El elefante del que nadie quiere hablar

¿Estamos seguros que si crecemos económicamente estaremos todos mejor? La respuesta a esta pregunta es “no siempre y no todos”.

Por: Andrea Sáenz-Arroyo

Los angloparlantes luego tienen esos enunciados cortos con los que expresan cosas que a los latinos nos cuesta decir en pocas palabras. Una de esas es la de “the elefant in the room”, con la que ilustran esas situaciones incómodas en las que hay algo muy obvio de lo que se tiene que hablar, pero todo mundo le saca la vuelta. Los impactos del crecimiento económico en la calidad de vida de las personas es en México uno de esos elefantes del que nadie quiere hablar.

Ahora que estamos en época de campañas y promesas, el crecimiento económico se promueve como el dulce mas sabroso y los candidatos echan carreras para ver cuál de las propuestas promete mayor eficacia para inflar este indicador. Pero, ¿estamos seguros que si crecemos económicamente estaremos todos mejor? La respuesta a esta pregunta es “no siempre y no todos”.

El modelo de crecimiento económico en el marco de la globalización tiene costos y beneficios a los que si no se dirigen políticas públicas claras para compensar a los perdedores, casi siempre, los pobres terminan siendo más pobres, los ricos más ricos y perdemos, sistemáticamente, uno a uno, los beneficios sociales y económicos que solíamos recibir en forma gratuita de la naturaleza.

Las espeluznantes consecuencias de modelo convencional de crecimiento económico se pueden ilustrar en el documental del cineasta suizo Jacques Sarasin  “Por el mundo con Joseph Stiglitz”. En esta película el expresidente del Banco Mundial y Premio Nobel de Economía nos conduce por un viaje en el que las promesas de bienestar del modelo de desarrollo no se les cumplen a mucho ciudadanos de a pie, generalmente los más vulnerables. Ríos contaminados, pobreza a lado de los campos petroleros y pueblos abandonados, son algunas de las mas conspicuas consecuencias que puede traer el rápido crecimiento económico.

Una visita a los pueblos de petroleros de Tabasco y Veracruz  puede ilustrar la versión Mexicana de esta pesadilla. En esta región, situada en uno de los humedales con mayor riqueza biológica y cultural de Mesoamérica, las quietas comunidades rurales que solían vivir del comercio y de las riquezas naturales que les ofrecían los ríos y pantanos, fueron transformadas por el boom petrolero en centros urbanos y periurbanos con enormes índices de violencia, contaminación, mucho dinero y poco bienestar.

Un camión con garrafones de agua para venta cruza a la isla de Quintuín Arauz en el Delta del Rió Usumacinta, Tabasco. Trágicamente los habitantes de este lugar rodeado de agua dulce, tienen que comprar agua para beber porque el rio esta contaminado. Foto: Andrea Sáenz-Arroyo.

Como lo confirma un reciente estudio producido FUNDAR[1], las actividades extractivas lejos de aliviar la pobreza en las regiones en las que operan, la exacerban, principalmente por su impacto en el ambiente.

Los habitantes rurales no son, sin embargo, los únicos perdedores de la ilusión del crecimiento económico. Usted sólo pregúntese cómo ha aumentado el tiempo que pasa en el coche para desplazarse en los últimos años, cuando fue la última vez que disfruto un paseo al aire libre en el campo y en cuánto disminuyó el tiempo que sus padres solían pasar con usted con el que usted puede pasar ahora con sus hijos. Solo recuente los días en los que se ha quedado sin agua o los días que no puede circular por la contaminación del aire.

Quizá el mas desafiante de los retos que plantea el paradigma del crecimiento económico es esa idea que la economía puede engordar infinitamente en un planeta con dimensiones físicas limitadas. Esto,  que para muchos se toma como obvio con el mantra de que la tecnología nos ayudará a resolver los retos,  ha puesto al planeta en una de sus encrucijadas mas tenebrosas: el cambio de las condiciones atmosféricas que durante el tiempo en el que se desarrollaron las civilizaciones humanas permanecieron constantes… Hasta hoy.

Los economistas ecológicos han retado por mucho tiempo este paradigma al hacer énfasis que la economía es un subsistema del planeta y, no al revés como suelen pensar los economistas clásicos. En el 2014 uno de los pioneros de la Economía Ecológica, Robert Costanza,  plasmó en la revista Nature una reflexión sobre la disyuntiva a la que se enfrentan las naciones: el Producto Interno Bruto (PIB) dista de reflejar el bienestar de una nación; en su lugar debiera de usarse la idea del indicador denominado Índice de Progreso Genuino (IPG), que además de medir el crecimiento económico, incluye indicadores como acceso a áreas naturales protegidas, costo del crimen, tiempo de invertido de transporte, entre otros.

No es de esperarse que los candidatos nieguen los beneficios del crecimiento económico, pero gustaría escuchar cómo piensan mitigar sus consecuencia. Medir nuestro bienestar en función de nuestra riqueza monetaria, hace mucho que dejo de ser útil. Las campañas presidenciales de este 2018 se humanizarían un poco si pusieran el paradigma del crecimiento como eso, una estrategia con costos y beneficios, explicitando las medidas que tomarán para palear los primeros y no como ese sueño al que todas sociedad debiera aspirar sin hablar de sus consecuencias.

 

*Andrea Sáenz-Arroyo. Profesora-Investigadora del Departamento de Conservación de la Biodiversidad del Colegio de la Frontera Sur (ECOSUR).  Es Bióloga Marina con un doctorado en Economía y Medio Ambiente.

 

Referencias:

[1] El estudio se puede encontrar en aquí.

 

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