Austeridad

A Andrés Manuel López Obrador parece no interesarle el dinero, o al menos nadie se lo ha demostrado. Su austeridad es auténtica. ¿Pero exactamente qué garantiza eso?

Por: Pablo Majluf (@pablo_majluf ‏)

La promesa de austeridad es una tautología nacional: imposible de refutar. En un país donde la política –a causa de la Revolución– se volvió el principal mecanismo de ascenso de clase, la frugalidad de López Obrador es inevitablemente atractiva. Y más después de un sexenio de gula caligulesca.

Además, constituye una ruptura respecto al modelo corporativista posrevolucionario que él mismo adula, ése que veía en el despojo del erario una forma de compensación… la famosa “justicia social”. Carlos Fuentes lo retrató con extraordinaria precisión en La región más transparente. La Revolución sustituyó a la burguesía decimonónica por una clase de ladrones iletrados. Cuántos no treparon a la política para desagraviar el resentimiento y la escasez. Hoy hay bisnietos de expresidentes, gobernadores y ministros que siguen en las listas de los más ricos. Y así fue desde Álvaro Obregón hasta Peña Nieto, pasando por Miguel Alemán.

Pero no López Obrador. Efectivamente parece no interesarle el dinero, o al menos nadie se lo ha demostrado. Colaboradores cercanos han sido sorprendidos, sí. Incluso su familia. Pero por más que le han buscado a él –y llevan al menos dos décadas dándole–, no han encontrado nada: ni cuentas bancarias ni departamentos en Miami ni relojes. Lo más que se le puede imputar es que tolera la corrupción –y sus allegados son prueba inequívoca de ello– o que estaría dispuesto a usarla para apaciguar al país y aceitar la maquinaria colectivista, como lo hizo su ídolo Cárdenas. Pero no que ha usado a la política para enriquecerse, no que es materialmente insaciable. Su austeridad parece auténtica.

Bueno, hace unos días una información me hizo pensar seriamente en la confianza que tan maquinalmente depositamos en esa virtud. Es entendible, otra vez, en un país de políticos ladrones; en una cultura que siempre se ha organizado desde la carencia y no la abundancia, y donde la riqueza es vista con recelo. ¿Pero exactamente qué garantiza la austeridad de un solo hombre? En el mejor de los casos, el ejemplo de una ética pública diferente, solidaridad con los menos favorecidos, congruencia comunitaria, en fin, atributos importantes. Pero a cambio de qué. ¿O por qué creemos que la austeridad monetaria también lo sería de poder? ¿No podría, por ejemplo, ser un disfraz de otras infamias? Aquella información enumeraba las posesiones de Stalin en su lecho de muerte. Un par de alpargatas, sus trajes de botones y algunas cositas más. La congruencia comunista del líder no evitó los gulag, ni desde luego el enorme enriquecimiento y privilegios del politburó soviético. Lo mismo con Castro (aunque ahí sí hay reportes de inmensa riqueza). Por supuesto no equiparo –espero no se malentienda– a López Obrador con aquellos sátrapas, ni infiero ningún tipo de augurio. Pero sirve para preguntarnos si la austeridad es garantía de algo, pues para muchos mexicanos –acaso con justa razón– es suficiente, lo que nos hace presas fáciles de cualquier embaucador austero.

Otros más cautos evocamos la frase del congresista Frank Underwood en aquella infortunada serie: “Preferir el dinero al poder es un error que casi todos cometen. El dinero es la mansión en Sarasota que se resquebraja en diez años. Pero el poder… el poder es el edificio de piedra antiguo que se mantiene por siglos.” López Obrador bien podría pensar así. Ha dicho que quiere trascender, que quiere pasar a la historia, que quiere ser recordado como un gran transformador, y lo ha buscado asiduamente. Para nada es extraño que el dinero para él, en efecto, sea una nimiedad, como lo ha sido para muchos hombres de poder que habitan en una peor ignominia que la de la riqueza impúdica.

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