Cambio en Perú, viendo detrás del espejo

La principal recomendación con la que llega el ciudadano Martín Vizcarra a presidente es que no haya querido serlo y que lo hace sin una recomendación de Mario Vargas Llosa, quien sí contribuyó a llevar al poder a todos quienes sucedieron a Fujimori.

Por: José Alberto Garibaldi

En la toma de mando del nuevo presidente del Perú, Martin Vizcarra, tras la renuncia del anterior, Pedro Pablo Kuczinski, se pueden vislumbrar signos de esperanza más universales que solo los comentarios de un país dizque a la deriva.  Martin Vizcarra, un exgobernador regional que cobró relieve consensuando acuerdos para incrementar la renta minera de las multinacionales mineras en su región, y con ellos la convirtió en aquella con los mejores índices educativos del Perú, puede ser un buen reemplazo. Tal vez la principal recomendación con la que llega el ciudadano Vizcarra a presidente es que no haya querido serlo –un buen indicio en un país que ahora, tras la amnistía al exdictador Alberto Fujimori, encuentra a sus sucesores Alejandro Toledo fugado, y a Ollanta Humala preso. Tan no viene por los carriles usuales, que este nuevo presidente llega sin una recomendación de Mario Vargas Llosa, quien sí contribuyó a llevar al poder a todos quienes sucedieron a Fujimori: otro buen indicio.

La regeneración moral ahora posible allí pone sobre el tapete, en medio de todos sus problemas, algo que va más allá del buen funcionamiento de las instituciones constitucionales, una transición presidencial ordenada, o los indudables retos políticos inmediatos que Vizcarra enfrentará: ilustra también los términos de un debate que trasciende las fronteras peruanas. De un lado, occidente ha visto en sus democracias regímenes puramente formales, como quisiera John Rawls, legitimados simplemente por su propia operación. Desde la otra esquina, la dialéctica  de la ilustración de la escuela de Francfort veía en la modernidad un esfuerzo de liberación del pasado a través de una racionalidad también puramente técnica. Como bien quisieran Rawls, Horkheimer y Adorno, la receta “autónoma” las podrían aplicar igual en cualquier lugar inclusive anónimos ciudadanos globales usando una aproximación basada en derechos. Esta combinación era –y es- vista como una receta universal y automática para la prosperidad, y la legitimidad.

Kuczynski, un financista y político exitoso que llegó a la Presidencia tras una larga carrera pública y privada, encarnaba bien una visión paradójica pero posible de esa misma receta. Operaciones de las empresas propiedad del financista Kuczynski, preparaban propuestas para buscar financiamiento multilateral para la infraestructura pública, mismas que luego apoyaba el Ministro Kuczynski –incluyendo por supuesto una barrera china contra cualquier conflicto de interés, nos dice el ahora convertido en multimillonario Kuczynski. Más allá del debate sobre el Maquiavelismo del indulto de Kuczynski a Fujimori, si había o no conflicto en estos roles será algo ahora que afortunadamente podrán determinar los tribunales. Lo que es notorio es la irritación de los votantes sobre el destino de esa prosperidad y el anonimato en el que se escondía ese destino. Más aún, los escándalos de Odebrecht en la región han hecho visibles el alcance de los juegos de espejos en los que la receta de esta anónima prosperidad universal se puede disfrazar, desde la política hasta la prensa escrita –y cuan devastador resulta presumirla automática.

Michael Sandel se  preguntaba hace pocos días, en un debate estudiantil bajo el domo de la catedral de Saint Paul en Londres, sobre el más humilde papel de los lugares, las costumbres y las tradiciones en dar sentido a morales políticas, locales pero efectivas, y no ampararse únicamente en la pura formalidad y racionalidad de derechos universales. En esa misma línea, Ortega y Gasset se preguntaba si quienes ignoran las historia y circunstancia de los esfuerzos de los que nos anteceden, no parasitan del capital moral creado por quienes nos precedieron. Sin ir tan lejos, Fernando Savater en el diario El País, extendiéndose en las paradojas de G.K. Chesterton, nos recordaba cómo ese esfuerzo y sus frutos son las más de las veces el resultado de luchas y esfuerzos, y de pensar las cosas dos veces para evitar espejismos y lugares comunes.

El historiador Frances Remi Brague decía que Occidente era una cultura excéntrica, con sus centros culturales originales colocados fuera de su misma, y que en aprender con humildad encontraba la raíz de sus mejores logros.  El Perú, en el extremo Occidente, ciertamente se encuentra en esa misma situación. Ha continuado con buen pie en esa lucha continua para dar algo de sentido a su tradición de probidad, incrementando con ello una visión propia de un bien público compartido. Bien podría el más cercano Occidente, no siempre igualmente humilde pero aquejado por un sin fin de problemas análogos, aprender también algo de ello: parece que hay mucho que ver detrás del espejo.

 

* José Alberto Garibaldi es analista y escritor. Como negociador multilateral ha asesorado a multiples países latinoamericanos y a organismos internacionales en 5 continentes. Actualmente reside en Londres.

 

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