creándose las condiciones para que seamos cada vez más mujeres las que podemos identificar oportunidades, cualidades. Y juntas podemos enfrentar las debilidades y amenazas. Somos hijas, esposas, jóvenes, y lo que todas queremos es tener vida digna para nosotras y nuestras familias”.

Además de impulsar un frente unido de mujeres, la ANMEC promueve entre sus socias y afiliadas capacitación y orientación en empresarialidad rural, administración, planeación y desarrollo de capacidades técnicas, y desde luego la comercialización. En breve abrirán su primer centro de venta en la capital de Chihuahua, y su plan es crear otros 32 puntos de venta, uno en cada capital de entidad, para luego abrir también espacios en otras ciudades principales. Los supermercados no son opción para ellas. Quieren una relación directa con los consumidores.

El valor de ser mujer

Juana García Palomares subraya por qué la mujer debe ser líder y empresaria en el campo: “Como mujeres, haya o no, tenemos que dar de comer a nuestros hijos; haya o no, vamos a buscar siempre que nuestra familia esté bien. También nos preocupa el planeta. En nuestra declaración de principios el tema ambiental es horizontal. Estamos por rescatar, por restaurar, por preservar los recursos naturales, pues ya vemos los efectos del cambio climático. Estamos tratando de enfrentar la agricultura y ganadería convencional para tratar de convertirla en orgánica, mejorar nuestros ecosistemas. Estamos conscientes de lo que queremos dejar a las generaciones futuras. Estas preocupaciones son innatas para las mujeres, son de cajón. Nosotras sabemos qué pasa si no hay agua, si la tierra está desertificada; sabemos qué pasa si hay animales que se extinguen, qué pasa si el agua y el suelo se contaminan. Son cosas que vemos desde que amanece hasta que nos acostamos”.

 

* El Centro Latinoamericano para el Desarrollo Rural, Representación México y Centroamérica es una red de articulación y generación de conocimiento para el desarrollo de los territorios latinoamericanos.

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